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Luis Alberto García / Moscú

* Presidente reelecto de Rusia en 2018, ha sabido adaptarse a un mundo cambiante.

* Controla a la nación más extensa del planeta, bien situado en la escena internacional.

* Es fuerte en el interior y poderoso en el exterior, según concluyó Héléne Carrére.

* Preocupado y angustiado, presenció el hundimiento del imperio soviético.

* Está convencido de que su país no es como cualquiera otro, como los demás.

Son preguntas y enigmas: ¿Quién es Vladímir Vladimírovich Putin? ¿Otro Adolfo Hitler, como decía la ex candidata presidencial de Estados Unidos, Hillary Clinton? ¿El hombre de hierro, quizá en referencia al tirano y genocida Iósif Stalin? ¿O, como se estuvo especulando y diciendo de él, el político más destacado de las primeras dos décadas del siglo XXI?

“El presidente de Rusia, reelecto el 17 de marzo de 2018, es un dirigente autoritario para quien su país debe ser un Estado fuerte en el interior, poderoso en el exterior y con un sistema político que tenga en cuenta su singularidad geográfica, histórica y humana”, ha concluido Héléne Carrére, ensayista francesa, autora de “Seis días que cambiaron al mundo” (Editorial Ariel, Madrid, 2007).

Durante más de dos décadas Putin, nacido en San Petersburgo en 1952, trabajó como agente del Komitet Gosudarstvennoy Bezopasnosti (KGB), la agencia de seguridad del Estado, primero en la Unión Soviética y luego en la República Democrática Alemana (RDA).

Y a eso obedece -asegura Héléne Carrére- que, desde la presidencia de Rusia, el mandatario perpetúe el espíritu y los métodos del KGB; pero que, a fin de cuentas y en realidad, es un producto de la antigua estructura, de imperio poderoso, una potencia con la pretensión “de ser el único rival de Estados Unidos y representar el futuro de la humanidad”.

En 1990, Putin presenció preocupado y angustiado el hundimiento de ese imperio, la desaparición de la potencia y, sobre todo, cómo quedaba al descubierto la nomenklatura comunista, el ideal de progreso y la promesa de un nuevo mundo, por lo cual la escritora nacida en Georgia opina que hubo una inmensa mentira que condujo al estancamiento político y al atraso económico.

Carrére repite la famosa frase de Putin, quien hace algunos años dijo: “La desaparición de la URSS es la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”, lo cual no significa que echara de menos a la Unión Soviética ni que quisiera resucitarla, sino que la caída del imperio había supuesto una conmoción espantosa para quienes la vivieron, y de consecuencias infinitas.

De ahí su voluntad de reconstruir el país —un auténtico territorio en ruinas en el año 2000, debido también a la gestión caótica y demencial de Borís Yeltsin— a partir de la realidad y negándose a utilizar un modelo prefabricado, el de la democracia occidental.

Putin está convencido de que la actual Rusia no es un país como los demás, porque es el Estado más extenso del mundo, habitado por numerosos pueblos de las más distintas nacionalidades, con historias, culturas y religiones diferentes, situado en la encrucijada entre tres mundos: Europa, el Oriente musulmán y el Extremo Oriente.

Todo esto se refleja en la diversidad de sus ciudadanos, y Héléne Carrére se pregunta cómo gobernar ese espacio interminable disperso en diez husos horarios y una variedad humana extraordinaria, si no es con autoritarismo.

“Por eso, Putin tiene la certeza de que la democracia debe incorporar todos esos elementos, las enseñanzas de una historia difícil y, sobre todo, los tres mundos, las tres civilizaciones que rodean Rusia y se integran en ella”.

“¿Cómo va a escoger este extraño país un solo modelo?”, cuestiona, y responde que, el modelo en opinión de Putin debe ser el ruso, el que propuso el zar Pedro el Grande en el siglo XVII, antes que nadie”.

También los hicieron los pensadores rusos posteriores, que han hecho hincapié, casi todos, en la especificidad política y espiritual del país, ya fuera para construir sobre ella la vida política (los eslavófilos), ya fuera para superarla y optar por una imitación servil de Occidente (los occidentalistas).

Fue un debate del siglo XIX que volvió a surgir después del fin de la Unión Soviética en diciembre de 1991; pero para Vladímir Putin, la solución de lo que Alexander Solzhenitsyn llamaba “el problema ruso”, que está en la cohesión interna; es decir, un poder fuerte, capaz de encarnarla e imponerla.

Algunos politólogos occidentales afirman que la democracia rusa debía ser específica o, mejor dicho, hacer sitio a las especificidades rusas, a la verticalidad del poder, que según Putin es lo que permite mantener la unidad de esa nación compleja, inmensa y variada e impedir que estalle, como pasó en 1917 y 1991.

La verticalidad del poder implica una centralización y una autoridad reales y un gobierno autoritario, aunque al mismo tiempo haya margen para cierta autonomía de las organizaciones territoriales y nacionales y el reconocimiento del pluralismo espiritual, pues recuérdese que Rusia también es un Estado con fuerte presencia musulmana, según reconoce Putin.

Los internacionalistas estadounidenses y europeos destacan que la característica fundamental del pensamiento de Putin es el objetivo de reconstituir el poderío internacional de Rusia, y que espacio —y la conciencia de las limitaciones que impone— es la base de su reflexión.

Rusia tiene unas fronteras interminables y pocas fronteras naturales, ha vivido constantemente invadida o en peligro de serlo, y los invasores, a excepción de los mongoles, han llegado siempre de Occidente.

Por eso los rusos tienen el sentimiento histórico de que viven acosados y deben prevenir esa amenaza: la reacción de la Unión Soviética a esa posibilidad fue disputar el poder en el mundo; pero, desde 1990, el único poder mundial que quedaba lo encabezaban Estados Unidos y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Si Borís Yeltsin confió durante un tiempo en que la adhesión de Rusia al modelo político y económico occidental –que llevó hambre y miseria, desigualdad y desequilibrios, le permitiría hacerse un hueco como potencia en la vida internacional, Vladímir Putin ha tenido claro desde 1999 que la voz de Rusia —miembro permanente del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU)— es objeto de cierto desprecio, que, en el concierto internacional, no se le considera una potencia.

Además, el hombre del Kremlin ha visto que los países vecinos se aproximan a la órbita de la OTAN, cuando ya el mero hecho de que siga existiendo la Alianza Atlántica, concebida en tiempos de la guerra fría para hacer frente al poder soviético, le inquieta y con sobrada razón le indigna.

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