ISEGORÍA: Ciudad que desfallece

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Sergio Gómez Montero*

y le recuerdo aquí porque soy triste

y ya no puedo echarme entre sus lágrimas

C. Olver Labra: “Elegía para decirme”

¿Qué queda, me pregunto ahora, de aquella visión idílica que en el siglo XIX tuvo Alexander von Humboldt de la ciudad de México y su valle –la región más transparente del aire: así la calificó él– y que años después utilizara Carlos Fuentes para titular así su primera novela, cuya parte final es un canto elegiaco que describe los estertores de un México rural y revolucionario, que le abre paso a la vorágine urbana que hoy es un caos brutal y desenfrenado? Una ciudad que a lo mejor Fuentes nunca imaginó, pero cuyos últimos cincuenta años la tienen convertida en una ciudad sobrepoblada, poluta como pocas en el mundo y cuya contaminación agobia a quien vive cotidianamente en ella o es tan sólo un visitante fugaz y apresurado. ¿Una herencia más de un neoliberalismo que no se midió a la hora de destruir al país?

Quién lo sabe, como era casi imposible saber que estos primeros días de mayo los efectos del cambio climático –temperaturas extremas, incendios urbanos y forestales– iban a causar efectos extremos en la contaminación de la ciudad y que la vida humana en ella se iba a convertir en un sacrificio ritual para sus habitantes. Aquello pues que desde años atrás se ha venido incubando y a lo que sus gobernantes –desde antes de Uruchurtu- no han querido enfrentar, hoy está presente como un monstruo que todos vimos crecer, que muchos contribuimos a que se creara, pero que, la gran mayoría, nos mantuvimos indiferentes ante la genealogía de la monstruosidad. Desde luego, hoy, no se trata de distribuir culpas: si los gobernantes o los gobernados. No, todos los habitantes de esta ciudad cerramos los ojos ante el crecimiento de la barbarie y nadie, desde luego, quiere asumir hoy la responsabilidad del desastre. Convertida en un verdadera megalópolis a la que, con todos los problemas que la aquejan, nadie quiere abandonar, ella es un verdadero caos urbano al cual los especialistas no quieren enfrentar, pues los costos a pagar son de dimensiones inconmensurables y más altos aún, sin duda, que las culpas que nos atosigan frente al caos que, impasibles, dejamos que se construyera. ¿Por qué, por poner sólo un ejemplo pequeñito, permitimos que la ciudad creciera verticalmente de manera tan caótica? Otro: ¿por qué la concentración de actividades productivas en un solo punto? Y uno más: ¿quién permitió que los vehículos automotores inundaran todas las vías de comunicación urbana? Si de pecados hay que hablar, la lista se volvería interminable.

Como sea, ésa es la ciudad a la que hoy hay que hacerle frente. Una ciudad a la que virtualmente hay que despoblar ahora si queremos resolver sus problemas de fondo y queremos dejar de ponerle sólo curitas que, hoy, ya de nada sirven. Un ciudad que si bien no volverá nunca más a ser parte de la región más transparente del aire, sí merece ser la capital de un país que busca reconstruirse en beneficio de todos sus habitantes, preocupado por preservar el medio ambiente y con la justicia y la libertad privando en nuestras relaciones humanas. Es allí en donde queremos que quede hoy enclavada la ciudad de México.

*Profesor jubilado de la UPN

gomeboka@yahoo.com.mx

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