VIRTUALOSIS: USURPACIÓN DE LA COMUNICACIÓN, DESHUMANIZACIÓN Y TECNO-FASCISMO

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Por Mario Revilla Basurto

 

Bots, trolls,cuentas cyborg, haters, cuentas marioneta, infodemia, noticias falsas y hechos alternativos, algoritmos y filtro burbuja, big data y minería de datos y claro inteligencia artificial (IA). Poco a poco nuestro vocabulario se ha ido poblando con terminarajos que aluden a la experiencia de una realidad virtual que se va erigiendo como una especie de doble dimensión de la existencia. Y que lleva a cuestionar sus alcances y efectos.

 

En este sentido la ciencia ficción nos ha ofrecido visiones de esas posibilidades. Por ejemplo, entre las muchos guiños que plantea la película de Blade Runner 2049 (2017) de D. Villenueve, y a propósito de esta dimensión virtual, hay una situación que me llama poderosamente la atención y es la relación, entre una aplicación comercial de inteligencia artificial hologramática, que responde al nombre de “Joi” y otra aplicación de inteligencia artificial, que incluye programas de memoria afectiva, corporizada en un andriode, modelo “Nexus 9”, identificado como “Oficial K”, es decir, un replicante que eventualmente toma el nombre de “Joe”. Las reseñas la definen como una “relación sentimental” o de “confidentes”.

 

Ya se sabe, en el mundo inventado por Philip K. Dick (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?) y popularizado por Ridley Scott en la primera versión de Blade runner (1982), los replicantes son esos super robots, programados para tareas específicas, pero dotados de una carcaza o cuerpo que les hace parecer humanos, que además parecen albergar sentimientos, producto de los “recuerdos” que les han implantado en sus memorias, como parte de su programación.

 

Entonces la versión 2049 nos plantea una relación, pero de qué tipo, entre 2 programas de I A: es una relación entre “Joi” y “Joe” o, más bien, la relación es entre sus programadores: es como si preguntara si la comunicación se da entre usted estimado/a lector/a, que realiza el acto perceptivo de leer y quien realiza el acto expresivo de escribir o si se da entre mi teclado y su pantalla y los software con que operan.

 

Porque la relación entre programas cibernéticos sería un intercambio de datos que simula o replica una interacción comunicativa. Y entonces, no habría expresiones, sino réplicas de expresiones. Así como los androides imaginados por P. K. Dick son una réplica de lo humano, las expresiones y comunicaciones emanados de aplicaciones cibernéticas son expresiones replicantes, que parecen auténticas, y su intercambio será una comunicación simulada o más bien, suplantada.

 

La cuestión no solo tiene repercusiones comunicacionales, sino también culturales y políticas. Porque sin el glamur de los hardware que nos ofrecen las ficciones, las comunicaciones entre programas cibernéticos y entre programas y humanos ya se están dando y el problema es que, como en el caso de “Joi” y “Joe”, los auténticos sujetos de la comunicación quedan ocultos tras el programa cibernético. Ya no son sólo las relaciones de producción y de poder las que quedan ocultas bajo la fetichización de la mercancía, se usurpa la relación comunicativa bajo la fetichización de la expresión replicante.

 

Desde luego el problema no son las innovaciones tecnológicas en sí, sino el designio que las acompaña, la reorganización del mundo que viene en su entramado. A contramano de las interpretaciones, un tanto asépticas, que ven en la tecnología un agente de cambio o la fuente del conflicto social, puede resultar más esclarecedor partir de los cambios económicos, políticos, culturales y sociales para comprender los diseños de los desarrollos tecnológicos. La comunicación es una interacción, el nexo entre los campos mencionados, que parte de una relación de cara al otro, al otro con el que constituimos una comunidad. Pero cómo constituir comunidad con un algoritmo o con quien se oculta bajo un programa cibernético.

 

El problema comunicacional al que nos enfrentamos con los procesos de la virtualización se da en dos aspectos, por un lado, en que desquicia, altera la realidad a través de sus expresiones replicantes, y por otro lado, deshumaniza la relación comunicativa, al convertir a los sujetos de carne y hueso y a su acción en perfiles -conjunto de datos-, con lo cual en vez de compartir la experiencia, aísla a las personas en una cotidianidad cada vez más fragmentaria al suplantar la comunicación.

