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*Mónica Herranz

 

Apoyadas por unos y acusadas por otros, ellas han sido expuestas, enjuniciadas y sentenciadas por la gran inquisición de nuestros días, las redes sociales. Me refiero a Ximena García, más conocida ahora como Lady bomba, a  Gabriela García y a Dulce María Rosales.

 

Planteando el contexto de manera breve, en días recientes Ximena García realizó el siguiente comentario en una red social, “Debería de caer una bomba en el zócalo…nos haría un favor a todos. #vivaMexico pd si les molestan mis comentarios bórrenme, créanme que me vale 2 pesos saludos cordiales”, a lo que su compañera de trabajo, Gabriela García, respondió en el mismo post “Yo te apoyo”. Más tarde y en una publicación diferente, Dulce María Rosales comentó, “Ella pensó en una bomba, muchos hemos pensado en un francotirador, veneno, lo que sea con tal de librarnos del pejestorio, eso no es ser terroristas ni asesinos, es no ver salida del hoyo en el que nos están metiendo. Ya dejen de berrear chairos”.

 

Para el momento de la publicación de Dulce María, Ximena había sido señalada en redes como magnicida, xenófoba, criminal, psicópata, sociópata, terrorista, desequilibrada, extremista y fundamentalista, por nombrar lo menos.

 

Y quizá estén pensando, ¿porqué hoy no estoy leyendo una de las historias que esta columnista suele narrar?, ¿de qué diantres ha escrito?, ¿qué tiene que ver lo acontencido a estas chicas con la psicología?. Bueno, aclararé desde ya que mi intención no es desviar mi columna hacia lo politico, ni tratar de enjuiciar de manera alguna a los involucrados, ya que una de las premisas bajo las que se rige el psicoanálisis es justo la de estar libre de juicios. Lo que encuentro preocupante y que precisamente me ha llevado a escribir esta nota, es el uso indiscriminado de términos como psicópata o sociópata y más de fondo la aparente confusión o tergiversación entre la expresión de un deseo y la consumación del mismo y los factores que en ello pueden verse impliacados, y me explico.

 

Los trastornos de la personalidad se encuntran, de acuerdo al Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, DSM por sus siglas en inglés, reunidos en tres grupos que se basan en las similitudes de sus características. El grupo A incluye los trastornos paranoide, esquizoide y esquizotípico, el grupo B los trastornos antisocial, límite, histriónico y narcisista y el grupo C los tratornos por evitación, por dependencia y obsesivo – compulsivo.

 

En ese sentido, psicópata y sociópata son términos que se utilizan para denominar a las personas que padecen un tipo de trastorno de la personalidad  antisocial.

 

Entre los expertos hay división de opiniones, por un lado están quienes consideran que no existe una diferencia clave entre ambos más allá de la nomenclatura  y por el otro, están quienes estiman que los psicópatas “nacen”, es decir, que el trastorno conlleva una carga genética o innata, mientras que los sociópatas “se hacen”, o sea, lo consideran un rasgo adquirido del entorno y de la educación recibida.

 

En cualquier caso, ambos tipos de personalidad tienen un patrón general de desprecio por la seguridad y los derechos de los demás, tienden a manipular y engañar, no presentan culpa o ésta es errática lo que implica un alto grado de indiferencia patológica. Tienden a transgredir regularmente la ley, actúan de forma impulsiva sin planificar el futuro, pueden ser propensos a la lucha y la agresividad, suelen ser irresponsables y  emocionalmente inestables.

 

Los psicópatas, en general, tienen dificultad para generar vínculos emocionales reales, de modo que sus relaciones suelen ser artificiales y superficiales, dieñadas para poder ser manipuladas al propio beneficio y así lograr ciertos objetivos; muy difícilmente llegan a sentir culpa por sus acciones. Contrario a lo que podría pensarse, es fatible que resulten encantadores, seductores, amables, detallistas, educados y trabajadores; incluso podrían parecer personas muy estables, aunque haya detrás de esto y a la par, alguiem egoísta, carente de empatía, que goza y disfruta del sufrimiento ajeno.

 

Por su parte los sociópatas tienden a ser más impulsivos y erráticos en su comportamiento, es posible que desarrollen apegos pero seguramente será con personas o grupos con ideologías afines. La mayoría no tienen trabajos estables y realizan en buena medida una vida familiar normal.

 

A diferencia del psicópata, cuando se involucra en actos criminales suele hacerlo de manera muy impulsiva, de forma no planificada, con poca consideración por los riesgos o consecuencias. Muestra con facilidad su enfado y agresión, presentando a menudo estallidos de violencia.

 

Como se ve, uno y otro quedan distinguidos por sutilezas, sin embargo, si hubiese que hacer una distinción clara podría decirse que el  propósito fundamental del sociópata es dañar y el del psicópata es destruir.

 

Los primeros indicios de psicopatía y sociopatía suelen presentarse en la infancia, mostrando un patrón inicial de comportamiento antisocial en el que se violan los derechos de los demás de manera recurrente, rompiendo reglas o leyes y normas sociales aunque sean menores de edad. Tales patrones incluyen cuatro categorías de compotamiento problemático que se presentan tanto en la infancia como en la adolescencia y que son:

 

  • Agresión a personas y animales.
  • Desrucción de la propiedad.
  • Engaño o robo.
  • Violaciones graves de las normas.

 

Los recién mencionados, son algunos criterios diagnósticos para los trastornos de personalidad antisocial, por ello, denominar sociópata o psicópata a una persona sin ser un especialista en salud mental, sin conocer la historia de vida del sujeto en cuestión, sin un contexto más que el de un comentario aislado en redes soiales, parece un tanto temerario y se convierte en sí mismo en un acto irresponsable y de agresión.

