sábado, junio 15, 2024

DE ENCANTOS Y DESENCANTOS: A toda acción, ¿corresponde un perdón?

*Mónica Herranz

Perdonar…palabra sencilla de decir y en muchas ocasiones tan difícil de llevar a cabo. Nos han enseñado desde pequeños que es bueno perdonar, que es de gente de buen corazón y luego, de adultos, incluso que el perdón nos hará libres y que hay que perdonar al prójimo para poder estar en paz. Pero, qué pasa querido lector, cuando no queremos perdonar, ¿es válido? ¿se puede no querer perdonar y no por ello tener un mal corazón? ¿se puede no querer perdonar y no ser una mala persona por no hacerlo? A riesgo de parecer mala cristiana diré que sí, que a mi juicio, es válido en determinados casos y circunstancias no querer perdonar sin por ello ser mala persona o tener mal corazón.

Perdonar, entre una de sus múltiples acepciones, es la acción por la que una persona disculpa a otra una acción considerada como ofensa, renunciando eventualmente a vengarse, o reclamar un justo castigo o restitución, optando por no tener en cuenta la ofensa en el futuro. Esto, ¡ojo!, no quiere decir que olvidar y perdonar sean sinónimos. La acción de perdonar tiene que ver con disculpar y la de olvidar con perder el recuerdo de una cosa o situación. Así que no, no es lo mismo disculpar o dispensar una acción que ya no tener conocimiento de ella.

El perdón puede depender de muchos factores, uno de ellos, y uno importante es la medida del daño, así que no será lo mismo perdonar a una persona que nos haya podido causar accidentalmente un daño temporal o pasajero, que a quien nos ha causado de manera propositiva un daño permanente. Y como estarán notando, y es parte de lo complicado de hablar o en este caso escribir sobre el perdón, hay muchos términos subjetivos implícitos. Por ejemplo, ¿qué es un daño temporal?, ¿qué es un daño permanente? ¡Que preguntas! se estará diciendo usted, y quizá se responda que un daño temporal es aquel que está determinado o ceñido a un periodo de tiempo específico y que el permanente es aquel que se instala de manera indeterminada. Y le doy toda la razón, sin embargo, lo que para una persona puede significar transitorio, para otra puede resultar permanente y ahí está lo subjetivo. Pongamos un ejemplo para aclarar. Imagine por un momento que usted es una persona con pareja y que ésta le ha sido infiel. ¿el daño es transitorio o permanente? Hay quienes podrían responder que es transitorio por que la infidelidad duró un periodo de tiempo determinado y que el daño que causó fue pasajero y habrá quienes opinen que el daño es permanente por que después de una experiencia así no recuperaron nunca la capacidad de confiar en una pareja, no al menos como lo hacían antes.

Entonces, vamos viendo como efectivamente el de por sí ya subjetivo término del perdón, tiene aristas aún más subjetivas. Pero bueno, este no es un texto sobre subjetividad, sino, sobre si es válido o no querer perdonar. Como decía, dependerá en buena medida del daño causado. Otro factor importante por el que puede ser que no se quiera otorgar el perdón, tiene que ver con de parte de quien provenga la ofensa o el daño. No es lo mismo cuando el daño proviene de alguien cercano y significativo, alguien en quien se confía, que cuando viene de algún desconocido. Y de nuevo tenemos a la subjetividad de por medio, porque habrá a quien le duela menos que el daño provenga de un desconocido que de un conocido y viceversa.

En fin, con todo esto, lo que trato de expresar es que hay ocasiones en que el daño y de quien proviene son suficientemente significativos en la vivencia personal como para no encontrar motivos para perdonar, y no, no creo que esto nos convierta en malas personas o personas de mal corazón. Simplemente considero que más allá de cualquier juicio, la posibilidad de perdonar o no, nos convierte en humanos, o ¿ha visto usted en alguna ocasión a un castor o a una ardilla pidiendo perdón o perdonando a un congénere? Evidentemente lleva algo de satírico el planteamiento. Somos humanos y por lo mismo, el perdón no es una cuestión de instinto sino de voluntad. Puede haber motivos, razones o circunstancias por las que se decida no querer perdonar a alguien y frente a eso, lo importante, es tener claro, primero, que es una decisión personal, y segundo los motivos por los que no se quiere hacer. No es lo mismo no perdonar y conservar eternamente el enojo de la ofensa, que no perdonar entendiendo por qué razones no se hace, procesándolo, elaborándolo, soltándolo y siguiendo adelante en paz.

El perdón no es algo que se otorgue por obligación, como decía unos párrafos más arriba, atraviesa por la voluntad, por lo que no es posible “perdonar a la fuerza”. Un perdón forzado no hace más que alimentar el enojo, un perdón forzado no permite pasar página, así que o se perdona de buena lid o se reconoce que hay personas o situaciones que no se pueden o no se quieren perdonar y se acepta y se aprende a vivir con ello.

Hay un sin fin de situaciones en las que perdonar resulta algo sencillo, casi hasta cotidiano, así por ejemplo, perdonamos a quien nos ha dado un golpe sin querer o perdonamos a quien nos ha jugado una broma pesada o a quien nos ganó un puesto de trabajo a la mala, y como esos ejemplos se me ocurren cientos, pero qué pasa cuando la situación no es tan sencilla o tan cotidiana, o nos pone en un franco dilema moral, ético o religioso. Así, me atrevería a cuestionarle, claramente sin el afán de obtener una respuesta, ¿perdonaría a un violador? ¿perdonaría a su secuestrador? ¿perdonaría a unos padres que lo hubieran descuidado lo suficiente como para que a temprana edad se involucrara en un mundo de drogas y alcohol del que ahora está preso y no puede salir o del que salió pero por el que ahora será un abstinente el resto de la vida? ¿perdonaría al asesino que en un asalto le quitó la vida a su espos@, hij@, sobrin@?. En cualquiera de estos casos, ¿se sentiría en paz si perdonara o se sentiría culpable por hacerlo?

Además y finalmente, podemos considerar un tercer elemento; para otorgar el perdón, el ofensor, en teoría, debería disculparse, mostrar arrepentimiento, así si el ofensor pide una disculpa, se le puede disculpar, pero…¿cuándo esto no sucede?

Ciertamente, el perdón no es cosa fácil. E insisto, no es por ser mala cristiana, sin embargo, pensaría que se puede conceder el beneficio de la duda y considerar que no siempre a toda acción necesariamente corresponde un perdón. ¿Y usted?

 

*Mónica Herranz

Psicología Clínica – Psicoanálisis

facebook.com/psiherranz psiherranz@hotmail.com

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