CONCATENACIONES: La muerte que no cesa

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Fernando Irala

Hace apenas tres meses llegó a nuestras vidas, las de los mexicanos, el Covid-19, luego de un arranque devastador de la epidemia por China, Europa y Estados Unidos.

Desde entonces su impacto mortal no ha cesado y, por el contrario, hasta hoy no ha dejado de crecer día con día en territorio nacional.

Febrero se despidió de nosotros con la aparición de los primeros casos del contagio en México.

Marzo fue el mes de la angustia en sectores diversos de la sociedad, que presionaron por el inicio de la cuarentena, mientras en el gobierno se sostenía que aún era muy pronto, hubo incluso quien recomendó que siguiéramos abrazándonos porque no pasaba nada, y todavía se permitieron grandes aglomeraciones, como el Vive Latino en la ciudad de México. No pasaba mucho, ciertamente, pues el mes cerró con sólo veintiocho defunciones, pero distintas instituciones y gobiernos estatales, ante el pasmo del poder federal, optaron por desmovilizar escuelas, oficinas y otros centros de trabajo.

En abril se generalizó la cuarentena, en opinión de algunos de manera tardía, y por lo menos en el área metropolitana se aplicó “a la mexicana”, es decir, esencialmente cada quien siguió haciendo lo que quiso. Al concluir el mes ya habíamos acumulado mil 859 fallecimientos. De un mes a otro pasamos de unas pocas decenas a los miles de muertes.

En mayo el destino nos alcanzó. La versión oficial sostenía que a principios de este mes la curva de contagios y muertes se aplanaría y luego comenzaría su descenso. No ha ocurrido ni una ni otra cosa. Cerramos el mes con una cifra de decesos superior a los diez mil, y nos posicionamos en la lista de los diez países donde el virus ha sido más letal.

Iniciamos junio, y en ese ejemplo de orden y congruencia que es el gobierno mexicano, lo mismo nos dicen que la pandemia ya se domó, que la jornada de santa distancia terminó, y que sin embargo el riesgo persiste, que los contagios están en su punto más alto y que la pérdida de vidas continuará ocurriendo por cientos a diario.

Entre la premura de unos por reanudar actividades, una infección en evolución que no tiene ni vacuna ni tratamiento eficaz conocido, un sistema de salud devastado y agotado, y una población vulnerable que acumula puntos débiles derivados de una deficiente alimentación y un envejecimiento que empieza a pesarnos como sociedad, el pronóstico es tan simple como desalentador: nos va a ir muy mal.

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