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CIUDAD DE MÉXICO, 1 de febrero (AlmomentoMX).- El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) ha creado un futuro compartido y una estable y próspera región comercial, cuya eliminación sería un retroceso para México y Estados Unidos, asentó el expresidente mexicano Carlos Salinas de Gortari, promotor del acuerdo en su mandato.

El exmandatario mexicano fijó su posición acerca del TLC en el blog sobre América Latina y el Caribe de la London School of Economics and Political Science, donde afirma que la competitividad es la vía de promoción del bienestar, la cual no se logra con gestos paternalistas hacia los trabajadores, ataques autocráticos sobre empresas o repudiando socios vitales en el comercio internacional.

Tras manifestar que el TLCAN es la solución y no el problema, recordó que antes de la década de 1990 el libre comercio tenía poco sentido regional, pero la situación cambió tras la caída del muro de Berlín en 1989.

A continuación el texto integro de la posición del exmandatario Salinas de Gortari:

 

El TLC es la solución, no el problema

Carlos Salinas de Gortari

 

La clave para recuperar los empleos perdidos y promover el bienestar para aquellos afectados por las transformaciones en la economía global es la competitividad. Pero la competitividad no puede lograrse mediante gestos paternalistas hacia los trabajadores, ataques autócratas a compañías o vilipendiando a socios clave en el comercio internacional.

Desestabilizar las relaciones con México ciertamente dañará a esa región dinámica construida alrededor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), pero no mejorará la competitividad cara a cara de Estados Unidos con otras regiones. El enorme poder económico de una sola nación y la imposición de barreras comerciales a exportaciones provenientes de China ya no son suficientes. Sólo una Norteamérica como región puede proveer de una plataforma competitiva efectiva para sus naciones constituyentes. En lugar de desacreditar el TLCAN, Trump, en Estados Unidos, Trudeau, en Canadá, y Peña Nieto, en México, deben trabajar conjuntamente para reforzarlo.

A principios de la década de los noventa esto estaba claro para los tres gobiernos de Norteamérica, incluyendo el que yo encabezaba en México. En décadas previas se negoció un tratado de libre comercio regional, pero no tenía mucho sentido para nosotros. En los setenta nuestro desarrollo estaba basado en las exportaciones de petróleo y en un acceso restringido, y en los ochenta nuestros niveles de deuda externa indicaban que podíamos ser sujetos a chantajes en las negociaciones comerciales y no obtener un acceso justo a los mercados de Estados Unidos. Pero la caída del Muro de Berlín en 1989 cambió todo. La atención se desvió hacia Europa del Este y Central, y México súbitamente tuvo que enfrentar una larga espera para la reducción de su deuda y el regreso al crecimiento. Como dijo Keynes: “Cuando los hechos cambian, yo cambio mi manera de ver las cosas, ¿usted qué hace?”.

Cuatro años de negociaciones infundieron en las relaciones entre México y Estados Unidos un grado de madurez sin precedente. Resolviendo nuestras diferencias y canalizando nuestros respectivos intereses comenzamos a superar una larga historia de conflicto. Algunas veces fuimos aliados; otras, adversarios, pero siempre dentro de un marco de dignidad y respeto. Alguna vez estuvimos condenados a ser vecinos, ahora construíamos un destino compartido.

La misma aproximación debe prevalecer de nueva cuenta ahora, especialmente con los nuevos retos que representa Donald Trump. En aquel entonces, como hoy, tuvimos que alternar ser aliandos y ser adversarios, sin embargo lo hicimos de una manera fluida, civilizada y madura. Como aliados, promovimos la ruta del fast track en el Congreso. Luego, como adversarios, negociamos el acuerdo mismo. Y finalmente nos convertimos en socios para conseguir la ratificación.

