La fe de Argentina se perdió en Kazán

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Luis Alberto García / Moscú

*La última gran generación de estrellas se extinguió.

*Con 30 años de edad promedio, la albiceleste no tuvo recambio.

*Una selección nacional envuelta en crisis institucional y deportiva.

*La derrota (4-3) ante Francia significó el principio del fin.

*Messi, Mascherano, Banega y Otamendi casi procesaron su jubilación.

 

 

Sin más argumentos que un grupo de individualidades tan geniales como gastadas y un gol de antología de Lionel Messi a Nigeria, Argentina se colocó agónicamente en los octavos de final de la Copa FIFA / Rusia 2018 frente a Francia, con un plantel que promedió los 30 años de edad. mientras el de Francia rondaba los 25.

 

En un laberinto que parece no tener fin, con pleitos entre dirigentes, ilícitos y malos manejos financieros en los clubes y, como fresa en el pastel de crema, las llamadas “barras bravas” imponiendo su ley y la violencia en los estadios, como fórmula expedita de solucionar sus rencillas y rivalidades.

En los hechos,  la selección platense siguió bebiendo de la fuente que construyó José Néstor Pékerman cuando entrenaba a los juveniles en un predio de Ezeiza, cercano al aeropuerto de Buenos Aires, entre quienes tuvo a seis de los que jugaron el sábado 30 de junio ante los “bleus” de Didier Deschamps.

Gabriel Mercado, Federico Fazio, Ever Banega, Sergio Agüero, Lionel Messi y Ángel Di María fueron campeones del mundo sub-20 con quien dirigió a Colombia en Rusia, inteligentemente y con prestancia, y otros dos –Javier Mascherano y Nicolás Otamendi- también trabajando bajo sus órdenes.

“La base de la selección argentina la formamos nosotros”, aseguraron desde el entorno del profesor Pekerman, quien, modestamente, se ganaba el pan para él y su familia como chofer de un taxi, en medio de la crisis peor económica en que haya estado hundida la nación, bajo el régimen necrofílico y sanguinario que tuvo a Jorge Videla como jefe militar de un cuadrilla usurpadora y golpista

Entre sus amigos cercanos, Pekerman solía recordar que, cuando se hizo cargo de los juveniles de la celeste y blanca, era un perfecto desconocido en el que nadie confiaba: “¿Y éste qué sabe? ¿Con quién cree que va a tratar?”, le recriminaban burlones los imbéciles que nunca faltan en las tertulias  de cantina.

Para comenzar, ganó cinco campeonatos mundiales juveniles sub-20 y su mano derecha, Hugo Tocalli, se encargó inútilmente de evitar que un adolescente –de nombre Lionel y de apellido Messi- que despuntaba en La Masía del Barcelona, jugara por España.

Desde el último campeonato conquistado en Canadá 2007 de la mano de Agüero y Di María, por el banquillo pasaron seis entrenadores -Sergio Batista, Walter Perazzo, Marcelo Trobbiani, Humberto Grondona, Claudio Úbeda y, el actual, Sebastián Beccacece.

Argentina nunca volvió a competir por un título en categorías inferiores, y entonces hubo varias caídas en las fuerzas  juveniles, y también en la mayor –con siete técnicos en diez años- consecuencia de una Asociación de Futbol de Argentina (AFA) errática y corrupta -más pendiente del poder y del dinero (“la guita primero, che”), siempre en la disputa del botín entre los bandidos de cuello blanco- que de la pelota.

 

Entonces, en medio de tamaño caos, Argentina se encomendó a la virgen de Luján y a su última generación liderada por el futbol de Messi y la voz de Mascherano, un grupo de futbolistas que llevó a la albiceleste a tres finales consecutivas: la Copa FIFA de Brasil en 2014 y la Copa América de 2015 y 2016).

Sin embargo, coinciden los que saben, se quedó sin combustible ni imaginación gasolina en Rusia, con la proverbial caída ante Francia en los octavos de final: “Quizás algún día se pueda valorar a una generación de jugadores que, bien o mal, siempre dio todo”.

