lunes, junio 24, 2024

La increíble conquista de Siberia y la Rusia oriental

Luis Alberto García / Vladivostok, Rusia

*Las primeras expediciones empezaron a principios del siglo XVII.

*Mijaíl Romanov ordenó explorar esos territorios a diez mil kilómetros de Moscú.

*La inmensa mayoría de los occidentales desconoce esa enorme hazaña.

*No solamente se descubrió la Yakutia, sino las islas Sajalín y las Kuriles.

*Pieles de marta, de tigre y de oso pardo, los productos más valorados.

¿Hasta dónde puede llegar la capacidad humana para explorar, conquistar y apoderarse de lugares lejanos e inhóspitos como los que describió el historiador alemán Nicolaes Witsen, quien se refirió a las primeras hazañas de las expediciones rusas a las lejanísimas regiones de la Yakutia y Chukotka?

Ambas estaban a cerca de diez mil kilómetros al Este de Moscú, Kiev o cualesquiera otra de las grandes ciudades de un país atrasado -sin que se hubiese fundado siquiera San Petersburgo- lleno de campesinos sumisos y miserables.

Éstos y el resto de la población convivían con una Iglesia ortodoxa fanática y patriarcal, y una aristocracia rapaz al cobijo de una cabeza coronada que era el zar, quien solamente decía obedecer las órdenes de Dios.

La aristocracia adinerada y pudiente, insensible ante las necesidades de un pueblo humillado, nada más tenía interés en explotar sus latifundios y a sus siervos, posteriormente interesada, con permiso del zar, en patrocinar expediciones más allá de los montes Urales.

Esa era la frontera natural de la que partirían militares y aventureros en busca de pieles y marfil a principios del siglo XVII, cuando Rusia acababa de salir de una fase política anárquica, que se dio en llamar el “Período Tumultuoso”.

Fue entonces cuando, al finalizar en 1612 el reinado de Wladislaw I, los invasores polacos abandonaron el territorio ruso, llegando a su fin el caos generalizado, para dar paso a la llegada al trono de Mijaíl Romanov, imponiéndose como nuevo zar, dando inicio a una dinastía familiar que gobernaría Rusia hasta la revolución bolchevique de 1917.

Durante ese siglo, los exploradores rusos viajaron lejos, lejísimos, y descubrieron para Rusia no solamente los territorios mencionados, sino también la península de Kamchatka, la isla de Sajalín, las Kuriles y otros lugares del Lejano Oriente ruso, hasta llegar al continente americano.

Grupos de aventureros bien pertrechados llegaron más allá de la Yakutia siberiana y del río Lena, el décimo más largo del mundo, con cuatro mil 500 kilómetros de longitud hasta su desembocadura en el Mar de Laptev y el Océano Glacial Ártico, por el cual navegaría Vitus Bering y otros marinos extranjeros..

Stepán Zharki, uno de los grandes geógrafos rusos del pasado, dejó reseñado que, en 1619, después de viajar más de dos mil kilómetros, un grupo de soldados rusos llegó al río Yeniséi –el quinto del planeta, con cinco mil 600 kilómetros de extensión- para establecer en esas soledades el primer asentamiento humano si así pudiera llamarse.

Ese mismo año supieron que había otro gran río a unos mil kilómetros del Yeniséi, gracias a un nativo de la tribu evenki que servía de guía, quien condujo a aquellos hombres en un viaje inacabable hasta toparse con el Lena, cuyos orígenes están al Noreste del lago Baikal.

Un grupo de exploradores dirigidos por Panteléi Pyanda fue el primero en llegar a la Yakutia oriental en 1626, en jornadas que -cruzando ríos, atravesando pantanos y subiendo montañas- le tomó tres años y que parecían eternas a partir del Yeniséi.

Tres años después de Pyanda, un batallón de hombres armados, los streltsi, dirigidos por el oficial de caballería Vasili Bugor, encontró una vía mejor para llegar al río Lena, que hacía esta área más accesible a los rusos que iban a habitarla, después de construir un fuerte a sus orillas, para convertirse posteriormente en la ciudad de Yakutsk.

A los exploradores les atraían estas lejanas tierras por las pieles de las martas cibelinas, de los tigres blancos siberianos y de los osos pardos, que se habían convertido en los productos rusos más valorados y codiciados por su hermosura y calidad.

Esos y otros productos eran exportados a través del río Amur y el Océano Pacífico, al que se llegaba en una penosa travesía por tierra a partir de Yakutsk, de acuerdo con los antiguos mapas de Stepán Zharki.

Otras expediciones comenzaron a ir más hacia el Este, y luego al Norte hasta las costas árticas y del Pacífico, sin que pueda pasar desapercibida la epopeya de los cosacos dirigidos por Iván Moskvin, quien navegó más de 800 kilómetros hasta la confluencia con el río Lena en 1639.

Esos avezados y diestros jinetes continuaron durante ocho semanas más, viajando a contracorriente hasta llegar al mar de Ojotsk y fundar el primer asentamiento ruso situado al Norte de la actual ciudad de Jabárovsk, en la desembocadura del río Ulya, a más de nueve mil kilómetros de Moscú.

Los exploradores rusos quedaron asombrados por encontrarse con “peces que no existen en los ríos siberianos”, que es como describieron a sus patrones y jefes el salmón del Pacífico, entrando así a la historia al descubrir en 1640 otro gran río, el Amur, situado al Sur, tras navegar por la costa del mar de Ojotsk y así arribar a su estuario.

Aunque el primer asentamiento en el Amur no se consolidó sino hasta 1651, fundado por Yeroféi Jabárov -de donde proviene el nombre de Jabárovsk-, antes se edificó la fortaleza de Albasin, erigida ahí para contener los ataques de las tribus manchúes del Norte de China.

En 1642 otro grupo de cosacos, diferente del liderado por Iván Moskvin, partió de Yakutsk hacia el Amur comandado por Vasili Poiárkov, quien había oído que se podía llegar hasta China viajando río abajo hasta su desembocadura, y fue ahí donde los aborígenes les hablaron de la isla de Sajalín, que, según afirmaban, estaba habitada por “gente peluda”.

Finalmente, de los ciento treinta hombres que habían salido en la expedición de Poiárkov, sólo veinte consiguieron volver más agonizantes que vivos a Yakutsk, con el río Kolimá y Chukotka dibujados en sus mapas cartográficos, según los registros de Stepán Zharki, científico que mostró que era posible llegar al Extremo Oriente de un imperio que crecía incesante y enormemente.

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