En diciembre de 1992 yo firmé el tratado con George Bush padre y el primer ministro de Canadá, Brian Mulroney, pero el presidente electo de Estados Unidos, Bill Clinton, tenía un historial de rechazo y oposición al acuerdo. Al final, el hecho de que nosotros hayamos optado unilateralmente por la modernización y hayamos invitado a Estados Unidos a la mesa —ambas acciones diseñadas para fomentar una mejor relación— ayudó a convencer a Clinton para negociar acuerdos paralelos en materia laboral y de asuntos ambientales, en lugar de reabrir el TLCAN.

El TLCAN ha estado en vigor durante 23 años, pero la toma de protesta de Donald Trump trae consigo retos de una magnitud diferente. Sin embargo estos desafíos llegan cuando la mayoría de los mexicanos valora cada vez más los beneficios que ha traído a la economía de nuestro país, que también se ven reflejados en Estados Unidos y Canadá.

Bajo el TLCAN México pasó de ser un monoexportador de petróleo a exportar bienes por más de mil millones de dólares diarios. Desde jitomates, aguacates, chiles (todos originarios de México) hasta automóviles, televisores, computadoras y teléfonos celulares. Pero cada dólar que México exporta tiene el equivalente a 40 centavos en importaciones de Estados Unidos, lo que también se traduce en un mayor empleo para ellos. Más de siete millones de empleos en Estados Unidos y tres millones en México dependen de esta intensa relación comercial.

Algunos dicen que esto se logró gracias a la reducción de los salarios en México, pero lo cierto es que los trabajos en el país, ligados al TLCAN, dispararon los sueldos 40 por ciento más que en cualquier otro sector de la economía, mientras que la creación de sindicatos aumentó 90 por ciento. El TLCAN también sirvió como un acuerdo de inversión, con flujos que se quintuplicaron en México. Algunos otros dijeron que el TLCAN distanciaría a México de América Latina, pero en realidad estimuló nuestros tratados interregionales. Las exportaciones mexicanas a Latinoamérica representaban sólo el 10 por ciento del total antes del TLCAN, y ahora son de más de 25 por ciento.

Aunque las cifras son igualmente impresionantes para la economía americana, la última campaña electoral demostró que el TLCAN no ha sido completamente aceptado en Estados Unidos. Dos imágenes se repiten constantemente: el flujo interminable de migrantes a lo largo de la frontera y ciudades desoladas, empobrecidas por el cierre de fábricas, especialmente en la zona conocida como Rust Belt.

Como se dice en el periodismo sensacionalista: “dame una imagen y te daré una guerra”. Ahora la guerra es una guerra comercial, y el TLCAN es el campo de batalla.

Muchos sectores de nuestras sociedades han contribuido a que prosperen los estereotipos sobre el TLCAN. Como decía el presidente Kennedy: “El gran enemigo de la verdad a menudo no es la mentira… sino el mito, persistente, persuasivo e irreal”. La consolidación de estos estereotipos fue posible gracias a la negligencia de políticos, líderes y medios de comunicación, que han fracasado al explicar las verdaderas causas del cierre de las fábricas en Estados Unidos y de la migración de mexicanos al norte.

La participación de la manufactura en el Producto Interno Bruto en el Rust Belt comenzó a caer en la década de los sesenta, al igual que la industria en general en Estados Unidos, incluyendo la del carbón. Estados Unidos se convirtió en un importador neto de frutas y vegetales en la década de 1970. En los ochenta la apertura de China provocó la reubicación de varias industrias americanas. Esto se complicó por cambios en el sistema capitalista, sin mencionar el ascenso de la industria de los servicios y el subsecuente proceso tecnológico de “destrucción creativa”. Todo esto comenzó antes que el TLCAN.

Nadie ha dicho fuerte y claramente que, a pesar de la desindustrialización de las economías más grandes, entre las 10 entidades de Estados Unidos que más empleos ganaron como producto del TLCAN están precisamente aquellas del Rust Belt: Ohio, Michigan y Pennsylvania.

