ESCARAMUZAS POLÍTICAS

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Gloria Analco
Ucrania: cuatro años de una guerra que no empezó en 2022
Aquella mañana del 19 de febrero de 2022, Volodymir Zelenski subió al podio de la Munich Security Conference y lanzó una advertencia que pasó casi desapercibida para el público internacional, pero no para Moscú.
No habló en tono de amenaza. Lo hizo con la serenidad de quien expone un argumento político. Ucrania -dijo- podría verse obligada a revisar su estatus no nuclear, poniendo en cuestión los compromisos adquiridos tras la desaparición de la Unión Soviética.
Aquellas palabras, pronunciadas en apariencia con naturalidad, contenían una carga explosiva. Significaban que Ucrania podía dejar de ser un Estado desnuclearizado y abrir la puerta a una presencia estratégica occidental a las mismas puertas de Rusia.
Cinco días después comenzaría la guerra que el pasado 24 de febrero cumplió cuatro años.
Para Moscú, el mensaje era inequívoco. Vladimir Putin interpretó aquellas declaraciones como la confirmación de que Ucrania avanzaba hacia su integración plena en el sistema estratégico occidental.
Zelenski no hablaba únicamente como jefe de Estado; lo hacía dentro de un marco político más amplio que Moscú veía desde 2014 como una amenaza directa.
Así nació la llamada Operación Militar Especial.
Zelenski compareció en Múnich vestido de traje oscuro y corbata, ante una audiencia formada por los principales dirigentes occidentales. Jefes de gobierno europeos, responsables de seguridad y figuras centrales del sistema atlántico que escuchaban con atención.
Rusia, por decisión propia, no estuvo presente.
En el ambiente flotaba una pregunta que dominaba todas las conversaciones diplomáticas: ¿Invadirá Rusia a Ucrania?
Aquel discurso terminaría convirtiéndose en uno de los momentos decisivos de la historia reciente europea. De los dirigentes que lo escucharon entonces, apenas dos continúan hoy en el poder: el presidente francés Emmanuel Macron y el jefe del gobierno español Pedro Sánchez.
Sin embargo, el origen de la guerra no puede explicarse únicamente por aquella mañana de Múnich.
La decisión rusa de intervenir militarmente en Ucrania no comenzó en 2022. Tampoco empezó en 2014, cuando el derrocamiento del presidente Yanukóvich acercó definitivamente a Ucrania al campo occidental.
Para entender lo ocurrido aquella mañana en Múnich es necesario retroceder más de treinta años, hasta los primeros momentos posteriores al derrumbe de la Unión Soviética, cuando aún flotaba en el aire el polvo del colapso del mundo bipolar.
Fue entonces cuando comenzó a diseñarse el escenario geopolítico que terminaría conduciendo a la guerra actual.
Apenas unos meses después de la desaparición soviética, en Washington empezó a discutirse cómo debía organizarse el nuevo orden internacional.
El secretario de Defensa estadounidense Dick Cheney encargó a Paul Wolfowitz, principal responsable civil de estrategia y planificación dentro del Pentágono, la elaboración de un plan para definir la estrategia global de Estados Unidos tras el fin de la Guerra Fría.
El documento que surgió de aquel encargo contenía una idea simple y contundente: Estados Unidos debía impedir que volviera a surgir una potencia capaz de desafiar su supremacía global.
La Unión Soviética acababa de desaparecer y Washington no estaba dispuesto a permitir que otro rival -y particularmente Rusia, heredera natural de aquel imperio- pudiera algún día ocupar su lugar.
Aquella estrategia, conocida después como la Doctrina Wolfowitz, nunca fue presentada como un programa político oficial, pero ha marcado durante décadas la orientación profunda de la política exterior estadounidense.
Aquella concepción estratégica se convirtió en una guía silenciosa que orientó la política exterior estadounidense durante las décadas siguientes, hasta nuestros días.
Uno de sus pilares fundamentales fue la expansión progresiva de la OTAN hacia el este, en abierta contradicción con los compromisos adquiridos con Moscú tras la reunificación alemana, cuando los dirigentes soviéticos recibieron garantías de que la Alianza Atlántica no avanzaría hacia las antiguas zonas de influencia de la Unión Soviética.
Desde la perspectiva occidental, aquella expansión representaba la consolidación de la seguridad europea. Desde Moscú, en cambio, se interpretaba como un cerco estratégico cada vez más estrecho, agravado por la existencia de una doctrina destinada a contener a Rusia.
País tras país, la OTAN avanzó hacia las fronteras rusas incorporando a Estados que durante décadas habían formado parte del espacio soviético o de su zona de influencia.
Ucrania ocupaba en ese proceso un lugar decisivo.
Ningún otro país representaba al mismo tiempo un vínculo histórico con Rusia y una posición estratégica tan sensible en el equilibrio europeo.
La eventual integración de Ucrania en el sistema militar occidental significaría para Moscú el desplazamiento definitivo de la frontera estratégica hasta las puertas mismas de su territorio.
Ese escenario empezó a tomar forma de manera visible en 2008, durante la cumbre de la OTAN en Bucarest, cuando se abrió formalmente la posibilidad de incorporar a Ucrania y Georgia a la Alianza Atlántica.