 

La producción expresiva en las redes internáuticas es, en gran medida, un reciclamiento constante de algún original, entonces cada copia y mutación se reedita como colajes o palimsestos que se repostean y se re-significan según el uso que cada situación le da, que pueden ir desde una intención algo naif meramente estética o

 

recreativa, como vemos en la cantidad de memes que provoca el mundial 2026, hasta intenciones francamente perversas, como las falsas noticias o los inexistentes hechos que se hacen parecer rales, mediante las aplicaciones de I A. Entonces las aplicaciones de I A, epítome de las expresiones replicantes, encuentran un ambiente que favorece su utilización cada vez más expandida, reificando su fetichización.

 

El flujo incesante de información nutrido, en una gran proporción, por el constante reposteo, genera la inestable mutación de los significados y la consecuente dificultad para compartir significaciones, ya no digamos para generar acuerdos. Pero sobre todo, se presta a la difusión de una idea de mundo aparentemente inconexo, cada vez más desigual en el reparto de la riqueza y que oculta las relaciones de poder cada vez más autoritarias, sin mayores discusiones o cuestionamientos, sin necesidad de mediar con ideas o valores históricamente consolidados.

 

Esa manera de circular sin contexto alguno la información detona un proceso altamente entrópico, que se manifiesta en las confrontaciones esquizo-genéticas ideológicas y políticas, entre sujetos atrapados en los rizomas temáticos específicos, que los algoritmos les asignan en función de un perfil que, además, pone en contacto con perfiles semejantes; al intervenir los procesos de relación, hacen parecer más amenazante o al menos raro, lo extraño: el migrante, el neuro divergente, los portadores de las nuevas identidades, al que se clasifica como de otra “clase”,social o moral, en fin, todo aquel que se perciba como distinto. Quedan así ocultas las contradicciones sistémicas, como si el conflicto fuera más bien un problema personal o grupal.

 

Sobre esas percepciones se pauta la deshumanización, la falta de reconocimiento de la otredad tan importante en la construcción de la propia identidad. La comunicación suplantada deja de ser nuestro nexo porque nos niega o cosifica, nos esconde en un conjunto de datos, en lugar de poner en relación experiencias de vida. Culturalmente quiebra la cohesión, políticamente confronta radicalmente, sin posibilidad de consenso.

 

Entonces se erige una paradoja, una sociedad que quiere estar informada, pero recela de las organizaciones e informadores profesionales, quiere conocimiento, pero rechaza el pensamiento científico, hacer compras sin soportar vendedores ni cobradores, tramitaciones sin burócratas, crecimiento económico sin trabajo productivo, educación sin centros educativos, política sin políticos. Así la internet y las redes socio-virtuales se erigen como la alternativa ideal, pues suponen una relación natural, cuasi mágica, entre los objetos y los objetivos, con los procesos cibernéticos e invisibiliza el poder de decisión que tienen los propietarios y mediadores-productores de las corporaciones que controlan esa dimensión virtual de nuestro mundo.

 

En esto consiste la guerra cultural a la que asistimos, los renovados poderes ultraderechistas o más bien tecno-fascistas, versión ideológica del tecno-capitalismo o tecno-feudalismo, a diferencia de la burguesía que recicló una y otra vez tradiciones familiares y culturales centradas en la identidad comunitaria o familiar, ofrecen una idea o fantasía de libertad plena, sin necesidad de relaciones densas y por tanto de las responsabilidades compartidas que entraña, que se disimula con esporádicas explosiones emocionales a través del consumo de espectáculos masivos.

 

Una sociedad algoritmizada, tanto en su identidad como en la comunicación a través de las expresiones replicantes a que es sometida, cuya realización se da a través del consumo, es el resultado de una reorganización de los poderes económicos y políticos, que ahora controlan desde la psicopolítica y facilita y favorece la operación de los mega monopolios de bienes y servicios materiales y culturales. Es decir, el diseño social no deviene del desarrollo de tecnologías, sino del diseño de los grupos hegemónicos, dueños y principales beneficiarios del uso que se da a esas tecnologías.

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