LA GUERRA DEL PELOPONESO Y LA FURIA ÉPICA

Fecha:

(las guerras imperiales de la democracia)

por

Rafael Serrano

“…en Atenas se inicia el largo camino hacia Washington…”

José María Pérez Gay

 

Recurrir al pasado, incluso al pasado remoto, es revelador. Nos  muestra que hay pautas que se repiten en el tiempo: las pautas de la guerra o en menor medida, las  pautas de la paz. Son como un río de rápidos con pocos remansos; una corriente inalterable a lo largo de milenios. Mucha guerra y poca paz en el río caudaloso de la historia.

 

Por ejemplo: Ayer, la Guerra del Peloponeso (431-404 a. c.) que destruyó Atenas y su coalición de ciudades; y hoy, las Guerras de Ucrania y Medio Oriente; vigentes en las llamadas “Operaciones especiales”, el “Martillo de media noche” o  la “Furia Épica”; y que han hecho trizas el ilusorio “orden mundial” del capitalismo tardío en su fase neoliberal. Más de dos milenios las separan pero ambas replican un patrón similar: son guerras imperiales realizadas en nombre de la democracia y en contra de una “barbarie” depositada en países/civilizaciones diferentes; pero que representan la mayoría de la población mundial. Son guerras imperiales realizadas por oligarquías disfrazadas de democracia.

 

 

Ayer. La arrogancia de Atenas

 

Atenas fue una democracia imperial. Lo había logrado gracias a su organización democrática y al liderazgo de dirigentes probos, legítimos que unieron a las polis del mundo helénico incluyendo a Esparta para derrotar a los medos (persas) en Maratón, Termópilas, Salamina y Platea (492-449 a.C.) y que trajeron años de paz y prosperidad pero también, de sometimiento. Atenas controlaba las rutas de navegación que garantizaban los suministros de alimentos de la tierras pródigas de lo que hoy es Ucrania y Turquía (Mar Negro) que, por cierto, siempre han sido los graneros del mundo y fuentes de energía primaria. Atenas era una democracia endogámica con visión imperial.

 

Atenas era una Ciudad Estado imperial que  sometió a otras ciudades estado del llamado mundo helénico bajo el señuelo de garantizar su seguridad ante las amenazas de los persas y de los “pueblos bárbaros”. Impuso impuestos y aranceles por esta protección. Atenas emergió como un imperio cuyo poder marítimo se extendía por el mundo antiguo occidental. Una democracia aristocrática dueña de un gran tecnología naval pero cruelmente imperial. Despreció a Esparta porque era una plutocracia ignorante, militar y autoritaria. Los atenienses se mostraban orgullosos/prepotentes porque habían detenido a los persas gracias a su superioridad naval e impusieron su hegemonía, brutal, a los pueblos aledaños a través de guerras, extractivas, de conquista.

 

Atenas bajo los designios de su portentosa civilización se asumió superior, cultural y moralmente. Nunca aceptó a los otros ni a los diversos y los diferentes. Unos eran sus vasallos colonizados y otros pueblos “bárbaros”. Hubo revueltas que eran aplastadas ferozmente. Esparta, una dictadura militar, encabezó la oposición y unificó la rebeldía, formando la Liga del Peloponeso que se enfrentó a la Liga de Delos, comandada por Atenas. La guerra duró más de 25 años.

 

Las causas de la Guerra del Peloponeso refieren al temor de Esparta y sus aliados  (“Liga del Peloponeso”) ante el crecimiento del poder imperialista ateniense y sus aliados, la “Liga de Delos”. Pero la Guerra del Peloponeso no solo fue producto del temor sino también del interés/ambición de la oligarquía de Atenas y del Honor de una ciudadanía que se consideraba “superior”, las tres causas que Tucídides mencionaba como causas de las guerras.

