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FRANCISCO RODRÍGUEZ

A falta de los más elementales requisitos para ser un servidor público, que son la intuición y la lógica. A falta, también, de compromiso con los electores que votaron por el cambio, los floreros se reproducen en el gobiernito como hongos, como virus. Impactan negativamente en el cuerpo ciudadano. Lo peor. Es que para eso no hay ni habrá vacuna ni medicina posible.
Fruncionarios tan caros y costosos están enterrando a paletadas con velocidad y ferocidad turbo al régimen de la Cuarta Decepción. La lista la encabeza como siempre, el más lesivo y descocado: el de Palacio Nacional.
Le siguen, con igual denuedo, la secretaria de Gobernación, la Jefa de Gobierno de la Ciudad, la titular de la CNDH, la no primera dama y un elenco horroroso de colaboradores que hubiera sido más benéfico se quedaran en su casa o que, mínimo, guardaran sana distancia de los asuntos públicos.
Hasta las encuestas pagadas registran un rechazo del 53% a los infames. Brincos dieran con esos números negativos, la gente apuesta que el repudio es mayor. Pero billete mata carita.‎ En estos tiempos de necesidad lo más caro es lo que no se puede comprar con dinero. Los tiempos neoliberales jamás registraron esos números negativos en los primeros dos años de un ejercicio. Y da pena decirlo.

El elenco de supuestos transformadores está para llorar

Existen secretarios del Despacho presidencial –a quienes los ignorantes llaman “secretarios de Estado”– que ni nos hemos dado cuenta de que se encuentran confinados, aterrados con el coronavirus o paralizados por la vergüenza de ir a sus oficinas a seguirle haciendo al Tancredo, para deshonra hasta de sus mismos amigos y familiares. Piensan que para hacer el oso, calladitos se ven mejor.
Los secretarios de Agricultura, Economía, Hacienda, Educación, Comunicaciones y Transportes, y la nuera de Trabajo y Previsión Social y casi el que usted pueda apuntar no le hacen un bien a nadie, ni a sus colaboradores. El elenco de supuestos transformadores está en la olla, para llorar. Han fallado en toda la línea, por incompetencia y por cobardía.
El tiempo no se detiene, y el repudio de la población tampoco. A la hora de hacer cuentas, todo mundo percibe que sólo llegaron y se sentaron para el oprobio y el ridículo público. Están chupando el presupuesto a ritmos pantagruélicos. Nadie sabe a qué se dedican o incluso qué es lo que deberían hacer. Ni ellos mismos.
Si usted lo duda, no hay más cera que la que arde, cual decían las abuelas. Pregúntele a su vecino qué sabe acerca de las atribuciones, las omisiones o las traiciones de cualquier miembro del gabinetito. Se va a llevar una sorpresa desagradable, como todas a las que quieren que nos acostumbremos. No se atreven ni a ver a los ojos al Tartufo de Palacio, menos a desmentirlo.

Nadie tiene las agallas de siquiera hacer como que hace

Ninguno de los chuscos gabinetes de los presidentillos neoliberales de las últimas cuatro décadas tuvo esa cantidad de nerds. Los peores de aquéllos serían para presumirlos en un domingo de los de ahora. Al menos, cada uno se situaba en las carteras que supuestamente dominaba. Los gazapos fueron aislados. Hoy es el pan de cada día.
Al menos, cada uno fingía en lo que hacía. La Cuarta Decepción les prohibió hasta eso. Nadie tiene las agallas de siquiera hacer como que hace. La guillotina de la burocracia de un solo dedo pende sobre sus cogotes. El que hable, opine, gesticule o peor, se mueva, está muerto de inmediato. Tachado para cualquier futuro próximo o remoto.

