CONCATENACIONES: Propaganda electoral, la otra epidemia

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Mientras el país sufre la pérdida de vidas humanas y la paralización de su actividad económica como consecuencia de la pandemia del COVID, otra epidemia nos invade, la propaganda de los partidos y sus candidatos que se diputan miles de puestos de elección popular.

La polarización inducida ha vuelto agresivas las campañas, cuya estrategia generalizada no es ganar adeptos a un programa o a una idea, sino enlodar a los de enfrente. Son campañas negativas, como negativo es el ambiente político del país y sus expectativas.

Tal vez lo más grave en ese ambiente pervertido, es la introducción de sospechas y desconfianzas sobre la autoridad electoral y su proceder, pues es el camino anticipado de quienes ante el riesgo de perder están dispuestos a denunciar fraude.

Pero no son nuevos estos tiempos negros. Los ha vivido la nación a lo largo de un tercio de siglo.

Es la suspicacia cultivada la que volvió necesario construir un instituto electoral carísimo, y dejarlo de paso apropiarse de la tarea de identificar y credencializar a los ciudadanos, tarea que de origen no le corresponde.

Luego de generar un gasto monstruoso y una burocracia dorada, se nos pide que además tampoco les creamos. Tal vez debamos convertir el inmenso territorio nacional en un espacio de “usos y costumbres”, en que las decisiones se tomen a mano alzada entre los asistentes a una plaza pública.

Así nos encaminamos a la ya muy cercana jornada electoral, mientras observamos a candidatos bailarines, alianzas impensables, y el derroche alucinante de recursos, doblemente inmoral cuando se hace ante un pueblo golpeado y empobrecido por la pandemia.

Que no puede haber gobierno rico con un pueblo pobre, se nos ha repetido, pero los partidos políticos siguen recibiendo los cuantiosos recursos de cuando vivimos en la bonanza petrolera, mientras el país ha vivido la carestía de medicamentos y ahora la falta de vacunas, y la cancelación de múltiples programas de apoyo a muchas causas y actividades.

Ojalá que ese gasto desproporcionado sirva al menos para que la gente se exprese, y nos saque de la inercia destructiva que amenaza con retrotraernos al siglo pasado. Entonces habrá valido la pena.

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