 

Atenas pecó de supremacismo;  y en sus relatos, nubló la realidad al considerar a los adversarios inferiores. Finalmente esta ceguera llevo a la clase política de Atenas a la derrota y el fin de su hegemonía. Los espartanos debilitaron a la liga ateniense (“Delos”) provocando rebeliones internas y comprando a los sátrapas, los gobernantes de sus colonias en Asía Menor. Fue una lucha entre el poder terrestre de Esparta y el poder marítimo de Atenas. Con ayuda financiera de Persia, Esparta logro destruir la flota ateniense en la batalla de Egospótamos (405 a.C.). Como lo dice David Kagan en su libro “Sobre las causas de la guerra y la preservación de la paz”:

 

“… La guerra (del Peloponeso) fue un verdadero baño de sangre en la historia griega. Destruyó la vida y propiedad; intensificó la hostilidad entre clases y entre distintas facciones; dividió internamente a los estados griegos desestabilizando las relaciones entre ellos y, finalmente debilitó su capacidad para resistir las invasiones externas. La victoria de Esparta frenó, también, al desarrollo de la democracia. Cuando Atenas era poderosa y floreciente, su constitución democrática tenía un efecto magnético sobre otros Estados, pero su derrota fue el punto de giro en el desarrollo político de Grecia, que la apartó de la democracia y la llevó por el camino de la oligarquía”.

 

 

Hoy. La Furia Épica

 

La Furia Épica es una batalla más de la larga Guerra del Medio Oriente. Lleva más de más de medio siglo cruzando dos siglos y un milenio. Es una guerra imperial promovida por el “occidente global” que encabeza una potencia hegemónica, Estados Unidos, acompañada de sus  aliados y de Estados vasallos (Israel, Egipto y las petro-monarquías). Una guerra por conservar la hegemonía norteamericana ante un mundo en el que han emergido otros poderes que ponen en duda y en algunos casos desplazan a Estados Unidos; y que desmoronan el relato del fin de la historia y la consolidación de una única visión del mundo: la pax imperial americana.

 

En este más de medio siglo, en el Medio Oriente hemos visto como la intervención de las potencias  occidentales han seguido la ruta imperial Atenas y que heredó Inglaterra: dividir al mundo árabe, mantener a los turcos/otomanos bajo control,  desestabilizar permanentemente a los persas (Irán) y amenazar recurrentemente  a la Federación Rusa comprando y sosteniendo  a los nuevos sátrapas del Cáucaso y de Ucrania. En esta visión autoritaria no se acepta la diversidad étnica, cultural y religiosa ni la riqueza de ese mundo que une Oriente con Occidente. Se blande la retórica de la democracia liberal que en realidad es una oligarquía ritualizada en las urnas.

 

Las  guerras imperiales  están bañadas de una ideología de la crueldad (falsa conciencia genocida) que se impone perversamente reclamando un fin superior moralmente justificado: la libertad, la democracia y la lucha contra el terror “anarquista”. La narrativa hablaba de un “choque de civilizaciones” y de la  “extinción” de las civilizaciones “equivocadas” o “dictadas por el mal”. Este relato se asienta en una visión única, esquizofrénica. No toma en cuenta que el mundo camina hacia un orden basado en la conciliación de la civilizaciones a partir del reconocimiento de la diversidad cultural y ecológica, lo que se expresa en un mundo multipolar, plural e incluyente que busca una paz universal basada en reglas construidas por todos los países y no impuestas por el hegemón en turno y sus aliados. Los Fukuyama y los Huntington parecen replicar la arrogancia de Atenas. Son un remake posmoderno. Bastaría con ver la ceguera supremacista y patológica de Europa y su sumisión ante los delirios paleo-libertarios del movimiento MAGA.