Los Ackerman, Epigmenios, Taibos, Noroñas atizan las hogueras

Los savonarolas del “caudillo” son los más expertos francotiradores y miembros destacados de la quinta columna. Ningún miembro del gabinete pasa esa prueba. Acojonados y obedientes, todo mundo se calla la boca, pospone sus pequeños delirios, para dar paso a los delirios mayores. Saben que su destino pende de un hilo muy delgado.
La soberbia del “caudillo” es alimentada por sus asesores de cabecera: una caterva de ignorantes que de eso medran. ‎Nadie puede replicar a los Ackerman, Epigmenios, Taibos, Noroñas y compañía. Son los enemigos de ellos, del pueblo, y los que atizan las hogueras de esta quemazón frenética y desenfrenada, los verdugos del régimen.
Al mismo tiempo, los oídos del Caudillo se prestan fácil y dócilmente a la intriga, la tenebra. Y la maledicencia. Al fin y al cabo, esto es lo que pulula en el Comité de Huelga de esa claque. No se prestan para un consejo de planeación, de obra, de transformación. Sólo están para quien le diga cómo se reparte el dinero para lograr más votos comprometidos con la aventura ñoña.

Las masacres, principio del fin de cualquier tipo de régimen

El fracaso estrepitoso del régimen de Enrique Peña Nieto empezó con las ejecuciones extrajudiciales de Tlatlaya, Tanhuato y Pátzcuaro. Las masacres de civiles y de ingenuos, ubicados en mal momento y en mal lugar, pagando la falta del moche, fueron emblemáticas. El pueblo empezó a dudar de los salvadores. Los tiros fueron en la nuca. La letalidad se impuso.
Como destino razonable, todo desembocó en la matanza de Ayotzinapa. Los cuarenta y tres que no aparecen ni aparecerán, porque la masacre corrió a cargo de los especialistas en las desapariciones de cadáveres, ya sea en los hornos crematorios de las zonas militares, o en el fondo del. Océano Pacífico. Después de eso, nada fue igual.
Pero hoy, las firmas extranjeras de seguridad, que ya nos tienen bajo la lupa, reportan que este año que todavía no acaba, ya hay registradas cuarenta y tres masacres ciudadanas, por la vía armada, aparte de las masacres provocadas por el desastre económico, el hambre, la inseguridad sistemática y la pandemia.
‎Y eso, ni el presidente más votado de la historia, como proclama a diario el parlanchín, ni el presidente más eficiente de la Tierra, ni Obama puede superarlo. La vara está demasiado alta para un sujeto que se la pasa en la grilla menor de Palacio Nacional.

Sheinbaum, nada que ver en el #19S. Estaba en un mundo raro

Para colmo, faltando a todas las reglas elementales de la publicidad gubernamental pagada, ofendiendo a toda intuición y a toda lógica, en su segundo Informe de gobierno, la Comandanta Sheinbaum manda a condenar como única responsable de la masacre del Colegio Rébsamen a la directora que no le avisó con meses de anticipación que eso pasaría.
El mismo día del Informe se rinde homenaje a primera plana pagada a la perra Frida, la única heroica, la que borra el fenomenal esfuerzo de la ciudadanía y de la muchachada que recobró cadáveres y víctimas con vida aquél otro nefasto 19 de septiembre. La ex delegada de Tlalpan, hoy jefa de Gobierno no tuvo nada qué ver: estaba como siempre, en un mundo raro.

Usan nuestros impuestos para cantarse elogios inverecundos

Los floreros abundan en el gobiernito de la Cuarta Decepción. Pero éstos no sólo están de adorno, también son asesinos y taimados. Usan nuestros impuestos para cantarse elogios inverecundos, para llenarse de inciensos subsidiados por nosotros. Para llevar al régimen a grados de repudio que nadie había experimentado.
El rechazo lo merecen sobradamente. Es lo único que realmente se han ganado a pulso. Entran por derecho propio al récord de la infamia y de la complicidad. Creen que así se gana el respaldo electoral. Se equivocan.
¿No cree usted?

Índice Flamígero: Y cuando aparece un garbanzo de a libra, alguno que sí quiere trabajar, los demás no lo dejan. No lo escuchan siquiera. Y lo peor, cuando renuncia por la impotencia, el Presidente se dedica a denostarlo en desde el púlpito de las “mañaneras”. El reciente caso de Jaime Cárdenas es ejemplar.

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