Gloria Analco
La guerra por el control de la energía: ¿del petrodólar al petroyuan?
Hay guerras que estallan con estruendo… y otras que, en realidad, ya estaban decididas desde mucho antes de que cayera la primera bomba.
El actual conflicto en Irán pertenece a ambas categorías.
En el fondo, lo que está en juego no es únicamente Irán, ni siquiera Medio Oriente. Es algo más profundo: quién controla la energía del mundo y, sobre todo, en qué moneda se paga.
Durante décadas, ese control ha descansado en el petrodólar, el mecanismo que permitió a Estados Unidos sostener su hegemonía global.
Hoy, sin embargo, emerge una disputa silenciosa pero decisiva: el intento de desplazar ese esquema hacia nuevas formas de intercambio, donde el petroyuan comienza a perfilarse como alternativa.
Lo que vemos en esta guerra es, en esencia, la resistencia de un orden que se niega a ceder… frente a otro que intenta abrirse paso.
Quién saldrá airoso de esta disputa… es la pregunta que hoy empieza a definir el mundo que viene.
Formalmente, todo comenzó el 28 de febrero de 2026, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron una operación militar conjunta contra objetivos estratégicos iraníes: instalaciones nucleares, bases militares y centros de mando. Pero en esencia, esta guerra no empezó ahí.
Es la consecuencia acumulada de años de asfixia económica, presión geopolítica y una disputa más profunda por el control del orden mundial.
Hoy, varias semanas después, el conflicto ha entrado en una fase distinta. Ya no es el golpe quirúrgico que Washington y Tel Aviv imaginaron. Es otra cosa.
Irán no cayó.
Y eso lo cambia todo.
Pero hay un elemento nuevo -y profundamente inquietante- que redefine el momento actual: la guerra ha entrado en una fase de incertidumbre abierta, donde ni siquiera las treguas sobreviven más de unas horas.
En las últimas horas, Estados Unidos e Israel habían anunciado una pausa, una suerte de tregua que, en teoría, abriría un espacio para la negociación. No duró ni 24 horas.
Los ataques se reanudaron.
Esta vez, con un elemento especialmente delicado: instalaciones energéticas y de gas dentro de Irán fueron nuevamente alcanzadas, cruzando una línea roja que el propio gobierno iraní había establecido.
No se trata sólo de infraestructura estratégica; se trata de la vida cotidiana de millones de personas y, más aún, del equilibrio energético de toda la región del Golfo Pérsico.
Porque aquí conviene detenerse.
No estamos hablando únicamente de Irán.
Estamos hablando de un sistema interdependiente donde las plantas energéticas y las desalinizadoras sostienen la vida de más de 100 millones de personas.
Golpear esos puntos no es una acción militar convencional: es escalar el conflicto hacia un terreno donde las consecuencias dejan de ser controlables.
Y eso es exactamente lo que está ocurriendo.
La respuesta iraní no se ha hecho esperar, pero tampoco ha sido convencional. Si en un inicio la lógica parecía ser la de la disuasión -un golpe por golpe-, ahora el mensaje ha cambiado de tono: ya no se trata de proporcionalidad.
Se trata de escalamiento.
“Irán ya no responderá ojo por ojo”, han dejado entrever sus voceros. La advertencia es más cruda: por cada acción en su contra, la respuesta podría multiplicarse. Dos, tres o más.
Ese cambio semántico es, en realidad, un cambio estratégico.
Porque introduce una variable que los cálculos tradicionales de Washington no suelen manejar bien: la imprevisibilidad controlada.
Y como si faltara un gesto para subrayar lo surrealista de esta contienda “a lo Trump”, se sumó la idea anunciada por él de que Estados Unidos podría controlar conjuntamente el estrecho de Ormuz con Irán “y quienquiera que sea el próximo ayatolá”, como si la soberanía y la historia de una nación se pudieran dirimir con una mano en el volante y otra en el ego.
En Teherán no tardaron en responder con una imagen burlona: un coche con dos volantes, uno real y otro de juguete, insinuando que Trump quiere conducir una industria petrolera cuando apenas comprende las diferencias en la calidad del petróleo, como un niño tratando de manejar el motor del mundo sin saber siquiera arrancar la marcha.
Pero hay otro elemento, quizá aún más revelador.
Estados Unidos ya no está logrando imponer ni siquiera las condiciones mínimas de una negociación.
Irán no se ha movido un ápice.
No ha dado un solo paso que implique someterse a los intereses de Washington. Y eso, más que un dato, es un síntoma: la estrategia de presión que durante décadas funcionó -amenaza, sanción, negociación- hoy simplemente no opera.
No al menos para Irán.
