CONCATENACIONES: Recuperación salarial lenta y tardía

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Fernando Irala

Muy tarde y a ritmo demasiado lento, incluso con la presión patronal para acelerar el ritmo, el gobierno ensaya desde hace un par de años la recuperación del poder adquisitivo de los salarios mínimos.

Nunca fue el minisalario realmente remunerador. Pero en las pasadas cuatro décadas imperó una absurda política para propiciar deliberadamente la compresión de sus niveles.

Contra la disposición constitucional de que ese ingreso básico fuese suficiente para cubrir las necesidades elementales de una familia, el deterioro constante lo fue ubicando entre los más bajos del mundo.

Ahora se ha iniciado una tímida revaloración, proceso al cual parece tenérsele miedo.

Cuando el año pasado la comisión encargada determinó subirlo en cerca de diez por ciento, se acordó también que a mediados del año habría otra renivelación. Pasó casi todo 2017 y nada se hizo. Ahora, a cambio, el incremento –el cual también ronda el diez por ciento– se aplicará a partir de diciembre próximo.

Pese a un incremento acumulado de veinte puntos, el minisalario apenas va por los ochenta y ocho pesos por día, una cantidad muy inferior a la que en Estados Unidos se paga como mínimo por hora.

Con ello se condena a la pobreza a quienes acepten trabajar por esa cantidad. La modesta intención declarada es que en los siguientes ciclos el salario mínimo alcance la cifra que se necesita para adquirir la canasta básica.

Cuando ello ocurra, de todas maneras estaremos muy lejos de que quien obtenga un salario mínimo satisfaga sus necesidades básicas conforme ordena la Constitución, pues la canasta está calculada de manera individual en tanto que el salario debería cubrir consumos familiares.

El proceso seguirá siendo lento y pausado porque el gobierno teme los efectos inflacionarios y el contagio de incrementos de dos dígitos sobre las negociaciones contractuales de los sindicatos.

Extrañamente, nadie en las oficinas de la burocracia se inmuta cuando sube la gasolina, el dólar u otros indicadores simbólicos, pero en el valor de la jornada laboral hay una especie de tabú, como si fuera un elemento explosivo.

Atado a una baja productividad de nuestra economía y encima a los pánicos de la política económica, el minisalario es y será por un buen tiempo sinónimo de pobreza para quienes lo perciben y para el país entero.

Mientras esto no cambie, seguiremos mal.

 

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