La Costumbre del Poder: México, Ucrania y Palestina: miradas, rostros, llantos, sangre; los humanos de siempre I/V

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*También me asedian los rostros y la aflicción de esas madres buscadoras, incansables en su recorrido por el territorio nacional, a la búsqueda de fosas clandestinas. Mujeres ajenas al azoro al toparse, en Tlaquepaque, con un horno crematorio con restos humanos, pero no inmunes al dolor de desconocer la última parada de sus seres queridos

Gregorio Ortega Molina

Hay un abismo entre el dolor físico y el moral. Al primero se le alivia con analgésicos, incluida la morfina. Para el segundo, anidado en el centro de la conciencia, en las emociones y el corazón del doliente, nada hay salvo la fe, en caso de que se tenga, como don, gracia, regalo.

     Y refiero la fe, porque en ella está la esperanza. Late al ritmo de la aflicción, se lubrica con lágrimas. La desesperanza se convierte en el umbral del suicidio, en el vivir sin estar.

     Hace semanas, quizá meses, padezco esa afección de estar sin ser, respirando por el dolor surgido de las imágenes de las promociones de la UNICEF para recaudar fondos en contra de la desnutrición, que me regresaron a mis actividades reporteriles de hace poco más de 30 años, durante mis visitas a Tierra Caliente y la sierra guerrerense. Mis ojos abiertos al sufrimiento de los niños explotados por sus padres.

     ¿Cuántos de esos pequeños seres con los que me he cruzado y hoy todavía me tropiezo durante largas caminatas, sobrevivieron y lograrán vivir para ver el futuro? Sucedió hace unos días. Me topo con un niño no mayor a los ocho años, le pregunto si no acude a la escuela: “No me gustó”, dijo e insistió en que le comprara alguna de sus frituras. No percibí en él una sombra de sonrisa, de afecto.

     “El dolor físico era finito, porque en última instancia el cuerpo se rendía al alma, pero la agonía emocional era susceptible de múltiples variaciones, y las más sutiles modificaciones podían hacer que manara de la herida un nuevo torrente de sufrimiento”. Esta reflexión de John Connolly dejada en Tiempos oscuros, motiva que revise, de nueva cuenta, los rostros de los padres de los 43 desaparecidos, muchachos ya logrados, camino a vivir, tan alejados de esas imágenes rescatadas por UNICEF, con el especial propósito de convocar a la conmiseración, a condolerse por fuerza con esa hambre ajena que es desnutrición y anuncio de muerte. Atroz, por cierto.

     También me asedian los rostros y la aflicción de esas madres buscadoras, incansables en su recorrido por el territorio nacional, a la búsqueda de fosas clandestinas. Mujeres ajenas al azoro al toparse, en Tlaquepaque, con un horno crematorio con restos humanos, pero no inmunes al dolor de desconocer la última parada de sus seres queridos.

www.gregorioortega.blog                                                      @OrtegaGregorio

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