“John Bolton, un peligro para el Kremlin y para el mundo”

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Luis Alberto García / Moscú

* Percepción del CLAEI sobre el asesor presidencial de Donald Trump.

* El ideólogo ultraconservador y reaccionario llegó al cargo en 2018.

* Defensor del “interés nacional”, receloso de los acuerdos multilaterales.

* Alter ego y alma gemela del “Agente Naranja” de la Casa Blanca.

* Sobre la OTAN hay una mentalidad mercantilista, medida en ganancias

Al asumir el cargo de asesor de seguridad nacional de Donald Trump en marzo de 2018, John Robert Bolton llamó a declarar la guerra a los regímenes de Corea del Norte e Irán y a no dejar que Rusia imponga sus designios, luego de ser promotor de la invasión de Irak en 2003 y embajador ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU) por apenas catorce meses.

“Es un peligro para el Kremlin y para el mundo”, asegura un documento interno del Círculo Latinoamericano de Estudios Internacionales (CLAEI), al referirse a Bolton, comentarista frecuente de la cadena de televisión “Fox News”, quien con relativa facilidad logró ponerse al frente del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos.

“Su nombramiento en 2018 es preocupante porque ha quedado al frente de ese órgano de la Casa Blanca encargado de centralizar la política exterior y la seguridad de Estados Unidos, para asesorar a un presidente que ignora ambos temas”, afirma el CLAEI.

Detrás de su fiero bigote hay un ideólogo ultraconservador, un vehemente defensor del “interés nacional” estadounidense, receloso de los tratados multilaterales y de las leyes internacionales: “Es perfectamente legítimo que Estados Unidos ataque primero para responder a la ‘necesidad’ de defensa propia que presentan las armas nucleares”, señaló Bolton en un artículo publicado en “The Wall Street Journal” con relación a la defensa nacional.

En 2015, Bolton utilizó un argumento similar sobre Irán, al escribir en “The New York Times” que “solo una acción militar” podía evitar que los iraníes obtuvieran un arma atómica, y sobre el acuerdo nuclear criticado por Trump, Bolton ha dicho que “no tiene sentido”.

El asesor de Trump es también un conocido crítico de la Corte Penal Internacional e impulsor de la invasión de Irak bajo la presidencia de George W. Bush, quien lo nombró embajador ante la ONU en agosto de 2005, aprovechando un receso en el Senado.

La oposición demócrata bloqueó su nominación debido a su supuesta intimidación de subordinados durante su paso por el Departamento de Estado, y a sus presuntos intentos de ignorar o suprimir información de inteligencia con la que no estaba de acuerdo, y en 2001, Bolton se convirtió en subsecretario de Estado para el control de armas.

Según un análisis de documentos oficiales que hizo la Universidad George Washington, Bolton abrazó la teoría del “eje del mal” sobre Corea del Norte, Irán e Irak, y presionó al Departamento de Estado para despedir a quienes no validaran las acusaciones más radicales contra esos países.

También fue protagonista de una larga disputa con las agencias de inteligencia estadounidenses por su acusación pública de que la dictadura cubana contaba con un programa de armas biológicas.

Nacido en Baltimore, Maryland, en 1948, Bolton se doctoró en Derecho por la Universidad de Yale en 1974 y se alistó en la Guardia Nacional, pero no fue a la guerra de Vietnam “para no ir en un arrozal de Asia”, ocupó un cargo en el Departamento de Justicia bajo el gobierno de Ronald Reagan y en el Departamento de Estado durante la gestión de George H. Bush, y pasó por dos “think tanks” conservadores, el Instituto Manhattan y el American Enterprise Institute.

Y aunque muchos lo llaman neoconservador, John Bolton –artífice de la anulación del Tratado para la Eliminación de Misiles de Mediano y Corto Alcance (INF) con Rusia, el 2 de febrero de 2019- se describe como un “nacionalista libertario”.

En otras palabras, está convencido de ser un personaje que prefiere “la libertad sobre la democracia”, idea compartida por Trump, su jefe inmediato, anfitrión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en su septuagésimo aniversario.

Reunidos en la capital estadounidense en la primera semana de abril de 2019 en un clima de tensión con Rusia, que inevitablemente hace recordar la fecha de su fundación, el 4 de abril de 1949, ésta no pareció ser la principal preocupación de los integrantes de la Alianza Atlántica.

“Esto a pesar del peligro que representan el expansionismo ruso y la bipolaridad Washington-Pekín”, destaca el CLAEI en su pronunciamiento sobre esa conmemoración, considerando que es Trump –con el acompañamiento sinfónico de John Bolton- la principal perturbación en el aniversario de la alianza “defensiva” más antigua y exitosa de la historia reciente.

Con o sin la mano negra de Bolton -su alter ego en múltiples temas, su alma gemela en otras-, Trump tiene una mentalidad mercantilista que solamente se mide por las ganancias que peda obtener su país, acusando a la OTAN de ser una carga económica, sostenida presupuestalmente por Washington desde su creación.

Los beneficios para la potencia hegemónica y su papel en la estabilidad, la paz, la prosperidad y la difusión de eso que su secretario general, el noruego Jens Stoltenberg, llamó “valores liberales y democráticos”, quedan fuera de cualquier cálculo, pero sí en función de pérdidas y ganancias, como en cualquier casino propiedad de Trump de Las Vegas o Atlantic City.

En su estrecho cerebro de casinero, el incontrolable mandatario que ha abierto frentes políticos con menor motivo, no quisiera solamente reducir la contribución estadounidense a sus 28 aliados, sino obtener beneficios cuantiosos, como cobrar por sus bases militares en territorio europeo y conseguir que el mayor gasto se dirija a la compra de armas exportadas por el Pentágono afectando a Rusia.

Nada empaña tanto el balance del equilibrio político mundial –con los acuerdos de por medio, vigentes o cancelados, por ejemplo el INF- como la actitud voluble y las bipolares actitudes presidenciales; pero la realidad es que, finalmente, los halcones pentagonales, Bolton y su bigotes han logrado situarse a la derecha de la derecha del “Agente Naranja”, como llaman a Donald Trump sus no pocos críticos y adversarios.

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