JUEGO DE OJOS: El judío errante

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M. Sánchez de Armas
Se cumplieron 35 años de la desaparición de uno de los pensadores políticos y sociales más influyentes del siglo pasado, hoy lamentablemente desplazado del conocimiento general: Arthur Koestler.
El jueves tres de marzo de 1983, Amelia Marino se presentó como cada semana en la casa número 8 de Montpelier Square en el barrio londinense de Knightsbridge. Mientras ordenaba los utensilios de limpieza vio sobre la mesa una nota manuscrita: Por favor no suba a la planta alta. Llame a la policía.
Se presentaron los bobbies. En la sala de estar encontraron a Cynthia Jeffries y a Arthur Koestler, él en traje de tweed y con un vaso de whisky en la mano. Se habían suicidado 36 horas antes, el martes por la tarde. Primero hicieron sacrificar a su perro, el cariñoso David.
El New York Times del día siguiente publicó que “en su agitado viaje por la historia del siglo veinte, con frecuencia el señor Koestler parecía ir delante de su tiempo”.
Así terminaron los días uno de los grandes pensadores de la posguerra y de la guerra fría. Sus epígonos dijeron que murió como vivió, sin aceptar interferencias en su destino. Para sus detractores el suicidio fue la consecuencia natural de una vida extraviada.
Lo que nadie atinó a explicar fue por qué Cynthia Jeffries, treinta años menor y en perfecta salud, decidió acompañar a su esposo de 77 años, enfermo de leucemia y párkinson. “Le guardaba una sumisión patológica”, fue el comentario de un conocido de la pareja.
Santificado por unos y denunciado por otros como agente de la reacción; criticado por advenedizo a la comunidad intelectual y ridiculizado por sus investigaciones parapsicológicas, Koestler fue sin embargo una de las mentes más originales del siglo. Fenómenos como la caída de la cortina de hierro y la globalización, fueron anticipados por él desde los años cuarenta.
Su obra es de una diversidad asombrosa. Si hay libros que no se pueden leer impunemente, Koestler es autor de varios de ellos. Textos políticos como Oscuridad al mediodía, novelas como Ladrones en la noche y volúmenes autobiográficos como Flecha en el azul y La escritura invisible, marcaron a muchas generaciones. Los sonámbulos y El espíritu en la máquina siguen siendo obligados para estudiantes de ciencias.
Su vida estuvo marcada por relaciones neuróticas con las mujeres, con los amigos, con la política, con los gobiernos, con el dinero, con su judaísmo y con su sionismo militante. Difuminó sus orígenes en una autobiografía cuidadosamente hilvanada para resaltar sus facetas de luchador social, intelectual, novelista y pensador y ocultar su misoginia, su misantropía y su inseguridad. Uno de sus biógrafos asegura que lo único que se sabe de él con precisión es que nació a las 8:30 de la mañana del 5 de septiembre de 1905 y pesó 4.8 kilos. No obstante, produjo un notable y profundo testimonio del siglo con el que creció.
A los 22 años ya se le consideraba uno de los reporteros sobresalientes del siglo XX. Militó en el Partido Comunista y combatió en el bando republicano en España. Encarcelado y sentenciado al paredón, Koestler tiene una epifanía: comprende que todas las consignas y toda la militancia para aniquilar a los “enemigos de clase” pierden sentido al pasar de militante a víctima. Ahí experimentó lo que después llamaría la “sensación oceánica”, una visión cósmica que subyace a toda su obra.
Koestler fue un judío errante en el sentido literal de la palabra. Vivió en Inglaterra, Francia, Austria, Suiza, Hungría, Palestina, Israel y Estados Unidos. Fue un sionista convencido y comprometido, un escritor profundo en unos temas y superficial en otros a quien alguna vez se acusó de ser “gran sintetizador de ideas ajenas y pobre productor de ideas propias… un plagiario”, que sin embargo dejó una profunda huella e influyó en muchas generaciones.
Un ejemplo de la originalidad de su pensamiento está en un pasaje de sus memorias en donde sostiene que en lo político primero tiene lugar un compromiso emotivo y sólo posteriormente se inserta la racionalidad: “todas las evidencias tienden a demostrar que la libido política es esencialmente tan irracional como el impulso sexual, y condicionada, como éste, por experiencias tempranas parcialmente inconscientes”.
En Euforia y utopía, Koestler define este rasgo: “Uno aprende a pensar a través de los libros y aprende a vivir a través de las mujeres”.
Fervoroso militante comunista en su juventud y a la postre desencantado con las realidades del estalinismo, Koestler, recuerda Walter Goodman, ayudó a comprender cómo personas idealistas se negaban a ver las evidencias sangrientas, racionalizaban los horrores y justificaban atrocidades soviéticas más espantosas que las que denunciaban en su propia patria.
“Cómo retumbaban nuestras voces con indignación al denunciar las fallas en los procedimientos judiciales en nuestras cómodas democracias y qué tan silentes permanecimos mientras se liquidaba a nuestros camaradas, sin juicio o sentencia, en la patria socialista del planeta”, escribió Koestler en El dios que fracasó.
Es de lamentar que Koestler dejara de ser un autor leído, al grado de que durante las discusiones posteriores al derrumbe de la URSS su nombre no estuvo en los primeros planos, pese a su obra crítica fundamental del socialismo estalinista: Oscuridad al mediodía.

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