DE ENCANTOS Y DESENCANTOS: Respuesta

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*Mónica Herranz

 

Los días trás la mudanza comenzaban a correr con normalidad, ya casi estaba todo guardado y acomodado auque faltaban algunos detalles aún y en eso invirtieron buena parte del día. Él, como ya era habitual, preocupado por sí mismo, ajeno desde hacía mucho a ella, revisaba papeles trás el escritorio. Su celular, para no variar, sonaba incesantemente, de modo que cuando ella trataba de enteablar conversación con él, terminaba por no ser posible. Hacía tiempo que se había resignado a que así fuera, de modo que ya no le costaba trabajo desistir y enfocarse en otra actividad. No le gustaba que fuera así, no le gustaba, ya no digamos no ser una prioridad para él, sino generarle una abusolta indiferencia.

 

En ocasiones se preguntaba, ¿qué habré hecho mal? o ¿qué le habré hecho?, ¿por qué le he dejado de importar?. En el momento preciso no encontró las respuestas, aunque sí lo hizo tiempo después. Comprendió que tampoco ella era una blanca paloma, que tenía sus detalles y algunos de ellos podían haberlo fastidiado a él. Sin embargo, ella, aun con los detalles de él, hacía por seguir adelante, por mantener la flama viva, y él por su lado pareciera estarla dejando extinguir.

 

¿De verdad ya no había nada por rescatar?. Se lo había preguntado a sí misma un buen número de veces, pero esa tarde encontró la respuesta sin necesidad de que entre ellos mediara palabra de por medio.

 

Hacia media tarde, decidieron salir a pasear a los perros, tenían varios, así que cuando podían, los paseaban juntos. Curioisamente, él llevaba a una nada más, la más tranquila, a la que ella había enseñado a pasear y obedecer, y ella llevaba a los otros dos, el que seguía en adiestramiento y el juguetón.

 

Caminaban a la par, él seguía en el teléfono y a ella los perros la desviaron hacia unos matorrales, de modo que él quedó un poco más atrás. De pronto, el perro que seguía en adiestramiento dio un fuerte tirón, quería ir hacía donde estaba aquel otro congénere para olerle el trasero y conocerlo, y al juguetón no le pareció mala idea secundarlo. Ella jaló de la correa para frenarlos, pero se encontraba en deventaja, era dos contra una. Tiraron tan fuerte que aunque ella opuso resistencia terminó siendo arrastrada por los dos cayendo al suelo irremediablemente.

 

Se dio un buen golpe, se lastimó las manos por intentar frenar la caida y se raspó las rodillas al caer. Rápidamente se acercaron un par de personas a auxiliarla, pero ninguna de ellas era él. Él estaba ahí, a unos cuantos metros, mirando cómo todo sucedía, haciendo como si no la conociera. Fue ella, quien, una vez todo pasó se acercó hacia él.

 

En ese preciso instante hubiera querido gritarle y reprocharle, ¡¿por qué no me has ayudado!?, me has visto tirada en el suelo y ni te has acercado, pero en lugar de eso guardó silencio. Sólo lo miró, tomó con firmeza de nuevo la correa de sus perros, dispuesta a no volver a tener ningún percance, no al menos ese día, y caminó de regreso a casa sin cruzar palabra con él.

 

De regreso en casa, se lavó las heridas y no pudo dejar de repasar una y otra vez la escena en su mente. Él la había visto caer y no había hecho nada por ayudarla, se había mantenido distante, ajeno, indiferente y fue en esa acción dónde ella encontró la respuesta buscada, no, de verdad ya no había nada por rescatar, sólo quedaba un abismo entre sus miradas.

 

*Mónica Herranz

Psicología Clínica – Psicoanálisis

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