El EXCESO de GRASA VISCERAL libera sustancias inflamatorias que dañan tus órganos silenciosamente

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CIUDAD DE MÉXICO.- La GRASA VISCERAL —el tejido adiposo que se acumula alrededor de los órganos internos en el abdomen— no es un simple depósito energético: es un tejido metabólicamente activo capaz de producir hormonas, señales químicas y sustancias inflamatorias que afectan directamente la función de múltiples sistemas del organismo.

A diferencia de la grasa subcutánea, que se encuentra debajo de la piel, la grasa visceral rodea órganos vitales como el hígado, el páncreas, los riñones y los intestinos, generando un entorno inflamatorio constante que deteriora su funcionamiento de manera silenciosa.

Este tipo de grasa libera citocinas proinflamatorias, como TNF-α, IL-6 y proteínas relacionadas con la inflamación metabólica. Estas moléculas viajan por el torrente sanguíneo y desencadenan un estado de inflamación crónica de bajo grado, una condición que no produce dolor inmediato, pero que altera profundamente la forma en que los órganos procesan nutrientes, regulan hormonas y responden al estrés.

Con el tiempo, esta inflamación persistente se convierte en un terreno fértil para enfermedades cardiovasculares, resistencia a la insulina, hígado graso y deterioro renal.

El hígado es uno de los órganos más afectados. La grasa visceral libera ácidos grasos libres directamente al sistema porta hepático —la principal vía de drenaje hacia el hígado— sobrecargando su capacidad para metabolizar lípidos y favoreciendo la acumulación interna de grasa. Este proceso da origen a la esteatosis hepática no alcohólica, una condición que puede evolucionar hacia inflamación severa, fibrosis e incluso cirrosis. La inflamación provocada por la grasa visceral deteriora la capacidad hepática para desintoxicar el organismo, regular la glucosa y producir proteínas esenciales.

El páncreas también sufre los efectos de este entorno inflamatorio. La resistencia a la insulina inducida por las citocinas hace que las células pancreáticas deban producir más insulina para mantener niveles normales de glucosa.

Esta sobrecarga sostenida agota progresivamente las células beta y favorece el desarrollo de diabetes tipo 2. Además, la inflamación disminuye la sensibilidad de los tejidos a la insulina, creando un ciclo metabólico perjudicial que acelera el deterioro celular.

El corazón y los vasos sanguíneos no quedan al margen. Las sustancias inflamatorias liberadas por la grasa visceral dañan el endotelio —la capa interna de las arterias— y reducen la producción de óxido nítrico, una molécula crucial para mantener la flexibilidad vascular.

Esto promueve el endurecimiento arterial, eleva el riesgo de hipertensión y facilita la formación de placas ateroscleróticas que pueden desencadenar infartos o accidentes cerebrovasculares. La inflamación también aumenta la coagulación sanguínea, lo que incrementa aún más el riesgo cardiovascular.

Los riñones, por su parte, reciben señales inflamatorias que alteran su capacidad para filtrar sangre adecuadamente. Con el tiempo, esta inflamación silenciosa contribuye a daño renal progresivo, retención de líquidos, aumento de la presión arterial y pérdida de función renal. Todo esto ocurre sin síntomas evidentes en las fases iniciales, lo que hace que la grasa visceral sea especialmente peligrosa.

Incluso el cerebro puede verse afectado. La inflamación sistémica derivada de la grasa visceral atraviesa la barrera hematoencefálica y altera procesos cognitivos, memoria y regulación del estado de ánimo. La neuroinflamación es un factor clave en el deterioro cognitivo y en condiciones como depresión, ansiedad y demencias.

La buena noticia es que la grasa visceral responde rápido a cambios en el estilo de vida. Reducciones del 5% al 10% del peso corporal pueden disminuir notablemente los niveles de citocinas inflamatorias, mejorar la sensibilidad a la insulina y revertir alteraciones tempranas en órganos vitales. El ejercicio regular, el sueño adecuado y una alimentación baja en ultraprocesados y azúcares son estrategias altamente efectivas para reducirla.

En resumen, el EXCESO DE GRASA VISCERAL no es un simple problema estético: libera sustancias inflamatorias que dañan silenciosamente tus órganos, alteran tu metabolismo y aceleran el envejecimiento interno. Atender este tipo de grasa es una de las decisiones más importantes para proteger la salud a largo plazo.
AM.MX/fm

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