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Gregorio Ortega Molina

 

*En el modelo de integración a América del Norte que se contempla, debe impedirse ese racismo que todo lo destruye, también el muro; así es que pregunto a los lectores, ¿vamos a la restauración de la patria, o corremos a la decadencia?

 

Sujetarnos a la definición que de decadencia dan los diccionarios equivaldría a limitar, en su entendimiento, la dimensión de lo que sucede en México y lo convierte en una nación decadente, sin valores éticos, morales y cívicos ni cualesquier otro parámetro que frenen la disolución del Estado, la disolvencia de la idea de patria, del sentido de pertenencia, del ser del mexicano.

     Lo que vivimos dejó de ser drama para alcanzar el tamaño de una verdadera tragedia. Mientras el país se precipita, los líderes, los dirigentes dan la espalda a la historia, se niegan a leer en los sucesos que indican una irreversible decadencia del modelito de gobierno.

Medito en la cadena de sucesos iniciados al momento de anunciarse la venta de garaje de los activos del Estado, junto con el gobierno de la renovación moral. ¡Vaya que lo trastocaron todo en ese aspecto! Hoy la corrupción es denostada, pero casi todos querrían participar de ella, porque hay impunidad garantizada.

Repaso los acontecimientos; de inmediato recuerdo un episodio narrado por Heródoto en Los nueve libros de la historia, en el que Ciro coloca a su lado a Creso, una vez que ha conquistado Lidia.

      Creso, entregado a la meditación, guardaba silencio; luego se volvió, y viendo que los persas estaban saqueando la ciudad de los lidios, dijo: <<Rey, ¿he de decir ahora lo que siento o he de callar?>> Ciro lo invitó a que dijese con confianza cuanto quisiera y entonces Creso preguntó: << ¿En qué se ocupa con tanta diligencia toda esa muchedumbre de gente?>> Ciro respondió: <<Está saqueando tu ciudad y repartiéndose tus riquezas>>. Creso replicó: <<No saquean mi ciudad ni mis tesoros, ya nada tengo que ver en ello. Tuyo es lo que sacan y llevan>>.

Efectivamente nada tenemos que ver con esa idea del patrimonio nacional conceptuada como fruto de la Revolución. El petróleo es hoy un commoditie, pero también lo son -en el ámbito de la retórica política- la soberanía y ese tonto orgullo de pertenecer a una nación independiente.

Lo cierto es que nada es -en materia de administración pública, de valores y respeto a la legalidad, en la manera de ejercer el Poder Ejecutivo- como fue, de allí que, con certidumbre, José López Portillo se autoproclamara el último presidente de la Revolución. Sanseacabó, a otra cosa mariposa, pero ¿no deberíamos estar mejor? O pensar así, ¿es populismo?

El saqueo ha sido metódico, y la entrega de lo que fue México, implacable. La historia tiene variados ejemplos de cómo se involuciona, hasta llegar a la decadencia.

     Mary Renault escribió la biografía de Alejandro de Macedonia en tres tomos. En el titulado Fuego del Paraíso, nos cuenta:

Era preciso curar a Grecia para que dirigiera al mundo… Las dos últimas generaciones habían visto como cada forma de gobierno se convertía en su propia perversión: la aristocracia devino oligarquía; la democracia, demagogia… En progresión matemática, de acuerdo con el número de individuos que compartían el mal, se incrementaba el peso muerto en contra de las reformas. Últimamente se había demostrado que era imposible sustituir una tiranía; cambiar una oligarquía que se distinguiese por su poder y su crueldad era destructivo para el alma; para sustituir la demagogia era preciso convertirse en demagogo y destruir la propia mente. Sin embargo, para reformar una monarquía sólo se necesitaba educar a un hombre (y enseñarle inglés).

Alejandro se esforzó para que so colonialismo no fuese vasallaje. Casó a sus soldados con mujeres de los países que conquistaba. En el modelo de integración a América del Norte que se contempla, debe prohibirse ese racismo que todo lo destruye, también el muro, así es que pregunto a los lectores, ¿vamos a la restauración de la patria, o corremos a la decadencia?

www.gregorioortega.blog

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