Desde Teherán el mensaje ha sido directo: no hay intimidación posible. No olvidan que, en medio de intentos de diálogo previos, fueron atacados y asesinados deliberadamente sus líderes.
Para los iraníes, cada llamado estadounidense a negociar ya no es una oportunidad diplomática, sino una antesala de agresión.
Una señal de guerra.
Y eso rompe cualquier lógica de confianza.
Incluso los intentos de desestabilización interna han fracasado, evidenciando otro fenómeno que Washington tampoco esperaba: una cohesión interna reforzada por el propio conflicto.
Lejos de debilitar al gobierno, la confrontación ha generado un cierre de filas.
Y eso cambia el tablero.
Pero quizá donde esta crisis muestra con mayor claridad el desgaste del poder estadounidense es en la figura de su propio presidente.
Donald Trump.
Su estrategia, basada en la presión pública, la exageración y la narrativa de fuerza, empieza a desmoronarse frente a una realidad que no puede controlar. Mientras insiste en que Estados Unidos es hoy más respetado que nunca, los hechos cuentan otra historia.
Aliados que no siguen la línea.
Adversarios que no se someten.
Y un conflicto que escala fuera de su control.
Pero lo más revelador no está en lo que dice Washington, sino en lo que hace.
La supuesta tregua no fue más que una pausa táctica. Un intento de ganar tiempo mientras continuaban los despliegues militares. Cuando quedó claro que Irán no caería en la trampa, la guerra retomó su curso.
Y lo hizo en el terreno más peligroso posible.
El de la supervivencia.
Porque atacar infraestructura energética no es sólo cortar electricidad. Es paralizar sistemas enteros: hospitales, suministro de agua, producción de alimentos, funcionamiento industrial.
Y ahí es donde el conflicto alcanza una dimensión mucho más grave.
Las plantas desalinizadoras del Golfo -de las que dependen decenas de millones de personas- no necesitan ser bombardeadas directamente para colapsar. Basta con cortar la energía que las alimenta.
Y eso es exactamente lo que está en juego.
En países como Kuwait, Omán, Arabia Saudita o los Emiratos, la dependencia de estas plantas es crítica. Sin ellas, en cuestión de días -una o dos semanas a lo sumo- el suministro de agua potable podría colapsar.
El resultado no sería sólo una crisis humanitaria.
Sería una crisis civilizatoria.
Migraciones masivas, colapso de servicios básicos, interrupción de la producción energética y alimentaria. Un efecto dominó que no se limitaría a la región, sino que impactaría al sistema global.
Y en ese escenario hay un dato que reconfigura el equilibrio: Irán no depende de ese mismo sistema. Su estructura hídrica es distinta, más continental, menos vulnerable a ese punto específico.
Lo que introduce una asimetría inquietante.
Porque mientras unos enfrentan la posibilidad de quedarse sin agua, otros pueden sostener una guerra más prolongada.
Y eso cambia las reglas.
Pero incluso en este escenario límite, hay una línea aún más peligrosa.
La nuclear.
Un eventual ataque a instalaciones como la central de Bushehr no provocaría una explosión atómica en sentido estricto. Pero sí podría desatar algo distinto -y quizá igual de devastador-: la liberación de material radioactivo a nivel del suelo.
Una contaminación persistente, difícil de contener, capaz de extenderse no sólo por tierra, sino también por el mar.
Y ahí el círculo se cierra.
Porque si las aguas del Golfo Pérsico se contaminaran, las plantas desalinizadoras dejarían de ser solución… para convertirse en parte del problema.
Agua convertida en veneno.
La guerra, entonces, ya no sería sólo por el control de recursos.
Sería contra las condiciones mismas de la vida.
En este punto, resulta irrelevante quién lanza el siguiente misil.
Lo verdaderamente decisivo es que el conflicto ha cruzado un umbral donde ya no existen victorias limpias.
Sólo daños acumulativos.
Sólo pérdidas compartidas.
Y, sin embargo, hay una conclusión incómoda que empieza a asomarse.
No necesariamente sobre quién va a ganar esta guerra… sino sobre quién ya logró algo más importante.
Porque más allá del resultado final, Irán ha demostrado que el poder estadounidense ya no es incuestionable. Que puede ser desafiado. Que puede ser contenido. Incluso ridiculizado.
Y eso, en el lenguaje del poder, es una fractura.
Una grieta en el orden internacional que durante décadas se sostuvo en la idea de una hegemonía indiscutible.
Quizá esa sea, en el fondo, la verdadera batalla.
No la que se libra con misiles.
Sino la que redefine los límites del poder.
Y en esa guerra -la que no siempre se ve, pero siempre cuenta- el mundo ya no es el mismo.
ESCARAMUZAS POLÍTICAS
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