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*Mónica Herranz

 

Ella suele ser bastante friolenta, así que con frecuencia, aunque no sea invierno, utiliza alguna frazada para ver la tele. Las tiene de muchos tipos: de algodón, de terciopelo, de fibras sintéticas, más calientes, menos caientes, algunas templadas; la que compró, la que le regalaron, la que se trajo de un avión, etc. Y así las va usando y alternando de acuerdo a la ocasión, el clima o el humor. ¡Si, el humor! Y es que a poco no, en ocasiones, de acuerdo al ánimo del día se antoja una frazada que mime, que apapache, que sólo tape los pies o aquella enorme que nos desaparece del mundo y  que tapa desde la cabeza hasta la punta del pie.

 

Las frazadas nos ayudan desde pequeños a enfrentar el mundo, muchas veces se convierten en lo que en psicología se conoce como objeto transicional, claro que no necesariamente debe ser una cobija, a veces un objeto transicional puede ser una almohada o un muñeco, pero muchas veces es una cobija y hoy juestamente hoy, ella disertaba sobre la suya.

 

Volviendo un momento a la idea del objeto transicional ella encontró que de acuerdo a su definición, tal objeto, es aquel en el que un infante deposita cierto apego y seguridad, sobre todo cuando no está mamá, y que además puede tener importantes funciones psicológicas. Ayuda a la hora de ir a dormir, al estar solo, al viajar, cuando hay consancio, hartazgo, etc.

 

Tal objeto, en estricta teoría, suple ciertas funciones de la madre cuando ésta se encuentra ausete, así el niño puede encontrar en el objeto una fuente de placer y seguridad. Se vuelve un objeto reconfortante, algo que media entre lo real y lo imaginario, entre lo objetivo y lo subjetivo.

 

Regresando a su disertación y dejando un poco de lado la teoría, ella volvió a centrar su atención en su cobija. La de ella, esa preferida de invierno, es de lana y por eso a veces pica un poco, pero no le importa. En los extremos tiene flecos, sacados de la misma cobija, así que a veces también pican, pero no es  nada que no se pueda solucionar.

 

Su tamaño es individual, su textura suave, sus colores son beige y café alternado en cuadros con franjas en los mismos tonos que los separan pero que a la vez le dan unidad al diseño. Es una cobija viejita y ya tiene algunos remiendos, pero no hay nada que la abrigue más en invierno que aquella cobijita peruana.

 

Así como comienzan algunos cuentos podría decir, “Érase una vez una mujer mayor, que lo mismo por las tardes se sentaba al sol con su cobija a cuadros beige y café, que por la noche la tendía encima de su cama antes de dormir”. Y es que era así, ella podía evocar a aquella mujer usando la cobija a cuandros peruana en distintas ocasiones y  momentos a lo largo de muchos muchos años de su vida.

 

Pero la mujer mayor un día partió de este mundo, dejando en el corazón de muchos alegría por su existencia y penar por su muerte, pero no fue lo único que dejó. Entre otras muchas cosas había una cobija peruana de lana café que pica pero que abraza y que es justamente la misma que ahora ella contemplaba. Es calientita y por mucho tiempo olió a quien perteneció, es lana que reconforta, mima, apapacha y abraza.

 

A ella le gustan los días de mucho frío, sobre todo si está sensible o anda con añoranza porque entonces va por su cobija, quizá la parte mas infantil de su mente le haga recordar el confort de un objeto transicional, y aunque esta cobija ya no lo es, de todos modos reconforta, de todos modos da seguridad, de todos modos puede hacer que todo desaparezca por un momento y que ella se pueda fugar, envolverse en el recuerdo, sonreir y descansar.

 

*Mónica Herranz

Psicología Clínica – Psicoanálisis

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