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*Mónica Herranz

Tendida en la cama, sumida en un abismo, quizá incluso más profundo que el que la había llevado hasta aquella habitación, se encontraba cuestionándose a sí misma acerca de cómo era que había llegado hasta ahi.

 

Recordaba que jóven había comenzado a conocer los plácemes de la embriaguez y no, no es que encontrara goce en ello, sino que resultaba ser un buen analgésico con propiedades además anestésicas.

 

Cada vez que no entendía a mamá cuando injustamente la ofendía, un trago para calmar la rabia; cada vez que le propinaba una cachetada o amagaba con hacerlo, un trago para no regresársela. Cada vez que papá lloraba junto a ella por sentirse un vil fracasado, un trago por la amargura, cada pelea entre papá y mamá, un trago para el olvido y así hasta llegar al punto en el que el que lo demás era lo de menos y cualquier pretexto era bueno para colmarse de un veneno que al tiempo mucho tendría que ver  con por qué se encontraba hoy en la situación en la que estaba.

 

Nacido su primer hijo llegó la infidelidad de su esposo y ya instalada en un alcoholismo que a todas luces había perdido sus cualidades anestésicas, hubo de adentrarse en otros mundos. Coca, hachís y marihuana se volvieron “buenos amigos”.

 

Fiestas, desenfreno, conductas riesgosas, divorcio en puerta con un pequeño acurrucado en su regazo y otro más del que ella aun no tenía cuenta. Abstinencia durante seis meses, soledad de la que se filtra por los pies y anida en el corazón, desazón.

 

Familia disuelta, nula en apoyo pero presente en reclamos y consecuencias. Distancia filial que transita hacia la fractura, primer internamiento, veintitrés años y un gran gran agujero negro.

 

Un intento, dos intentos, tres intentos…, niños llorando, sin ir a la escuela, casa sucia, desamparada, desarropada, corazón que se siente hecho pedazos, al cuarto intento ha perdido la partida, el nido está vacío, la custodia ya no será compartida, simplemente la ha perdido.

 

Llanto y desconsuelo, sentimiento de extravío, rumbo confundido, ahora va hacia los antidepresivos y los treinta y trés están cumplidos. Muchos kilos menos, ojos hundidos, mirada sin sentido, alma quebrantada y la voluntad… más que resquebrajada.

 

Insomnio por las noches, agotamiento físico y mental por el esfuerzo del día a día, convivencia con sus hijos supervisada, trabajo duro, dinero que se escapa, porque aunque han pasado los años, contrario a lo que se piensa el tiempo no todo lo cura y a veces hasta acentúa el dolor que cabe en un vaso, una pastilla, una jeringa o una aguja.

 

Historia una trás otra vez repelida, desafortunadamente, repetida, repetida y repetida, cuarenta y cuatro tenía. Así fue como llegó el día en el que agotada, perdida, pálida y aturdida, con la ínfima noción de lo que hacía, dopada, alcoholizada y confundida, se arrastró hasta el mueble que más cerca tenía.

 

Con dificultad abrió el cajón y a tientas encontró lo que quería, lo tomó y regresó como pudo a la cama. Infinitas veces había sentido el corazón partido, reventado, así como la colisión de tantos y tantos pensamientos en su mente, estrellándose entre ellos, unos contra otros. Estaba tan cansada…

 

Desde hacía años había sentido furia, desasosiego, traición de quienes decían quererla y de quien amaba, rabia, coraje, ansiedad, depresión, frustración, ¡una y mil malditas veces frustración!, decepción, desaprobación, desilusión, y en ese momento todo en conjunto se había convertido en una llama, sí, pero apagada. Desesperanza.

 

Decidida a terminar con todo aquello, contemplaba el filo de las puntigudas tijeras que ahora sostenía entre sus manos. Un último pensamiento, mirada en la nada que ni si quiera puede o quiere ya buscar una salida, mirada rendida, mirada vencida.

 

Mirada que ya bañada en sangre ha alcanzado a distiguir una silueta corriendo hacia ella, ¡mamá, ¿qué has hecho?, ¡hermano, llama a una ambulancia!, gritos a lo lejos, ¡que has hecho!, ¡qué has hecho!, caos, ¿¡dónde están las gasas?!, ¡envuélvele las muñecas!, ¡mamá!, ¡mamá!, confusión, y cada vez más tenue y más lejos ¡que alguien le hable a un doctor!, cachetada, ¡mamá reacciona!, mamá… ¿mamá?..

 

Luz que se apaga, silencio y calma, corazón que ya no late, mente que ya no aguanta, llanto que ya no clama, sufrimiento que se acaba, llama extinguida y eso, para ella, resultó mejor que la vida.

 

*Mónica Herranz

Psicología Clínica – Psicoanálisis

facebook.com/psiherranz psiherranz@hotmail.com

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