Rajak B. Kadjieff / Moscú
*Uno de ellos se hacía llamar Yankel Khaimovich.
*No hay seguridad de quiénes participaron en el regicidio.
*Solamente se conocen algunos de sus nombres.
El asesinato del emperador Nicolás II, su familia y cuatro fieles sirvientes en Ekaterimburgo el 17 de julio de 1918 sigue siendo una de las páginas más oscuras de la historia rusa del siglo XX, y hasta hoy, historiadores e investigadores no están completamente seguros de quiénes participaron en el regicidio.
Solo se conocen los nombres de algunos: aquellos que admitieron haber participado o los identificados por testigos; pero el destino de muchos de esos regicidas también terminó trágicamente, ya que sus vidas fueron truncadas por enfermedades o por muertes igualmente violentas.
Se sabe que el principal responsable de la liquidación de la familia imperial fue Yakov Yurovski, otro de cuyos alias era Yankel Khaimovich, vivió hasta 1938 y murió de una úlcera duodenal, y en la era soviética su hijo decía que su padre no era responsable de los crímenes
Sin embargo, a la familia Yurovski le cayó una extraña maldición: su hijo mayor, Alexander, terminó en la prisión de Butyrka en 1952, pero fue liberado un año después y su hija Rimma también fue arrestada en marzo de 1938 para cumplir condena en el campo de trabajos forzados de Magadán hasta 1946.
Los nietos de Yurovski tampoco se libraron de la fatalidad, pues murieron en circunstancias misteriosas: uno al caer de un tejado, mientras que los otros dos, calcinados en un incendio en Ekaterimburgo.
Yurovski mismo decía sentirse orgulloso de haber visto derramarse la sangre del zar Nicolás II, y recordaba: “Hice el primer tiro y maté al zar en el acto”.
El dramaturgo e historiador ruso Edvard Radzinsky estaba intrigado por la idea de que existieran o no pruebas fotográficas de los restos calcinados y mutilados de la familia imperial y sus acompañantes.
“Yurovski, además de relojero, era fotógrafo profesional”, afirma: “Se robó y confiscó una cámara de la zarina; pero le fue imposible tomar fotos inmediatamente después de la ejecución. Todos estaban desquiciados, la familia seguía viva, seguían matándola”.
¿Podría haber algo de cierto en su afirmación, o Edvard Radzinsky dio origen a otra teoría conspirativa sobre los Románov? Y como era dramaturgo, y quizás su imaginación creativa lo superó, pero ¿quién sabe?.
Yurovsky ya había demostrado de lo que era capaz, así que todo era posible, aunque también existe la posibilidad de que el asesino tomara fotos para llevárselas consigo cuando partió a Moscú después de los homicidios, como prueba para Vladímir Lenin y Yákov Sverdlov para demostrar que se habían llevado a cabo.
Si tales fotografías hubieran existido, se puede suponer con seguridad que habrían sido destruidas, pues ambos dirigentes revolucionarios eran astutos y cuidadosos para no dejar rastro documental que los implicara en asuntos turbios, entre ellos los asesinatos.
La personalidad de Pyotr Ermákov fue igualmente significativa en los asesinatos de la familia imperial, y según sus propios recuerdos, fue él quien mató a la emperatriz Alexandra Feodorovna, al cocinero Ivan Kharitonov y al doctor Evgeny Botkin.
A menudo se jactaba de su crimen, sin sentir remordimiento alguno: “Disparé a la zarina, que estaba sentada pocos metros de distancia; no podía fallar. Mi bala le dio justo en la boca; dos segundos después, estaba muerta. Luego disparé al doctor Botkin. Levantó las manos y se giró a medias. La bala le dio en el cuello. Cayó hacia atrás”.
Ermákov también cuenta que un disparo de Yurovski derribó al zarevich, que quedó tendido. Al cocinero Valeri Kharitonov, que estaba acurrucado en un rincón le disparó primero en la espalda y luego en la cabeza.
“El mozo Troupe también cayó; no sé quién le disparó”, refirió Ermákov antes de morir de cáncer el 22 de mayo de 1952.
Desde la década de 1990, su tumba en el cementerio de Ivanovo, en Ekaterimburgo, ha sido objeto de repetidos actos de vandalismo por parte de monárquicos, que regularmente han regado con pintura roja la lápida.
Ésta -han asegurado- simboliza la sangre que derramó ese hombre durante su participación en el cruento asesinato de Nicolás II y su familia el 17 de julio de 1918.
En 1951, durante una recepción que reunió a toda la élite local del Partido en Sverdlovsk, Pyotr Ermákov se acercó al general del Ejército Rojo soviético Georgy Zhukov y le tendió la mano; pero frunciendo el ceño con disgusto, el mariscal lo miró a los ojos y murmuró: “No doy la mano a asesinos”.
Cada año, el 17 de julio, día que conmemora el aniversario del asesinato del emperador Nicolás II y su familia, la tumba del bolchevique Ermákov es vandalizada por monárquicos de la ciudad, que rocían su lápida con pintura roja.
Dejó un testimonio sobre otro de los regicidas: “ Stepan Vagánov se encargó de las grandes duquesas: yacían moribundas en el suelo… Siguió disparando a Olga y Tatiana… No creo que ninguno de nosotros disparara a la asistente Demidova. Se desplomó en el suelo, protegiéndose con almohadas, no obstante, Vagánov, más tarde, le atravesó la garganta con su bayoneta…”.




