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Luis Alberto García / Sapporo, Japón

* Oleg Airapetov y Bruce Menning describen estrategias rusas y niponas.
* El Manchukuo, región clave en disputa situada en el Norte de Corea.
* Una falla, la ausencia de un criterio estratégico zarista unificado.
* También faltó colaboración entre los jefes de grandes unidades.
* Tokio reveló a sus aliados ingleses sus planes de guerra desde 1902.
* El emperador Matsuhito previó efectuar desembarcos simultáneos.

En su libro clásico sobre la Guerra Ruso-Japonesa de 1905, “Guerra de maniobras en Manchuria”, los historiadores Oleg Airapetov de la Moskóvski Gosudárstvenni Universitét, y Bruce W. Menning del Center for Russian, East European & Eurasian Studies de la University of Kansas. consignan que el III Ejército japonés asedió inmisericordemente Port Arthur.

El sitio y toma de Port Arthur, escribió el historiador Oleg Airapétov, fue una operación de extrema fiereza en la que ambos bandos hicieron importantes labores de ingeniería, como la excavación de trincheras de aproximación o de minas destinadas a ser detonadas bajo los fuertes rusos, con resultados catastróficos para las tropas zaristas.

“Quince o más cuerpos habían volado juntos, rotos en pedazos como si fuesen muñecos sangrantes, porque una granada de dinamita cayó en medio de ellos, arrancándoles la ropa, y sólo quedaban botas con los pies adentro y algunos fragmentos de masa encefálica decorando las paredes”, contó B. W. Norregard, observador militar noruego.
Aprovechando con inteligencia y astucia esa coyuntura -características congénitas de los japoneses- el resto de una potentísima fuerza, que llegaría a sumar cuatro divisiones más y casi 300 000 hombres, caminó inmediatamente por Manchuria para debilitar por tierra a los rusos.

Esta era una inmensa región en disputa situada en el Norte de Corea propiedad de Rusia, reclamada desde 1861 por la emperatriz Cixi y luego arrendada con un doble objetivo: el primero, cubrir las espaldas de la fuerza sitiadora del puerto; el segundo, destruir al Ejército ruso del general Alexander Kuropatkin.

Pero dos cuestiones fundamentales obstaculizaron las operaciones rusas: la falta de un criterio unificado sobre la estrategia a seguir por parte de la oficialidad y sus divisiones, y la nula colaboración entre los jefes de las grandes unidades.

El resultado fue una campaña desastrosa que vio alternarse los asaltos a posiciones atrincheradas con las maniobras laterales, en la que los japoneses llevaron la ofensiva casi siempre y que llegaría a su culminación en la cruenta batalla de Mukden, por donde pasaba el ferrocarril de Manchuria, indispensable para los zaristas.

En 1902, recuerda Oleg Airapetov, los japoneses revelaron a sus aliados británicos las ideas fundamentales que guiarían sus planes de guerra contra una Rusia que se dormía en sus laureles, con una alta oficialidad que tenía una ideología y un pensamiento anclados en el pasado.

“Se creían caballeros de la Edad Media, entre oficiales descompuestos por su soberbia: eran mariscales, generales y almirantes engreídos, con escasas luces, sin experiencia militar, cobardes y medrosos, quienes jamás imaginaron lo que les esperaba”, fustiga Oleg Airapetov

Dos años antes del rompimiento de las hostilidades con la declaración de guerra oficializada en Tokio el 10 de febrero de 1904, el emperador Mutsuhito y sus consejeros militares previeron efectuar desembarcos simultáneos para conquistar Port Arthur, e incluso atreverse a ir sobre Vladivostok, ciudad portuaria fundada en 1860 y de una importancia estratégica extraordinaria.

En ésta iniciaba el Ferrocarril Transiberiano cuyo primer riel y primera piedra fueron colocados por el zarévich Nicolás, príncipe heredero que, en 1891, caminó por la estación que aún se conserva tal cual fue edificada, incluido el escudo imperial del águila bicéfala en su frontispicio.

Según los planes compartidos a los ingleses, seguirían algunos avances hasta ocupar el punto en que se unían el Ferrocarril del Este de China y el Ferrocarril del Sur de Manchuria (Manchukuo en mandarín) que la emperatriz Cixi ansiaba recuperar desde su ascenso al trono de la Ciudad Prohibida de Beijing.

Si las hostilidades se desarrollaban en invierno –en febrero de 1904, con ventiscas y nevadas como pocas hubo antes-, la propuesta sería desembarcar en la península de Weihuawei, atravesar un breve estrecho del mar Amarillo, poner sitio a Port Arthur y, de ser posible, tomarlo por asalto.

Bruce W. Menning opina que ese concepto partía de la imposibilidad de sostener una guerra larga, por lo que el Ejército japonés, bien entrenado, equipado e integrado por casi medio millón de efectivos dirigido por oficiales de experiencia reconocida, tendría la misión de aniquilar a los rusos en el Sur de Machuria.

Según el alto mando ruso, a cargo del virrey Evgueni Alexéiev, el desafío del conflicto en la Rusia oriental y en defensa del Manchukuo, era cómo disponer del tiempo necesario para concentrar las tropas necesarias sin ceder la iniciativa al enemigo, previsor e intuitivo por naturaleza como lo demostraba su historia.

Puesto a tiempo, increíblemente el traslado de un cuerpo de Ejército -40 mil hombres- desde Moscú hasta Port Arthur por la vía terrestre requería de más de dos meses, debido a la incapacidad de los ferrocarriles disponibles en 1903, limitados al tránsito de tres convoyes diarios en cada sentido, detalle que no tomaron en cuenta los poco inteligentes asesores militares de Nicolás II.

Tan terco –y la terquedad es pariente de la estupidez, decía el poeta Alexander Pushkin- e ignorante como sus consejeros engreídos y sin idea de nada, el zar discurrió sobre ese traslado casi eterno, llegando a la conclusión de que, cuando respondiera a la declaración de guerra, por el Ferrocarril Transiberiano ya en operaciones, podrían circular un máximo de cuatro trenes militares artillados al día.

El Ferrocarril de Este de China, por su parte, tuvo primero una capacidad de nueve trenes diarios en cada sentido, incluyendo cinco convoyes militares, que a mediados de junio de 1904 habían ascendido a doce, estorbando y anulando la velocidad que se deseaba para llegar a las costas orientales de un país sin dimensiones en el mundo.

Ocho de esos convoyes eran para uso de la artillería; pero ni así se puso remedio a una situación que se desarrollaba entre planes fallidos y errores absurdos, ideados por el Cuartel General (Stavka en ruso) en San Petersburgo, capital del imperio, cuando el control remoto no existía.

Los fundamentos del plan de guerra ruso databan de 1895, y apenas habían cambiado cuando estallaron las hostilidades en febrero de 1904, y la idea era dejar a Port Arthur defenderse por sí mismo, mientras las fuerzas zaristas desplegadas en Manchuria se retirarían hacia el Norte.

Únicamente había que seguir el trayecto del Ferrocarril del Sur de Manchuria, idea errónea que sólo tenía cabida en una mentalidad sin visión y atrasada como la de Nicolás Romanov, el último, mediocre y trágico zar de todas las Rusias.

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