 

La Furia Épica no es una ofensiva militar más del imperio. Forma parte del empeño del “occidente global” por sobrevivir. Está en su fase terminal. De ahí lo intenso, contradictorio, disparatado de sus relatos y lo  despiadado de sus acciones. Es tal vez una de las ultimas ofensivas del “Occidente global”. Baste recordar la saga de la larga Guerra del medio Oriente:

La larga guerra del Medio Oriente: saga de muerte

Desde 1920, Israel punta de lanza del Occidente global ha intervenido en una infinidad de agresiones militares con el objeto de sostener su existencia como Estado. Baste con hacer memoria:   el Pogrom de Jerusalén, la sublevación del muro de las lamentaciones  en los años 20 de siglo pasado y después: las revueltas palestinas de 1936-1939; la guerra civil durante la creación del Estado de Israel en 1947 y después, la guerra imperialista por el Canal de Suez (1956), la guerra de los seis días (1967), el Yom Kipur (1973), las invasiones y operaciones  judías en Siria (1978) y en el Libano (1982, 1985, 2006, 2009, 2023-2024, 2024-2025); las Intifadas (1987 y 2000); contra Siria (2007); Gaza (2008-2009, 2012, 2014, 2021, 2022, 2023-2025 hasta la fecha; Irán desde -a la fecha).

 

El resultado ha sido el mismo que relataba Tucídides respecto a la Guerra del Peloponeso hace más de dos mil años: “… un verdadero baño de sangre en la historia (…). Destruyó la vida y propiedad; intensificó la hostilidad entre clases y entre distintas facciones; dividió internamente a los estados…”. La  derrota de Estados Unidos y de Israel es ya un “punto de giro” del desarrollo político del mundo. Estados Unidos se apartó de la democracia y se dejó llevar “por el camino de la oligarquía”. Un camino empedrado hacia el infierno e invierno social. La nueva oligarquía estadunidense  se asienta en una mezcla tóxica que abreva lo mismo en los pensamientos mesiánicos delirantes atribuidos a los textos sagrados judeocristianos y en la visión tecnocrática de los dueños del ciberespacio. Un  extraño maridaje de designios milenaristas con propuestas futuristas; tal y como  se concluye al leer el Manifiesto Palantir que nos anuncia una “República tecnocrática”.

 

La Furia Épica y su deriva la Furia Económica es un despropósito contra las economías emergentes y sobre todo por el ascenso de Euro-Asia como motor de la economía globalizada.  Se trata de demoler las cadenas de suministros destruyendo las redes de conectividad y restaurar el orden de la posguerra donde la paz la determinaba Washington y sus instituciones financieras y militares. Ya  no. Ni será posible ni probable.  Las Furias como su nombre lo indica son irracionales y carecen de estrategia y niegan la historia y sus enseñanzas. Lo de Trump y sus pandillas son pesadillas que podrían desembocar en una hecatombe.

 

Existe en el occidente global la arrogancia de Atenas y la humillación persistente a sus aliados y un menosprecio a los nuevos bárbaros (rusos y chinos). Sin embargo, Estados Unidos ha debilitado sus alianzas  y su poder marítimo. De hecho, según los expertos, aún destruyendo a Irán perderá la guerra. No destruyó al Régimen ni su capacidad nuclear ni su poder militar. Y además perdió el control de los suministros de petróleo y gas que representan el 25% del consumo mundial y también la producción de fertilizantes que nos anuncia una crisis alimentaria. La derrota de EUA/Israel  apunta a una derrota que costará al planeta un colapso económico que traerá inflación, recesión y revueltas sociales. Más muerte y más devastación.

 

Vivimos el principio del fin de un designio civilizatorio: el del capitalismo imperial en ropajes de democracia y cuyo designio mesiánico consiste en considerar al occidente europeo, judeo-cristiano, como la vanguardia única de la modernidad, “faro racional y virtuoso”, un orden basado en las reglas del opresor y por las delirantes visiones supremacistas de los wasp:  blancos, pentecostales, anglos y sajones de Inglaterra y de sus hijos norteamericanos, herederos de su imperio y de las glorias occidentales: las de la Atenas de Pericles, del Imperio Romano, del imperio carolingio y defensores del cristianismo católico/protestante contra los “bárbaros” hijos ilegítimos de Abraham: los hijos de Mahoma y los hijos que abrevan en las “exóticas” doctrinas de Confucio, Buda, Lao Tse o en los libros sagrados de los pueblos originarios de América. La historia no se repite pero si se repiten fórmulas narrativas que encarnan estrategias y tácticas que se ofrece como menú recurrente para afrontar el devenir y sus eventualidades.

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