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*Mónica Herranz

 

Entre el silencio abrumador apenas llegaba a sus oidos el sonido del monitor que registraba el funcionamiento de sus signos vitales. No lograba verlo, pero lo escuchaba tenue y lejano, pip, pip, pip.

 

Sus ojos amoratoados e hinchados se esforzaban por percibir la claridad de la mañana, porque había amanecido, finalmente había amanecido, despúes de tan larga noche, una noche que duró catorce días, con sus lunas y sus soles. Coma se llama.

 

Rojizo y granate eran las tonalidades que acompañaron su visión una vez que pudo, no sin mucho esfuerzo, medianamente abrir aquellos ojos café claros, que al contraste con los derrames parecían casi verdosos, un verde amargo, un verde desorientado.

 

Pip, pip, pip, continuaba escuchando confundida aquel monitor. Se sentía abrumada, parecía como si su cuerpo comenzara a despertar poco a poco, parte por parte, a la par que ella iba recordando y tomando consciencia de su situación.

 

Trató de incorporarse aunque inmedietamente notó que no lo lograría, así que con cierta resignación volvió a cerrar esos ojos cuyos párpados pesaban como si de ellos pendieran todos los sueños rotos que hay en el mundo.

 

De nuevo en la obscuridad se concentró en sentir, notó una de sus manos, entablillada; la otra, hinchada; sus costillas, adoloridas; su quijada, rota, su pierna derecha, inmóvil; la izquierda vendada y la cabeza…sentía que le explotaba. Cada registro era una punzada, el dolor más que físico le llegaba al alma. Una lágrima rodó deslizándose desde la mejilla hasta el cuello, sin posibilidad de limpiarla.

 

Sintió la presencia de alguien cerca de ella, alguien que alcanzó a enjuagar la otra lágrima que escurría por su mejilla. No la percibía claramente, era más bien una silueta carmesí, carmesí pero de rasgos amables, cálidos y cariñosos, parecía como si algo le quisiera decir.

 

Tal silueta comenzó a hacer algunos gestos que fueron despertando sus recuerdos. Una mano deslizándose de abajo hacia arriba con la palma extendida mostrando los nudillos, marcando un trazo que pareciese casi una pincelada, una pincelada que dejó en su rostro tonos rosácesos que trasmutaron a violetas. Luego un puño cerrado con trayectoria de frente que la hizo evocar el crujido de cada de una de sus costillas al romperse. La posición fetal, en la que inmóvil recibió cada patada que él le propinó con esas botas obscuras, negras, tan negras como su alma. Las mismas que pisaron sus manos y machacaron sus dedos, las mismas que abatieron su espalda y rompieron su quijada.

 

Magenta autoestima pisoteada, rojo sangre codependencia, gris oxford aislamiento, ocre soledad, marrón frustración,  toda la gama de la más pura expresión de la violencia.

 

Conforme la silueta se movía cada recuerdo regresaba, caos en su mente, gritos de ayuda, mordaza que calla, rojo crujiente, morado abatiente, negro inconsciente, azul policía, ambar ambulamcia, inmaculado quirófano, rojo amanecer…

 

Otra lágrima rodó por su mejilla, latido inquieto, monitor alterado, la silueta cada vez más cerca, y ya lo ha notado,  al fin se ha reconocido a sí misma en ella, pero no se ha asustado. El carmesí se ha atenuado, ella a sí misma se ha tomado la mano y con dolor se ha cuestionado, -¿en que momento, por un mal querer, llegué a este estado?-. Ocre confrontacón.

 

Fueron necesarios meses de amarillo alerta, gris depresión, lila rehabilitación y morado psicoterapia para que tanto cuerpo como alma comenzaran a sanar. Pero hubo uno sólo de entre todos los colores que siempre estuvo ahí, ¿se han fijado alguna vez cuál es el color de la línea de un monitor cardiaco?. Sí, así es, verde esperanza, aquella que al inicio casi ni podía distinguir. Pip, pip, pip.

 

 

*Mónica Herranz

Psicología Clínica – Psicoanálisis

facebook.com/psiherranz psiherranz@hotmail.com

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