Eso lo expuso el “Jefecito” Masche en Kazán, tras anunciar a los 34 años su adiós a la selección argentina, para emprenderla hacia el millonario futbol de China, que paga como ninguno, y de paso recordar que, cuando, en junio de 2016, Jorge Sampaoli se hizo cargo del combinado nacional, su idea era renovarlo al límite de su fecha de caducidad.

“Para que haya una revolución tiene que haber cambios”, entendía el técnico que, en cierta ocasión, expulsado del campo por un árbitro poco tolerante, se subió al árbol de un vecindario para dirigir a su equipo, expresando de esa manera su elocuente fervor, producto de los genes calabreses de sus abuelos italianos.

Sampaoli tenía dos ideas: rodear a Messi de sangre fresca —quería mezclarlo en el ataque con Paulo Dybala y Luis Icardi— y prescindir de Mascherano; pero ni lo uno ni lo otro poque el primero –alias “la joya”- se asustó  y el segundo no encajó en el raro y extravagante esquema sampaolista.

Mascherano se plantó, de modo que pasó, de estar fuera de la convocatoria, a ser tenido en cuenta como defensa central, para, finalmente, jugar de pivote como él quería; pero entonces Sampaoli se volvió más messista que Messi y perdió la autoridad, el respeto y la ascendencia frente a un vestidor lleno de egos y difícil de gobernar.

Se esforzó tanto en no incomodar a la diminuta pulga del Barça que lo terminó aislando, sumados los vaivenes tácticos de utilizar una alineación distinta en cada uno de sus quince partidos preparatorios, tal como hizo el colombiano Juan Carlos Osorio con México, quien, en cerca de medio centenar de partidos, no tuvo una alineación definida.

Las teorías rocambolescas de Sampaoli terminaron por hartar a un grupo de cuatro jugadores que ostentó todo su poder, con más ganas después de que el entrenador sin pelo, con facha de cargador porteño, expusiera que “son los jugadores los que deciden en el campo”.

Después de caer (3-0) ante Croacia, ellos consensuaron alineación y táctica, aunque el ánimo mejorara tras la victoria ante Nigeria, una armonía ficticia en la que Sampaoli quiso volver a ejercer de entrenador ante Francia: Messi de falso 9.

Ahí cometió un nuevo error, porque Argentina se deshilachó en Kazán, y nada se supo de Dybala, exponente de un presumible recambio generacional, mirado con cierta desconfianza por los pesos completos del vestuario.

No era la primera vez que el grupo imponía su criterio ante un entrenador, como cuando, en Brasil 2014, frenaron la línea de cinco defensores que quería Alejandro Sabella y hasta le sugirieron el cambio del “Kun” Agüero por el “Pocho” Ezequiel Lavezzi en la final del 13 de julio de 2014 en Maracaná ante la entonces poderosa Alemania.

A Sampaoli, en las eliminatorias, también le habían pedido jugar con cuatro defensas y no con tres como deseaba el técnico que dirigió bien a Chile en el torneo brasileño; pero era evidente que la relación entre el cuerpo técnico y los futbolistas estaba más que rota.

El futuro de la albiceleste que “todos los argentinos quieren” dejó de ser un misterio, desde el momento en que, de vuelta a Buenos Aires, Sampaoli negoció su salida tras millonaria liquidación, justamente cuando la junta de gobierno –dos de ellos con apellidos que comienzan con M – del vestidor ya comenzaba a promover el “Adiós muchacho compañero de mi vida” que cantaba Carlos Gardel antes de morir en 1935.

Mascherano, con 34 años, y Lucas Biglia, con 32, anunciaron que se iban de la selección; Agüero, con 30, afirmó que quería seguir, y Messi, Di María, Banega y Otamendi todavía no se habían pronunciado ni a favor ni en contra, tal vez en espera de mejores aires.

El número 10 más famoso de Argentina –con el mismo número que usó Diego Maradona antes de ponerse a juzgar quién es bueno y quién es malo en el mundo futbolero- quiso ser prudente, sabiendo que todo estaba en el aire en la desquiciada AFA.

Pensaba sobre todo en la continuidad de esa  última generación formada por el seleccionador del taxi, José Néstor Pekerman,apagada en Rusia y sin noticias de sus herederos y del futuro que, tristemente, de pronto le cayó encima.

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