Carlos Ferreyra Carrasco
Comprensible: en un gesto de suprema humildad, el oriundo de los pantanos tabasqueños decide no ocupar la residencia oficial de Los Pinos y vivir con su familia en el Palacio Virreinal.
Los cuatro años y medio que cubrí informativamente la fuente presidencial, y mi desgraciado paso como funcionario de Prensa ocho meses con Ernesto Zedillo Ponce de León, un ser hipócrita y desnacionalizado según vimos al final de su administración, me permitieron conocer un poco las entrañas del complejo habitacional y de oficinas.
No había lujos. Con Echeverría me tocó presenciar el cambio de mobiliario del tradicional, conservador casi clasemediero, a los pesados y rústicos muebles de madera, alfombras de yute y grandes ollas de artesanía de muchas regiones del país, tupidas de hermosos y coloridos ramos de flores.
Con López Portillo no hubo cambio, salvo las alfombras, la expulsión de las flores naturales y la sustitución por otras, bellísimas e indistinguibles de las originales. La señora Romano era alérgica a las plantas, según explicó a la esposa del presidente francés durante una visita oficial.
Un piano que ocasionalmente escuchamos con ejecuciones muy buenas (no soy melómano) pero al que nunca vimos físicamente, habría sido la aportación del presidente López Portillo al atuendo casero, además, obvio, de una bien surtida biblioteca y un armario con cristales biselados, repleto de armas de colección.
Los Pinos estaba conformado por el inmueble original o Casa Lázaro Cárdenas, la Casa Miguel Alemán, más amplia y con pretensioso aire señorial, un poco “Lo que el viento se llevó”; un cuartelillo para la guardia de la puerta principal y al extremo contrario, una terraza repleta de flores y arbustos.
Repito: ningún lujo. En la salida al bosque y vecino al cuartel de Guardias Presidenciales, la oficina muy cómoda con un dormitorio y sala de descanso que ocupó la esposa de Zedillo y su secretario particular, Pancho, su hermano.
Tampoco lujo, sólo una moderna comodidad. A un lado, uno de los salones para actos numerosos. Y ya.
Nos atropelló la democracia y arribó el primer desquiciado que ocupó la pomposa Primera Magistratura. Además de sus descerebradas muestras de rebelde catolicismo durante la toma de posesión, para sus hijos adoptivos construyó las llamadas cabañitas.
No las conocí, pero mucho se supo de ellas al revelarse el equipamiento con toallas de cuatro mil pesos cada una, y la instalación de sistemas de manipulación de luces, cierre y apertura de cortinaje y más, con un control remoto multifuncional.
Siguió Calderón del que nada se informó relacionado con Los Pinos. Llegó Peña Nieto con su cauda de mujeres cursis y pueblerinas, natural que hayan introducido cambios que les permitieran olvidar a los plebeyos ocupantes anteriores.
Pero nunca se mencionó algo sobre ese tema. La Casa Lázaro Cardenas transformada en oficina auxiliar de la Presidencia desde la era echeverrista o lopezportillista, continuó con esa función. Y creo, sin lujos.
El Salón Carranza, junto a una horrible, sucia y apestosa Sala de Prensa, en sus paredes tenía algún cuadro alusivo al prócer. Nada de obra de autor y por lo tanto de discutible valor.
Toda esa modestia fue rechazada por Andrés Manuel López Obrador quien había despreciado el uso de la Silla del Águila de la que Zapata dijo que tenía un maleficio y transformaba a los hombres. Y no para bien.
Para desembrujarla, el hoy mandatario ordenó una ceremonia indígena con chamanes y yerbas; seguramente lo logró porque es uno de sus asientos predilectos cuando recibe en el señorial despacho presidencial, a sus amigos (¿o sus correligionarios?) evangélicos, al Napito y sus 50 millones de dólares nunca devueltos y hasta a los compañeritos de la primaria de su hijo menor.
Cuando habló de vivir en Palacio, con la modestia de un Benito Juárez, lo imaginamos durmiendo en cama de latón, con tambor de cinchos y resortes de alambrón; encima un modesto colchón de borra que sería vareado (con varas de membrillo) cada semana.
Dijo, eso sí, que buscaba un rincón para su hamaca, pero nunca explicó que ocuparía dos pisos del histórico y venerado inmueble al que ya realizan modificaciones para comodidad de la tribu Macuspana.
Por esta causa serán desplazados un centenar de trabajadores y un contingente militar no muy numeroso. Serán reubicados, aunque en principio no hay idea de dónde concentrarlos, entre ellos, personal de Intendencia y Servicios Generales.
Tampoco se ha informado si en las adaptaciones se ha inv involucrado al INAH para un dictamen y que autorice las obras.
La parafernalia virreinal, a partir de la posesión de la familia López Gutiérrez, comenzará a las seis de la madrugada con el magno escenario de los salones de la Tesorería y sus enormes candiles, y continuará con la ocupación del edificio para las labores de la familia.
La creativa señora de López tendrá oficina propia para desarrollar sus talentos literarios y poéticos, así como un rincón para el ensayo de sus habilidades musicales y hasta para la práctica de lenguaje popular de señas.
Resultará interesante saber lo que está sucediendo en nuestro Palacio Nacional, el nuestro, el de todos los mexicanos; de entrada se sabe que el ala sur de la puerta presidencial quedará vedada para los visitantes.
Y que los pasillos superiores sólo podrán recorrerse previa autorización y con guía asignado por las autoridades a cargo del Palacio. Eso se dice.
carlos_ferreyra_carrasco@hotmail.com