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Francisco Medina
CIUDAD DE MÉXICO, 17 de noviembre (AlmomentoMX).- Vámonos con Pancho Villa de Rafael F. Muñoz (Chihuahua, 1899 – Ciudad de México, 1972) se distingue en la literatura mexicana por la magistral estructuración de un relato de largo aliento. Con esa sabiduría serena y carente de énfasis retórico que fue uno de sus talentos distintivos, Muñoz funde la crónica épica del ejército de Villa en la toma de Torreón con uno de los testimonios más trágicos y desgarradores de la fidelidad revolucionaria, la de Tiburcio Maya en la etapa final de la rebelión villista.
Muñoz pertenece a un número muy escaso de narradores que ha entendido con lucidez las actitudes extremas de muchos personajes que recorren las novelas de ese conocedor insuperable del alma que fue Dostoievsky.
En muchas acciones y reacciones de los “Leones de San Pablo” y especialmente en las de uno de ellos, Tiburcio Maya, el lector encontrará una versión, no una copia, mexicana de esos gestos de teatralidad cósmica en los cuales el narrador ruso transcribió la conciencia moderna de la tragedia humana.
Asumiendo el riesgo de ser incomprendido, Muñoz, en ésta su primera novela, no evitó la narración de momentos extremos de un realismo exacerbado, doloroso, casi inverosímil.

Los años que han transcurrido desde su publicación, y en los cuales se ha construido en América Latina uno de los mundos narrativos más sólidos de Occidente, permiten que nuestra mirada recupere la fuerza y la osadía de esta crónica épica e íntima de la Revolución mexicana.
En general, la crítica ha repetido tópicos ‑que no tienen por qué ser falsos‑ sobre este escritor y su obra. De querer sintetizarlos, podría decirse que estos giran sobre las siguientes indicaciones: conoció de muy joven, entre los 10 y 15 años, a Pancho Villa en Chihuahua, e incluso lo acompañó, como periodista, en algunas de sus correrías; la base de su obra son hechos reales ‑documentados o respaldados por testimonios orales‑ en los que entrelaza una ficción narrativa; su estilo es rudo, directo y, sin la menor duda, total y definitivamente periodístico.
Para muchos críticos, es el mejor cuentista de la revolución; para otros, sus dos novelas, indistintamente, valen en cuanto cuadros aislados, como cuentos, sin considerar la trama que los unifica sin hacerles perder su naturaleza original. No he leído una crítica en que se le descalifique, y aunque sí es posible encontrar estudios sobre la “novela de la Revolución” en que se le relega a un lugar secundario, lo más común es hallar su nombre entre los que se estiman como los más sobresalientes del sub género (Azuela, Guzmán, Urquizo, Romero, Campobello, López y Fuentes, Magdaleno, quizá Ferretis).
En cuanto a lo lugares comunes, se sabe ‑porque él mismo lo declaró‑ que nunca tuvo una relación próxima con Pancho Villa (“ante el villismo fui simplemente un muchacho con los ojos bien abiertos”; tenía 24 años cuando lo asesinaron y no alcanzaba la mayoría de edad cuando Villa se anmistió con el gobierno de de la Huerta); el respaldo histórico de la mayoría de su ficción corresponde a toda la literatura que trata sobre la revolución, ya sea en su tema o en su ambiente para otras historias; lo que ya no podemos saber ‑y tampoco interesa mucho‑ es si Tiburcio Maya y “Los leones de San Pablo” son reales, si lo son Álvaro Abasolo y Marcos Ruiz, o las decenas de personajes de sus cuentos que no tienen nombre histórico; en lo referente al estilo periodístico, puede decirse que es una de las características de la “literatura de la revolución”; la mayoría de los escritores que colaboraron con el auge temático de los años treinta, eran periodistas profesionales, y casi no hubo un escritor que careciera de vínculos con periódicos ‑como colaboradores, por lo general, con las mismas historias que recopilaban en libros‑ y que no aceptase la idea de que la única manera de narrar los hechos de la revolución, era a través del estilo periodístico, la crónica o la redacción de noticias.

