martes, mayo 28, 2024

ISEGORÍA: Los males que no se agotan

Sergio Gómez Montero*

cuyo nombre se conocerá

pero cuya sustancia no lo será nunca

ni aún para él

A. Baraka: “Babilonia revisitada”

 

¿Qué les pasa a las campañas electorales en México de unos años para acá (desde la alternancia para acá), que, cada vez más, ellas parecen llenarse de manera continua y  creciente de lodo y mierda (acérquese usted a Lorenzo Córdova, presidente del INE un domingo cuando llega a comer a un restaurante de Coyoacán, y algo huele feo a su alrededor), al mismo tiempo que las pantallas de televisión, las redes  y los leaks pululan con porquerías de todo tipo que generalmente buscan insultar de la manera más  vil y malévola por lo común a un candidato (desde hace 18 años a López Obrador), al que, durante los debates igualmente insultan, atacan, difaman con mentiras, falsedades y demás mientras la jauría le enseña dientes y colmillos como si quisiera comérselo?

Y mientras, ¿el INE dónde está? Por lo común desaparecido, omiso, cómplice de las irregularidades múltiples que cometen lo mismo los particulares llámense partidos políticos o simpatizantes gansteriles, que otras instituciones gubernamentales (electorales o judiciales), mientras nadie regula efectivamente el proceso y éste, así, se torna en esa fuente de detritus del cual todos buscamos huir, pero si lo hacemos eso significa dejar en manos de nuestros depredadores de siempre otra vez el gobierno. Esa ha sido nuestra triste historia de terror desde 18 años atrás (o puede que muchos años más).

Pero, la historia no es tan simple. Ella tiene una larga cola que pisarle. Una de sus herencias, por ejemplo, es el daño brutal que le ha causado al tejido social del país. La delincuencia electoral que cubre a todos los procesos de votación del país han lesionado cada vez  más gravemente a nuestro tejido social, pues desde sus núcleos más pequeños  (comunales o municipales), hasta los más altos (de gubernaturas a ministros de tribunales o ministros de gobierno), todo, pero todo de verdad, genera corrupción, convirtiendo al país en un verdadero mar de mierda cuyo origen es precisamente eso: la impotencia de poder ser honestos y legales en nuestros procesos electorales. Si pudiéramos dar ese pequeño pasito una sola vez (carajo, una sola vez) sin duda el país habrá avanzado muchísimo, pues la políticocracia que hoy nos gobierna, paulatinamente se irá disolviendo para darle paso a un gobierno más de ciudadanos que al actuar colegiadamente inaugurarán una nueva vida social.

Es cierto, como en muchas cosas de la vida, hay dos maneras de alcanzar lo que se busca. Una de ellas es la vía tranquila, la del orden existente (la ley) que fija reglas precisas y claras pero que nunca cumplen los que originalmente las establecieron (en este país, por ejemplo, la Reforma es tiempo aún en que sus principios no se cumplen, menos aun lo que a fines del XIX prometió el anarcosindicalismo de los Flores Magón). La otra vía es la compleja, la revolucionaria, la que, a la fuerza, impone un nuevo orden le pese a quien le pese.

Hoy, pues, con un tejido social tan desgarrado, cada vez más cerca estamos del dilema: ley o revolución.

*Profesor jubilado

gomeboka@yahoo.com.mx

Artículos relacionados