A partir de ese momento, el conflicto dejó de ser una hipótesis lejana para convertirse en una posibilidad concreta.
La crisis estalló definitivamente en 2014, cuando el presidente ucraniano Víktor Yanukóvich fue derrocado en medio de un levantamiento político respaldado por gobiernos occidentales.
Para Moscú, aquel episodio marcó el momento en que Ucrania dejó de ser un país neutral para convertirse en un aliado estratégico de Occidente.
Fue entonces cuando comenzó la resistencia armada en las regiones orientales de Donetsk y Lugansk, donde amplios sectores de población rusoparlante rechazaron el nuevo rumbo político de Kiev, que consideraban hostil a sus intereses y a su identidad lingüística y cultural.
En 2015 se intentó detener la escalada mediante los Acuerdos de Minsk, negociados con la mediación de Alemania y Francia.
El acuerdo preveía un alto al fuego y el reconocimiento de un estatus especial de autonomía para las regiones de Donetsk y Lugansk dentro del Estado ucraniano.
Sobre el papel, representaba una salida política viable para el conflicto. Sin embargo, el acuerdo nunca fue aplicado plenamente.
Con el paso del tiempo, Moscú llegó a la conclusión de que Minsk había sido utilizado por Occidente como un mecanismo para ganar tiempo mientras Ucrania reforzaba sus capacidades militares.
Cuando Zelenski habló en Múnich en febrero de 2022, la desconfianza acumulada durante años ya había alcanzado su punto máximo.
Para Moscú, la posibilidad de que Ucrania se integrara plenamente en el sistema estratégico occidental -e incluso reconsiderara su estatus no nuclear- significaba el cruce de una línea roja.
La Operación Militar Especial fue presentada por el Kremlin como una acción preventiva destinada a impedir que Ucrania se convirtiera en una plataforma militar occidental en las fronteras rusas.
Apenas dos meses después de iniciadas las hostilidades, en abril de 2022, delegaciones de Moscú y Kiev se sentaron a negociar primero en Bielorrusia y después en Estambul.
Se redactó un documento de trabajo que contemplaba la neutralidad ucraniana y garantías de seguridad internacionales.
La paz parecía entonces al alcance de la mano.
Pero no llegó.
El entonces primer ministro británico Boris Johnson visitó Kiev y alentó a los dirigentes ucranianos a continuar la guerra, convencido de que Rusia debía ser derrotada en el campo de batalla, y los alentó a continuar la guerra con la promesa de un respaldo occidental sostenido.
Desde entonces, el conflicto se ha prolongado mucho más allá de lo que cualquiera de sus protagonistas había previsto.
Mientras la guerra se prolongaba, comenzó a hacerse visible otra dimensión menos discutida: la financiera.
La guerra también se convirtió en un tablero económico donde se calculan deudas, bonos y reconstrucciones futuras.
Según diversos analistas geopolíticos, entre ellos Alastair Crooke, se ha ido configurando un esquema financiero en torno a la reconstrucción ucraniana que podría alcanzar una cifra inicial de 800 mil millones de dólares.
Pero las guerras no se negocian con bonos.
La realidad sobre el terreno es otra: vidas humanas, soldados, infraestructuras destruidas y poblaciones desplazadas que no encajan en los cálculos financieros.
Desde la perspectiva rusa, el conflicto no es un negocio sino una cuestión de seguridad estratégica: hasta dónde llega la OTAN y dónde terminan las fronteras de su propia supervivencia geopolítica.
Pero la guerra de Ucrania tampoco puede entenderse únicamente como un conflicto regional.
Forma parte de una estrategia más amplia que comenzó a definirse tras el final de la Guerra Fría, cuando Estados Unidos se propuso organizar el nuevo orden internacional bajo su propia hegemonía.
Irak fue destruido como potencia regional. Libia fue desmantelada como Estado. Siria resistió una larga guerra destinada a modificar su sistema político.
Y aún permanece pendiente el caso de Irán, cuya autonomía estratégica sigue siendo vista en Washington como un obstáculo mayor para la consolidación de un orden internacional bajo dirección estadounidense.
Sin embargo, vista desde la perspectiva actual, aquella doctrina diseñada tras el fin de la Guerra Fría ha producido resultados muy distintos a los previstos.
Lejos de haber impedido la aparición de rivales, Estados Unidos se encuentra hoy frente a dos grandes potencias que desafían su primacía: Rusia, que ha reconstruido su capacidad militar hasta convertirse nuevamente en un contrapeso estratégico, y China, cuya expansión económica e industrial ha alterado profundamente el equilibrio global.
La doctrina concebida para garantizar un mundo unipolar terminó desembocando, paradójicamente, en un escenario multipolar.
Vista desde esa perspectiva más amplia, la guerra de Ucrania aparece como un episodio dentro de una disputa histórica mayor: la definición del orden mundial del siglo XXI.
Cuatro años después de aquella mañana de Múnich, Ucrania se ha convertido en el escenario visible de esa disputa.
Allí confluyen la estrategia militar, la hegemonía global y los intereses financieros.
Mientras algunos calculan reconstrucciones futuras y repartos económicos, el resto del mundo observa y toma nota.
Porque la historia de Ucrania demuestra que las decisiones tomadas décadas atrás siguen determinando el equilibrio del poder internacional en nuestros días.

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