Literariamente, Rafael F. Muñoz pertenece a lo que se califica como la segunda generación de “escritores de la revolución”. La primera estaría integrada por lo que de alguna manera actuaron en ella (Azuela, Guzmán, Vasconcelos, Urquizo, Romero), y la segunda por los que la vivieron, sufriéndola de lejos o de cerca, pero sin ser participantes (Campobello, López y Fuentes, Muñoz, Magdaleno, Ferretis).
Resulta difícil señalar diferencias notables entre estos dos grupos generacionales, por lo menos en lo que se refiere a la actitud ideológica ante los hombres y los hechos de la Revolución: en general, todos tienen una actitud asombrada ‑incluso asustada, diría yo‑; un desconcierto absoluto frente a ella, sus hombres y sus correrías; un insistente empeño en recalcar las crueldades y abusos que se vivieron, así como la salvaje ignorancia de los campesinos convertidos en soldados u oficiales de cualquier bando; y, finalmente, un rechazo total a la revolución, que se manifiesta en la conclusión final de sus historias: fue un fracaso, no se cumplieron las esperanzas puestas en ella y sus generales, los jefes traicionaron a las masas, y la corrupción siguió entronizada en el gobierno.
Desde esta perspectiva, hay mucho de verdad en lo dicho por Luis Alberto Sánchez y ratificado por José Luis Martínez: “la revolución no produjo una literatura revolucionaria”.
En lo que concierne a Rafael F. Muñoz, no hay ‑supongo‑ un sólo lector extranjero que no se haya asombrado y escandalizado con la temática y los hechos de su narrativa. La crueldad, la indiferencia ante la muerte, los destinos brutalmente trágicos de los personajes, la ignorancia generalizada de saber por qué se luchaba y moría, los comportamientos nada comunes en la vida diaria, con lucha armada o sin ella, que se muestran en toda su obra, llevó a escribir, por ejemplo, a un crítico literario tan agrio como Manuel Pedro González: “la técnica del autor es de un realismo descarnado, tan crudo en las descripciones de hechos sangrientos que a veces hiere nuestra sensibilidad… la crudeza de la pintura alcanza tonos tan despiadados y sombríos que a veces ponen a prueba los nervios del lector”.

Este terrible realismo sustenta también, y de manera acentuada, a ¡Vámonos con Pancho Villa!, una novela que la crítica no ha decidido aún si es mejor, igual o menos buena que Se llevaron el cañón para Bachimba . Podría decirse que, en ambas, se da una misma preocupación temática, en la que no se ha reparado y que une a las dos novelas: la meditación, no depurada intelectualmente, sobre la fidelidad absoluta al jefe militar.
Los dos personajes principales ilustran el sentimiento de fidelidad hasta sus últimas consecuencias. Tanto Tiburcio Maya como el chico de 13 años, Álvaro Abasolo, se integran a un ejercito dominados por la personalidad del jefe. Los dos son fieles, absolutamente fieles, y la verdad es que no sé si es posible calificarla de “felicidad perruna” como lo hacía el autor.
Habría que decir de inmediato, que la fidelidad que los dos personajes muestran a sus jefes es bastante singular, incluso excepcional. Y en ambos casos, parte de un despojo violento y de un adormecimiento sentimental. El jefe, antes de fascinarlos, eleva la crueldad a proporciones desmesuradas, sobre todo en el caso de Tiburcio Maya, en que el asesinato de la mujer y la hija por Pancho Villa, para quitarle la preocupación por ellas al seguirlo, marcan la desaparición de referencias sentimentales que lo puedan querer hacer regresar o limitar la incondicionalidad hacia el jefe por tratar de conservar la vida; el hijo joven que lo acompaña, y que muere en Columbus por salvar a Villa, es una débil razón para sobrevivir, pero razón al fin y al cabo, que concluye pronto.
Sólo poco antes de ser ejecutado, Tiburcio Maya recuerda los asesinatos y odia y desea vengarse de Pancho Villa, pero no delatando, y es ahí, en esa última fidelidad, donde encuentra la fuerza de una curiosa superioridad moral sobre los soldados norteamericanos que lo capturaron pero no vencieron su integridad ni con torturas o amenazas, promesas o atenciones.
AM.MX/fm

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