La aparición purhembe, enigma en el tiempo

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Luis Alberto García / Nahuatzen, Michoacán

* Tan desconocida como la extinción de los mayas.
* Hipótesis sobre su procedencia de América del Sur.
* Similitudes idiomáticas con los incas y los chibchas.
* Habrían llegado a sus territorios por el Océano Pacífico.
* Características parecidas a los mixtecos, zapotecos y mocayas.
* Reencuentro para fundar el imperio de tres siglos.

El misterio sobre los orígenes y la aparición de la etnia purhembe o purhépecha y la civilización creada a lo largo de varios siglos en Michoacán y otros territorios, es comparable con el enigma que rodea a la extinción de los mayas de Yucatán, Guatemala y Honduras, y de los olmecas de Teotihuacán y Tula.
Estudiosos europeos y estadounidenses -entre ellos J. Warren Benedict en La conquista de Michoacán, 1521-1530- opinan el contrario sobre la teoría más difundida, de que los ocupantes del continente arribaron a América cruzando por el estrecho de Bering, entre Siberia y Alaska, llegaron de Sudamérica.
Serían originarios y procedían de las actuales latitudes que ocupan Perú, Bolivia y Ecuador, dada la similitud de sus rasgos faciales, y las raíces lingüísticas de los incas, quéchuas y chibchas, parecidos al idioma purhépecha que se habló en la región occidental del México antiguo.
Además de estudiar su idioma, Raoul de la Grasserie, en su Langue tarasque et grammaire (Editions Maisonneuve, París 1896) planteó que, lo mismo que los mixtecos, los zapotecos y los mocayas de Oaxaca y Chiapas, los purhépechas llegaron por el sur a través de las costas centroamericanas y el Océano Pacífico.
Sin embargo, solamente es una hipótesis ya que no existe prueba de ello, y en la interpretación a un fragmento de la Relación de Michoacán de Jerónimo de Alcántara, Jean-Marie Gustave Le Clézio expone que los primeros pobladores de Michoacán se maravillaron ante los paisajes.
Eso ocurrió al enterarse de que los dioses que veneraban los purhépechas primigenios, habitantes de la región lacustre de Michoacán, en Cuitzeo, Pátzcuaro y Zirahuén, eran los mismos que ellos habían engendrado.
El reencuentro constituyó el instante más emocionante y más significativo de esta historia legendaria, ya que muestra la alianza de dos tendencias que iban a formar un pueblo: el grupo sedentario. y el agrícola que representaba la civilización y la riqueza.
Uno los componían los guerreros nómadas que aportaban la fuerza de la jerarquía y el orgullo para fusionarse y fundar un imperio que sobreviviría tres siglos, azote del poderoso México-Tenochtitlán, finalmente sojuzgado por la conquista española en 1521.
Ello permitió la supremacía de un pueblo sobre las tribus vecinas, a quienes, en términos generales, el franciscano Jerónimo de Alcántara llamó “chichimecas”; pero la diferencia está -asegura Le Clézio- en que los purhépechas tuvieron pocas relaciones con las comunidades del centro, haciéndoles la guerra, como lo consignan testimonios de entonces.
El poder de la diosa Xarátanga acudió en ayuda de ellos y con los sortilegios de los brujos habitantes de las islas dispersas en el lago de Pátzcuaro: son demonios y sacerdotes maléficos, metamorfoseados en serpientes y achoques -salamandras negras horripilantes- las que deben desaparecer en el Quahuén Yninchazácuaro; es decir, en el infierno y bajo la tierra.
Es entonces cuando, apoyados por los dioses de la bondad, según la segunda parte de la Relación de Michoacán hecha por fray Jerónimo de Alcántara, ocurre la dispersión de los purhépechas, con cada jefe llevando en andas a su dios para fundar Tarépecha Chanshori.
Esa población sería una de las bases políticas y económicas del imperio, con comunidades menores donde pronto se alzarían casas, pirámides y otros monumentos religiosos que iban a mostrar el poderío imperial en años sucesivos, como Ihuatzio, Tingambato y Pareo.
Dos hermanos, Uápeani y Pauácume, se instalaron y veneraron al dios Curicaveri en Tzintzuntzan, futura capital del reino, creación que fue un hecho destacado que, sin duda, se mantiene en la memoria de los purhépechas de hoy, al figurar en el Cuento de las Golondrinas.
A él se refiere el arqueólogo estadounidense Maurice Boyd en Tarascan Mith and Legends (Texas Christian Press, 1969), obra prolija en detalles que rememora y reivindica hechos que no se han perdido en el tiempo, sino que son resguardados para un presente que es orgullo de los michoacanos.

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