martes, junio 25, 2024

EN REDONDO: Un muro que ofende

Por: Mario Ruiz Redondo

 

En 1978, solo una caída y maltrecha alambrada oxidada de púas, simbolizaba la división territorial entre México y Estados Unidos, en la colindancia de Tijuana con San Isidro, California. La Patrulla Fronteriza estadounidense existía, pero con un mayor sentido de tolerancia que le marcaban desde la superioridad, para facilitar incluso el paso de indocumentados hacia los grandes centros agrícolas, cada temporada de cosecha.

 

Reviso mi archivo fotográfico, en donde aparezco, como enviado del periódico EXCELSIOR de la ciudad de México, señalando desde el lado “americano”, una mojonera de metro y medio de altura, que da idea de los límites oficiales entre ambos países, mientras observo el paso apresurado de un grupo de migrantes que hace 39 años incursionaba en un espacio territorial para entonces ajeno, que fue despojado a nuestro país, en tiempos del entreguista presidente Antonio López de San Ana, allá por el siglo XIX.

 

Una historia de similitud del paso de la migración centroamericana,  en la Frontera Sur mexicana de aquellos días, que se mantiene sin cambios y donde las columnas en la vecindad con Chiapas, se mantienen incólumes, como señal inequívoca de la buena relación como seres humanos de un mundo de paz y hermanados por coincidencias culturales.

 

Aquí, ni por asomo la idea o intención siquiera de poner un lazo o cerca que divida y señale los 965 kilómetros de longitud y contacto entre los estados mexicanos de Chiapas (654 kilómetros; Tabasco, 108 kilómetros y Campeche, 194 kilómetros), marcados en forma de río (Suchiate y Usumacinta), selvas Lacandona, Quiché y Petén; montañas costeras y lagos en el altiplano.

 

La fiesta en paz en las relaciones binacionales, en las que ha sido sobresaliente la solidaridad de los chiapanecos-mexicanos, a finales de los años 70 y principios de los 80, ante la invasión de indígenas guatemaltecos que se internaban en territorio nacional, huyendo de la barbarie genocida cometida en su contra por la casta militar en el poder, como castigo al apoyo brindado a los grupos guerrilleros, que daría origen a la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar), bajo la coordinación de la Secretaría de Gobernación.

 

Pero tampoco se olvida, la beligerancia que en 1881 mantuvo el presidente guatemalteco, Justo Rufino Barrios, al reclamar las tierras de de Chiapas y Soconusco, que en 1824 y 1942, respectivamente, habían renunciado a pertenecer a la esfera geográfica y política de Guatemala y Centroamérica, para sumarse a la Federación mexicana.

 

Una demanda gubernamental chapina, a la que en principio se negó a tratar la parte mexicana, sobre sus supuestos derechos sobre la Región chiapaneca, que finalmente motivó a principios de 1882, un diálogo entre ambas partes, en el que participó directamente el canciller Matías Romero y el mandatario centroamericano Justo Rufino, que tuvo como sede en la zona conocida como “El Malacate”, en la jurisdicción de Soconusco, donde los dos poseían fincas.

 

Hubo necesidad ese mismo año, de acudir a Nueva York, para llegar a la firma de un Acuerdo Preliminar, el 12 de agosto, con la mediación de Estados Unidos, que haría disminuir la exigencia del vecino del sur y que se concluiría el 27 de septiembre en la ciudad de México, con la firma de un Tratado de Límites Definitivo, que en su parte medular establecía: “La República de Guatemala renuncia para siempre a los derechos que juzga tener sobre el territorio del Estado de Chiapas y de su Distrito de Soconusco, y en consecuencia, considera dicho territorio como parte integrante de los Estados Unidos Mexicanos.”

 

Se daría fin, mediante el diálogo cordial y respetuoso, a un planteamiento históricamente fuera de lugar, que normalizaría la buena vecindad internacional, que actualmente tiene como puntos de contacto coincidentes, ocho cruces fronterizos formales e innumerables pasos de tránsito abierto, llamados también de “extravío”, por los que se internan a México migrantes ya no únicamente guatemaltecos o centroamericanos, sino de un total de 52 nacionalidades del mundo, que tiene como meta arribar a la cada vez más compleja Frontera Norte, en la que el gobierno del republicano presidente Donald Trump, pretende la construcción de un muro a lo largo de los tres mil kilómetros de su frontera con los estados mexicanos de Baja California, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas.

 

Desde antes de asumir el poder en Washington, en su afán de consolidarse en el ánimo de la “Supremacía Blanca”, el magnate inmobiliario atizó el fuego con su campaña plena de racismo hacia los migrantes de piel color café, refiriéndose principalmente a los de origen mexicano y en general latinos, a los que calificaría de delincuentes, narcotraficantes y violadores sexuales, para lo cual era necesario construir un muro a todo lo largo de la frontera.

 

A 10 meses de asumida la Presidencia de los Estados Unidos, pese a  la resistencia de sus enemigos del Partido Demócrata e incluso del propio Partido Republicano que lo llevó a La Casa Blanca, continúa aferrado a su propósito de llevar a cabo la edificación, argumentando que será pagado por México.

 

Obsesión y chantaje, combinado con exhibicionismo exacerbado, que le ha llevado a contratar empresas constructoras que en las últimas semanas han hecho la presentación en los límites con Tijuana, de ocho propuestas para la construcción del nuevo muro, que han costado al bolsillo de los estadounidenses, 500 mil dólares por cada uno de estos prototipos fabricados a base de acero, hormigón y concreto, que ya son evaluados y sometidos a pruebas de resistencia en los siguientes tres meses, para definir cuál será el elegido, de acuerdo a las necesidades de cada una de las zonas de la frontera.

