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Luis Alberto García / Moscú, Rusia

* Confusión para lograr comprender aspectos complejos.
* El movimiento que alteró a Rusia a fines de 1905.
* Un país europeo que vivía el peor de los atrasos.
*Las razones de la caída de Alexander Kérensky.
* Sydney Harcave y David Floyd revisaron los hechos.
* Mijaíl Florinski, prologuista de Historia de la Revolución rusa.

Los sucesos de principios del siglo XX en Rusia son confusos y sin un hilo conductor que los explique, y para entender aspectos complejos es necesario presentar algunos fragmentos de esa fase histórica, relativos a lo que ocurrió en un país que vivía atrasos estructurales sumamente difíciles de remediar o al menos reformar.
Hay análisis comparativos reveladores y sorprendentes en relación con los avances de otras naciones en diferentes órdenes –en especial las europeas-, y es que para los estudiosos más serios, esos movimientos sociales, políticos y económicos no han sido analizados suficientemente ni a profundidad.
¿Los bolcheviques encabezados por Vladímir I. Uliánov realmente derrocaron a Alexander Kérensky y al zar Nicolás II? ¿Por qué hubo dos revoluciones, en febrero y en octubre de 1917? ¿En qué medida la Primera Guerra Mundial tuvo relación con ambas? ¿Y qué sucedió diez años antes, entre 1905 y 1907?
Sydney Harcave, doctor en Historia europea por la Universidad de Oxford, escribió First Blood, the Russian Revolution of 1905; y David Floyd, periodista y diplomático, es autor de La primera Revolución rusa: resquebrajamiento del poder zarista.
No debe pasarse por alto que Lev Davídovich Trotski fue el encargado de hacer, con prólogo de Mijaíl Florinski, la monumental Historia de la Revolución Rusa, editado por primera vez por la Imprenta Gollancz de Londres en 1933.
“Las causas del primer levantamiento popular, entre 1905 y 1907, obedeció a que a principios del siglo XX, todas las clases sociales de Rusia tenían motivos para estar descontentas con la monarquía absoluta”, estima Sydney Harcave.
“Los campesinos -dice-, que constituían el 77 % de la población, deseaban una distribución más justa de la tierra; el proletariado, en desarrollo en las ciudades, pedía mejores condiciones de trabajo; y los intelectuales deseaban una Constitución y un Parlamento, que estaban lejísimos de existir en el imperio ruso”.
Argumenta que al zar Nicolás II no admitía el más mínimo descontento, mucho menos le gustaban las reformas, y al principio de su mandato, en 1894, llamó a la idea de democracia “sueño sin sentido” y prometió que protegería “los pilares de la autocracia”.
En su obra, cuya primera aparición fue editada en Londres en 1965, Harcave deja claro que, en realidad, se estaba gestando un levantamiento de grandes dimensiones y la situación empeoró después de las derrotas por tierra y mar en la Guerra Ruso – Japonesa entre febrero de 1904 y mayo de 1905, cuando la nación fue definitiva y humillantemente vencida en la batalla naval de Tsushima.
Harcave considera que los sucesos más importantes detonaron el 9 de enero de 1905 -22 de enero según el calendario gregoriano-, cuando una manifestación de casi 150 mil obreros y sus familias marchó desde las afueras de San Petersburgo hasta el Palacio de Invierno, residencia del zar.
“Deseaban entregarle una petición que contenía una lista de necesidades, incluyendo el establecimiento de un Parlamento o Duma; pero el zar y sus allegados calificaron esas demandas de inapropiadas y hasta escandalosamente inadmisibles”, narra Sydney Harcave.
El régimen, con el zar como autoridad máxima, ordenó a la guardia imperial y a la policía que comandaba Dimitri Trépov que, sin excusa, mantuviera a los trabajadores lejos del palacio, produciéndose disparos que causaron la muerte de al menos 130 personas, según informes oficiales, más de mil de acuerdo con los seguidores de Gueorgui Gapón.
Inevitablemente tales sucesos provocaron una enorme conmoción no sólo en Rusia, sino en el extranjero, cuyas causas fueron interpretadas por la oposición de diferentes maneras, como lo hizo Gapón, quien había sido capellán las cárceles zaristas de San Petersburgo, sacerdote de la Iglesia ortodoxa rusa.
Con frecuencia –escribió Sydney Harcave al rescatar algunas frases del religioso- observó a multitudes de hombres, mujeres, niños y ancianos fatigados y pobremente vestidos, salir de sus hogares y de sus fábricas, en un espectáculo sobrecogedor, de rostros grisáceos que parecían muertos.
En esa descripción contenida en las memorias del dirigente, quien sobrevivió a la represión desatada por órdenes del zar, secundada por Serguei Yuliévich Witte, su Primer Ministro, Gapón pronosticó que en las miradas de esos miserables ardía una indignación desesperada que solamente podía conducir a una insurrección sin paralelo,
Para los manifestantes hacía un día sin nieve, óptimo para caminar por las calles de San Petersburgo, todo lo bueno que podía ser en enero en un lugar tan frío, gris y húmedo como esa ciudad trazada y diseñada por Pedro el Grande a principios del siglo XVIII sobre una región pantanosa y poco saludable.
Sin embargo, las balas que masacraron a los trabajadores y a sus familias también mataron la confianza en el zar y lo que representaba, como concluyó el líder de la primera advertencia y protesta previas a lo que vendría a fines de ese 1905 y en octubre de 1917, cuando Rusia cambió de nombre; pero no para siempre.

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