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Fernando Irala/

Un par de marchas en la ciudad de México y otras más en diversas urbes del país pretendieron dar cuenta de la unidad nacional y la indignación de los mexicanos en contra de los agravios y desatinos de Donald Trump.

No lo lograron, o lo hicieron sólo muy a medias. Pese a que las manifestaciones capitalinas se encontraron al pie del Ángel de la Independencia, a ambas les faltó precisamente eso: ángel.

De las demás ya ni hablamos. Hubo algunas ciudades donde de plano la marcha se canceló, dirían los parlamentarios, por falta de quorum, y otras en que el contingente sumó apenas unas decenas o centenas de personas.

Ya desde antes, cuando en los medios de comunicación se empezó a mencionar la convocatoria a estas protestas, una interrogante se hizo presente: ¿cómo es posible que en todo el mundo el señor Trump haya producido desde que tomó posesión generalizadas expresiones colectivas de rechazo, y en nuestro país, el más agraviado y amenazado por las sandeces del actual inquilino de la Casa Blanca, la gente no haya salido a las calles?

Ahora salió pero a todas luces, eso no será suficiente. No sólo por la concurrencia relativamente escasa, sino porque la pretendida unidad mexicana exhibe una multitud de grietas. Desde quienes en un extremo aseguran que el enemigo de nuestra patria no despacha en Washington sino en Los Pinos, hasta quienes piensan que antes de enfrentar la coyuntura internacional aquí hay muchas tareas pendientes, entre ellas abatir la corrupción, la desigualdad y las carencias sociales.

Unos tienen razón y otros no. Pero al anteponer sus particulares visiones de la realidad de antemano vuelven muy ilusorio el objetivo de actuar unidos.

Lo cierto es que a Trump no deben haberle zumbado los oídos, como se quería.

De todas maneras no nos hará caso, como no se los hace a sus compatriotas que en su territorio se manifiestan contra medidas que claramente afectan derechos humanos y que finalmente se revertirán contra el futuro mismo de esa nación.

Pero sí se antojaba una demostración contundente de la gente mexicana en calles y plazas públicas.

En fin, peor sería nada.

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