 

Presentación oficial a las autoridades de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP), de los bloques que tienen entre cinco y metros de altura, colocados en forma lineal, y separados por nueve metros cada uno, diseñados por compañías de Alabama, Arizona, Texas y Mississippi, aunque hasta ahora el Congreso no ha autorizado al gobierno el presupuesto de mil 800 millones de dólares para dar inicio a los trabajos de la nueva barda divisoria internacional.

 

Postura intransigente que ha trascendido al resto del mundo, donde han surgido condenas a la conducta troglodita de Donald Trump, al cumplirse 28 años de la caída del muro de Berlín, que dividía a los alemanes en sociedades capitalistas y comunistas, que hoy forman un sistema común de intereses.

 

Voz del Papa Francisco, que desde Ciudad de El Vaticano abogaría en esta celebración del nueve de noviembre, por derribar muros que dividen al mundo, por lo que es necesario poner fin a estas vallas. Difundamos una cultura del encuentro.

 

Mensaje del Sumo Pontífice difundido en su Red Social que supera los 30 millones de seguidores, en la que diría: “Recemos para que no vuelva a suceder que personas inocentes sean perseguidas e incluso asesinadas a causa de su credo y de su religión. Donde hay un muro, hay cerrazón del corazón. ¡Se necesitan puentes, no muros!”.

 

Posición de la Santa Sede y del líder espiritual de la principal Iglesia en el mundo, que es reiterativa, pues 11días de la toma de posesión como presidente de la nación más poderosa del planeta, el 31 de enero último, difundiría mediante su diario oficial L’Osservatore Romano, su rechazo a la construcción del muro fronterizo con México, advirtiendo que bloquear la llegada de inmigrantes será privar a Estados Unidos de recursos humanos potencialmente muy importantes y, además, va contra la tradición de protección a los derechos humanos.

 

Certeza del Estado Vaticano, de que el cierre no es progreso y que Estados Unidos ha construido su potencia económica y, por ende, su influencia política, gracias al trabajo de los inmigrantes. Sólo un análisis muy superficial puede hacer pensar que la lucha contra las deformaciones de una globalización mal gestionada, implique el cierre de fronteras o la construcción de muros cada vez más altos.

 

Llamado de los obispos católicos mexicanos y estadounidenses, al gobierno de Donald Trump, para que “salvaguarden la dignidad y el respeto” de personas que buscan sólo mejores oportunidades de vida. “Respetamos el derecho del gobierno de los Estados Unidos de cuidar sus fronteras y sus ciudadanos, pero no creemos que una aplicación rigurosa e intensiva de la ley, sea la manera de alcanzar sus objetivos, y que, por el contrario, –se evidencia– estas acciones son generadoras de alarma y temor entre los inmigrantes, desintegrando muchas familias sin mayor consideración”.

 

Pero el intolerante gobernante no cede y si en cambio reafirma en todo momento su costoso proyecto de edificar el muro fronterizo, argumentando ante sus correligionarios republicanos, que al bloquear la llegada de los inmigrantes al sur del río Bravo, estará en posibilidades de crear más empleos.

 

Todo un personaje patriotero, al que la Arquidiócesis Primada de México adelanta que “insistir en que el problema se resuelve aislándose del exterior, sólo es placebo que agita las conciencias más críticas. No tendrá como resultado la reducción del tráfico de drogas, ni pondrá fin a la epidemia de adicciones en la Unión Americana”.

 

Desde la capital mexicana, la alta jerarquía católica afirma que el problema del tráfico se acentúa entre ambas naciones, no sólo por la guerra de más de una década, que ha dejado miles de muertes, sino también por las víctimas, familias, familias y personas cercanas a los adictos.

 

Repudio dentro y fuera de los Estados Unidos a un Trump que ha tomado a México como blanco fácil de su permanente campaña de degradación para ganar más adeptos a sus desequilibradas ideas de tintes “nacionalistas”, cual réplica del “iluminado” Adolfo Hitler.

 

La ofensa no sólo se mantiene sino que avanza en su intento de realización completa, que requeriría

 

una inversión de por lo menos 20 mil millones de dólares, que difícilmente podrá lograr en los siguientes tres años y dos meses de su período gubernamental, en el que tiene la opción de reelegirse, pero que desde ahora se ve imposible, ante el creciente enojo de sus conciudadanos.

 

Fiel a su estilo crítico, el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Enrique Graue Wiechers, manifiesta que este tipo de barreras como las que pretende el mandatario de los Estados Unidos, caen con el tiempo, como ocurrió con el muro de Berlín, por lo que lo urgente para los mexicanos, es derribar el muro de la desigualdad.

 

Ese, afirmaría en tono severo, es nuestro verdadero muro que nos urge derribar, el de la pobreza, de la falta de oportunidades, el de la desigualdad educativa, el de la desesperanza, aquél que genera marginación, migración e inseguridad.

 

Pensar que Trump y su camarilla fascista republicana, pretenden la creación de un muro xenofóbico, racista y demagógico, que no tiene cabida en el tiempo globalizador que ellos pregonan y que por lo mismo no debe preocupar, pues esas barreras físicas caerán.

 

Es hora, de que si queremos evitar que más mexicanos sigan con la mira puesta en los Estados Unidos, se empiece de una vez por todas, con la limpieza en casa, que combata la corrupción oficial y privada, que obstaculizan la verdadera realización de la mayoría de los habitantes de este país llamado México, que como Chiapas, subsisten en medio de la miseria mientras los gobernantes mantienen su indiferencia cínica y porque no decirlo, criminal e impune.

 

Premio Nacional de Periodismo 1983 y 2013. Club de Periodistas de México.

 

Premio al Mérito Periodístico 2015 y 2017 del Senado de la República y de Comunicadores por la Unidad A.C.

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