Conflicto en la FIFA por concesión del Campeonato Mundial a Qatar

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Luis Alberto García / Moscú

*Los ingleses exigieron una investigación sobre la sede de 2022.

*Antecedentes de corrupción para realizar Sudáfrica 2010 y Brasil 2014.

*Tres periodistas documentaron los sobornos de Joseph Blatter.

*La danza de intereses requiere de alianzas impresentables.

*Respaldo de ocho millonarios rusos para hacer el torneo de 2018.

 

 

Dos semanas después de concluir la Copa FIFA / Rusia 2018, como si faltasen noticias que dar luego de la indigestión futbolística que provocó el torneo mundialista, el ex presidente de la Football Association (FA) de Inglaterra, David Triesman, exigió a la Federación Internacional de Futbol (FIFA) que abriera una investigación sobre un asunto que consideró “gravísimo”.

“Exijo una pesquisa seria –dijo Triesman- sobre la candidatura de Qatar a causa del sabotaje a sus contrarios para la elección de la XXII Copa del Mundo de 2022, y propongo se contemple a Inglaterra como sede, en caso de que se hayan quebrantado las reglas”.

El ex dirigente inglés sabía de lo que hablaba, luego de que, en otros eventos de la misma magnitud –en Sudáfrica, Brasil y Rusia- a su país le fue vetada la posibilidad de realizar el de 2022, conociéndose irregularidades, o mejor dicho ilegalidades, como sobornos que alcanzaron lejanísimas latitudes, casi interplanetarias por sus alcances y dimensiones.

Así lo escribió claramente Thomas Kistner en “FIFA Mafia” al investigar durante más de dos décadas las actividades delictivas en torno al organismo que gobierna, administra y que aún decide las actividades del futbol mundial, y en las cuales incurrió Joseph Blatter como su anterior presidente.

Un reporte del “Sunday Times” del 30 de julio de 2018 reveló que los promotores de la candidatura de Qatar en 2010; es decir, Blatter y su cáfila de ejecutivos corruptos, la mayoría presos o bajo investigación, emplearon a una conocida agencia de relaciones públicas para vencer a Estados Unidos y Australia, contendientes por la sede.

Para dar un matiz de novela policiaca al tema, hubo hasta referencias a la participación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos y a personajes reconocidos en el ámbito futbolístico mundial para lanzar “fake news” (noticias falsas) que, obviamente, minaran o hasta anularan el apoyo internacional a ambas candidaturas.

El diario londinense advirtió que contaba con documentos que acreditaban la denuncia, en los cuales se sustentó el reportaje, basado en correos electrónicos de un informante que pidió el anonimato, después de trabajar entre 2012 y 2014 como enlace de los príncipes qataríes con la FIFA.

“Nada se movía sin la decisión de Blatter, quien tenía la última palabra hasta en la más mínima cuestión, controlador como fue su costumbre”, acusó el ex empleado del emirato petrolero de Qatar, cuyas denuncias rechazó el comité organizador del evento, que debe disputarse del 21 de noviembre al 18 de diciembre de 2022.

Se emitió un comunicado que desmentía las denuncias del periódico inglés, recordando que la FIFA había absuelto a Qatar en una investigación hecha por Michael García, fiscal estadounidense designado para el caso, cuando estaba lejos de darse el episodio que llevó a la cárcel a numerosos dirigentes del futbol mundial, en un operativo ordenado por Loretta Lynch, otra juez de la misma nacionalidad.

Esto ocurría en Zurich en mayo de 2015, y el pronunciamiento qatarí se emitía a fines de julio de 2018: “Ya hemos sido investigados –aseguraban los organizadores, agrupados en algo que bombásticamente se hacía llamar Comité Supremo para Entrega y Legado-, brindando información sobre nuestra candidatura, e incluyendo las conclusiones del fiscal García”.

Consultada sobre la denuncia de David Triesman –ya con Gianni Infantino en la presidencia de la FIFA-, ésta remitió al Informe García cualquier denuncia sobre posibles violaciones al Código de Ética del ente rector del futbol.

La sede de 2022 fue entregada a Qatar en una polémica y acalorada sesión del Comité Ejecutivo de la FIFA presidido por Joseph Blatter, encargado de anunciar la adjudicación de la XXI Copa del Mundo a Rusia en 2018, tema en el cual se involucró personalmente el presidente Vladimir Putin, respaldado por su grupo de millonarios, con Roman Abramovich y Mijail Kusnirovich a la cabeza.

En la danza de intereses millonarios que actualmente implica tener una sede, en el toma y daca -me das y te doy- que propicia alianzas impresentables, los empresarios, los hombres de oro de Rusia, se les ha llamado, tuvieron contratos de obras más que abundantes, entre ellos la remodelación y construcción de los estadios que fueron escenarios de 64 partidos mundialistas.

A Kusnirovich y Abramovich se añaden los nombres de Víktor Velserberg, Arkadi Rotenberg, Mijail Fridman, German Kahn, Alexei Kuznichev y Piotr Aven, los consentidos gubernamentales, quienes llevaron grandes ganancias, y sí pérdidas para el gobierno ruso, o sea, el indefenso contribuyente.

Como han consignado los periodistas Thomas Kistner, Ken Bensinger y Andrew Jennings en sus investigaciones sobre la corrupción –por supuesto de empresarios y jerarcas gubernamentales- en la concesión de los Campeonatos Mundiales de Sudáfrica, Brasil y Rusia, éstos y el de Qatar se habían visto envueltos en la sospecha, aunque el Informe García no comprobó suficientemente alguna denuncia.

La XXII Copa del Mundo de futbol de noviembre y diciembre de 2022 se disputará en esos meses por primera vez en su nonagenaria historia, debido al calor en el emirato qatarí en junio y julio, cuando llueve, truena y relampaguea en otras regiones del globo terráqueo, con todo y que Gianni Infantino guardó oportuno silencio ante los acontecimientos de 2015, cuando la plana mayor de la FIFA fue arrestada en Zurich.

Sucesor de Blatter, su compatriota no descartó ampliarlo a la participación de 48 selecciones nacionales, como sucederá en la justa de 2026 que, desde ya, deberán comenzar a organizar Estados Unidos, México y Canadá, sin que dijera algo adicional al sabotaje de los jeques hacia sus rivales australianos y estadounidenses, que han preferido callar para no levantar arena del desierto vecino.

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