Los líderes también han fallado al explicar la migración masiva de mexicanos a Estados Unidos, que, de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, comenzó en 1997, después de la devastadora crisis del peso en 1995. El Premio Nobel en Economía, Joseph Stiglitz, confirmó que fue el TLCAN lo que permitió a México sobreponerse a la crisis y contener los flujos migratorios. Hoy en día esos flujos son negativos: regresan más mexicanos de los que se van.

El TLCAN debe ser modernizado para incorporar los cambios registrados en el sistema productivo desde que se firmó, pero con la condición de que no se reabra. Los votantes en el Rust Belt y en otros lugares están comprensiblemente molestos por la pérdida de empleos en el sector manufacturero, pero si realmente queremos mejorar la competitividad de América del Norte se tiene que hacer tú a tú con Asia y, como lo ha demostrado el economista Jaime Serra Puche, la economía mexicana es la llave.

“Matar” al TLCAN, como proponen algunos, destruiría millones de trabajos en Estados Unidos y haría todavía más daño en México. Cuando el TLCAN se negoció, México tenía 90 millones de habitantes. Ahora hay alrededor de 120 millones. El desmantelamiento del TLCAN significaría más desempleo y provocaría más migración de la que un muro puede detener. El incumplimiento del pago de bonos de compañías mexicanas también afectaría a los bancos estadounidenses a través de sus afiliados locales.

Toda nación quiere salvaguardar su soberanía, pero en negociaciones internacionales el ejercicio de ésta consiste en encontrar un compromiso y aplicarlo internamente. Ambos socios pierden cuando no logran alcanzar un consenso en las reglas que deben aplicar.

En cuanto a la inmigración, México no se ha resistido a la aplicación de la ley en nuestros respectivos territorios, siempre y cuando se respeten la dignidad y los derechos humanos de los inmigrantes. Sin embargo repudiamos la violencia, la persecución, y el racismo encubierto. Los mexicano—americanos tienen una fuerte ética del trabajo y una legítima ambición para mejorar su suerte, y su migración representa una pérdida de capital humano para México. En lugar de eso, déjennos colaborar para crear oportunidades para nuestra gente, encontrando soluciones positivas para ambas naciones, como lo son proyectos compartidos de infraestructura con obligaciones contractuales para utilizar los insumos obtenidos de Estados Unidos. Hagámoslo inteligentemente: no necesitamos nuevos muros, necesitamos nuevas puertas en las que ya están viejas.

Finalmente, eliminar el TLCAN será un gran retroceso para ambas naciones, generando nuevas tensiones, ansiedades y costos, entre otras cosas, por los procesos inflacionarios que desatará. La energía y los recursos que absorben estos problemas, que se pueden evitar, sería mejor utilizarlos en detonar el empleo en ambos países.

Lo peor de todo es que al desmantelar el TLCAN se destruiría un cambio histórico, que ha permitido tanto a México como a Estados Unidos relacionarse de una manera distinta: con reglas claras, sin caprichos y discreción, y con instituciones para reducir nuestra dependencia de populistas de izquierda y derecha, que han unido sus fuerzas en su oposición extrema a la libre competencia en economías abiertas.

El TLCAN nos llevó más allá del viejo juego de mercados internacionales, que siguen la ruta marcada por las finanzas, con el intercambio por delante y los gobiernos rezagándose, haciendo uso de tarifas en una sutil anticipación de los próximos pasos del capital y del comercio. El acuerdo reemplazó estas viejas herramientas con una nueva relación en la que una política local, razonada y sustentable, proporciona la estabilidad esencial para la inversión a largo plazo, para tener un desarrollo incluyente.

Los mexicanos en nuestro país y los mexico—americanos difícilmente pueden concebir una división nueva e histórica entre estas dos grandes naciones, lo que iría en contra de la realidad. Alguna vez condenados a ser vecinos en pugna, a través del TLCAN hemos encontrado un futuro compartido como una región comercial próspera y estable.

Presidente de México de 1988 a 1994. Arquitecto del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

AM.MX/fm

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