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*No hay sociedades perfectas como tampoco existen seres humanos inmaculados. Tomás Moro no se ha vuelto a repetir, como tampoco se desarrolló esa utopía de la Ciudad de Dios. Las relaciones entre la autoridad y los gobernados siempre están en tensión, pero aquí y ahora están a punto de reventar la liga

 

Gregorio Ortega Molina

Hay sobreabundancia de ficciones literarias y televisivas acerca del narcotráfico en México. También existen ensayos serios y, lo supongo, textos con abundante documentación filtrada o proporcionada por agencias estadounidenses: la DEA, la CIA o Seguridad Nacional. Lo hacen para sacudirse el sambenito de no combatirlo lo suficiente o incluso de tolerarlo o auspiciarlo.

     Pero hay una verdad de Perogrullo. El tráfico de estupefacientes -que se ha sofisticado con las drogas de diseño- es motor en las economías emergentes, y dinero fresco y negro para operativos políticos y de desestabilización a los Estados enemigos, o de represión a los grupos antagonistas cuando de resolver conflictos internos se trata.

     No puede explicarse de manera distinta -así lo consigna información publicada- que “el pasado 7 de agosto el presidente López Obrador declarara que México había sido un narcoestado. Para él, tal situación se dio por la connivencia entre algunas autoridades policiales y servidores públicos con los cárteles de la droga. La reacción a sus palabras fue casi inmediata. Más allá de las cercanías o distancias con los expresidentes Calderón y Peña y con sus respectivos equipos de trabajo, prácticamente nadie aceptó tal calificación. Algunos articulistas hicieron notar, con razón, las evidentes diferencias existentes entre Estados como Afganistán, Guinea Bisáu o Kosovo con el nuestro. Otros compararon los índices de violencia existentes entre 2012 y la actualidad, para demostrar que lejos de haber mejorado el país se encuentra en igual o peor situación. Y unos más, con agudeza, se preguntaron si la semejanza entre las condiciones pasadas y presentes permitían extender tal calificación al actual Gobierno”.

    Después el presidente de México explicó que se había excedido, que se le “chispoteó” esa afirmación, pero lo que permanece en el imaginario colectivo es la liberación de Ovidio Guzmán y el saludo de mano a María Consuelo Loera Pérez. Obviamente el único que posee la información correcta para explicar y justificar su proceder, es quien tomó esas decisiones.

     Sin embargo, la realidad despierta la imaginación y abre las perspectivas de análisis para lo que realmente sucede en México, que dista mucho de ser un narco Estado, pero se ha convertido en una nación con amplios territorios con ausencia de Estado, porque en esas zonas la voz que se escucha e impone es la de las armas y la de los barones de la droga, que establecen sus acuerdos y se dividen sus zonas de influencia. Imposible negar que así ocurre.

     Debemos considerar, para el análisis, el olvido de su mandato constitucional que tuvieron nuestras autoridades, propiciado por la codicia y favorecido por las disputas de poder. Siempre supieron que el narcotráfico y otros delitos como la prostitución, nunca se han combatido, sino que se habían administrado con la suficiente eficacia y discreción, para disminuirlo, acotarlo y perseguirlo en sus excesos.

     No hay sociedades perfectas como tampoco existen seres humanos inmaculados. Tomás Moro no se ha vuelto a repetir, como tampoco se desarrolló esa utopía de la Ciudad de Dios. Las relaciones entre la autoridad y los gobernados siempre están en tensión, pero aquí y ahora están a punto de reventar la liga.

www.gregorioortega.blog                                          @OrtegaGregorio

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