 

Estamos normalizando llamar a un sujeto sociópata o psicópata utilizando estos términos casi como sinónimo de “me caes mal” o “estoy en desacuerdo contigo”, sin entender lo que ello implica de fondo y eso es preocupante, ¿por qué?. Entre otras cosas, porque habemos muchas personas tratando de desestigmatizar las enfermedades mentales, tratando de que cualquiera que las padezca logre acercarse a buscar apoyo con un profesional de la salud mental, tratando de mejorar y construir, y el uso indiscriminado de ambos términos no ayuda para tal propósito. Para ser clara, un diagnóstico de trastorno de la personalidad antisocial no se hace de ninguna manera por un comentario aislado emitido en la red social que sea, y llamar psicópata o sociópata a quien lo hace, como una forma de condenar o manifestar desacuerdo, no ayuda a mejorar, ni a construir, ni contribuye más que en alimentar el ánimo disociado que como sociedad estamos atravesando, que dicho sea de paso, y como ya mencioné en otra nota llamada Tiempos convulsos, también es preocupante.

 

Ahora, en psicoanálisis existe un concepto llamado deseo, cuya definición más elaborada es la que se refiere a la experiencia de satisfacción, a continuación de la cual “[…] la imagen mnémica de una determinada percepción permanece asociada a la huella mnémica de la exitación resultante de la necesidad. Al presentarse de nuevo esta necesidad, se proucirá, en virtud de la ligazón establecida, una moción psíquica dirigida a recargar la imagen mnémica de dicha percepción e incluso a evocar ésta, es decir, a reestablecer la situación de la primera satisfacción: tal moción es la que nosotros llamamos deseo; la reaparición de la percepción es el cumplimiento de deseo”. (Laplanche y Pontalis, 2008).

 

El cumplimiento de deseo es la “formación psicológica en la cual el deseo se presenta imaginariamnte como cumplido. Las producciones del inconsciente (sueño, síntoma y por excelencia, la fantasía) constituyen cumplimientos de deseo en los que éste se expresa en una forma más o menos disfrazada”. (Laplanche y Pontalis, 2008).

 

El comentario de Ximena inicia diciendo “Debería caer una bomba en el zócalo”, ésta es la expresión de un deseo, y culmina con un “nos haría un favor a todos” ésta es la expresión imaginaria del cumplimiento de deseo, así como en el caso de Dulce María, en dónde el deseo estaría depositado en la existencia de un francotirador o un veneno y la expresión imaginaria del cumplimiento del deseo sería “lo que sea con tal de librarnos del pejestorio”. Y ahí está la cuestión, en lo imaginario, en la fantasía o lo fantaseado y en su  tergiversación.

 

Todos hemos tenido y tenemos manifestaciones de deseos, aunque éstos sean hostiles, no por ello dejan de ser deseos, ni dejan de fantasearse, imaginarse, soñarse o expresarse. ¿Quién no ha fantaseado alguna vez que ojalá le suceda algo desfavorable a alguien?, ¿quien no ha deseado, por ejemplo, en una acalorada discusión que a aquel otro lo aqueje algún mal?. No es ni bueno ni malo, ni mucho menos sociopático o psicopático, sino simplemente parte del funcionamiento de la mente.

 

Habitualmente utilizamos un mecanismo de defensa llamado represión que, “en sentido propio: es la operación por medio de la cual el sujeto intenta rechazar o mantener en el inconsciente (pensamientos, imágenes, recuerdos) ligados a una pulsión. La represión se produce en aquellos casos en que la satisfacción de una pulsión  (susceptible de procurar por sí misma placer) ofrecería el peligro de provocar displacer en virtud de otras exigencias)”. (Laplanche y Pontalis, 2008).

 

El tema está en que a veces la represión falla y gana la expresión del deseo, y es cuando somos capaces de manifestarlo a un otro saliendo en formas como: “deberías haberte muerto en aquel accidente”, “deberías no haber nacido” o “debería caer una bomba en el zócalo”.

 

La fantasía se distingue fundamentalmente de lo real por la actuación, es decir, no es lo mismo pensar en que algo suceda que llevarlo a cabo, y la tergiversación está en lo que los demás entienden trás la expresión de un deseo, que eso a su vez, es la expresión de otros deseos.

 

Así pues, se pueden encontrar comentarios en las redes respecto al de Ximena como:  “propuso que se soltara una bomba en el zócalo durante el grito de independencia”, “quiere llevar a cabo actos terroristas contra el pueblo mexicano” o “ésta empleada amenaza la seguridad nacional”. No cabe duda que una cosa es la que se dice y otra la que se entiende y para muestra, además de un botón, hay que tener tanto conocimiento apropiado del lenguaje, de las palabras y de su significado, como el criterio necesario para entender el contexto en el que lo dicho se ha expresado, de lo contrario, lo planteado puede quedar tergiversado.

 

La figura presidencial siempre será una figura atacada por unos y por otros, es como el árbitro en un partido de fútbol, en muchas ocasiones se convierte con o sin razón, en el blanco de descarga de impulsos de frustraciones e insatisfacciones.

 

Algunos mandatarios son idolatrados, otros criticados y otros tantos más, odiados, pero en esta sociendad desafortunadamente dividida, los vítores y los abucheos, parecieran ser más que una opinión, la expresión de un México inconforme e insatisfecho que ha perdido el rumbo en su deseo y que busca, en el escarnio en redes sociales, la satisfacción alucinatoria de aquello que no se logra obtener en lo real.

 

*Mónica Herranz

Psicología Clínica – Psicoanálisis

facebook.com/psiherranz psiherranz@hotmail.com

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