CIUDAD DE MÉXICO.- Después de la caída del muro de Berlín, el marco de referencia mundial validaba el estado de derecho, la interdependencia económica, la resolución negociada y pacífica de disputas y la disolución voluntaria de la soberanía. La colectividad aceptaba este marco de referencia económico y legal y su precedencia por sobre la política, enfatizando normas y mandatos legales para dar paso a globalización, señala Philippe Waechter.
Cada país se integró a este orden internacional orden y dicha fase de globalización se dimensionó de forma positiva y permitió que el sur del hemisferio experimentara un periodo de crecimiento sostenido. La participación de las naciones emergentes en el PIB global es ahora mayor que la de los mercados desarrollados. En un lapso de 25 años, su influencia relativa se ha revertido. En el 2000, las economías avanzadas constituían 60% del PIB global (en paridad de poder adquisitivo) comparado con 40% para los países emergentes, pero para 2025, de acuerdo con datos del FMI, la proyección de esta cifra será de 60% para los países emergentes y 40% para los desarrollados, aunque China juega un papel crucial, este cambio es muy significativo.
Sin embargo, este marco de referencia se ha visto debilitado en años recientes y el fenómeno se acentuó con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. El estado de derecho ya no es la norma, y así lo hemos atestiguado con el operativo en Venezuela, independientemente de cualquier proceso legal. Las leyes internacionales se pasaron por alto y nunca se percibieron como obstáculo para dicha operación.
La interdependencia económica sigue siendo un factor válido, ya que el intercambio comercial es muy denso y con un nuevo mapa en el sector manufactura, donde China representa más del 30% de la producción global. Sin embargo, esto podría cambiar dado el anhelo de autosuficiencia al que aspira la política de EE.UU.
La resolución y negociación pacifica de disputas también se ha debilitado y el equilibrio entre economía y política se ha modificado. La política lleva ahora la voz cantante, incluso si las medidas emprendidas conllevan un sesgo económico.
Estos cambios y su aceleración son consecuencia de decisiones recientes desde Washington, que conducen a un nuevo enfoque hacia la economía y la política.
El mundo y su marco referencial se han alejado de lo que podría representarse linealmente como apego a las reglas y convenciones a un orden donde éstas ya no se perciben como respetables. China, Rusia y ahora EE.UU. se alinean con estándares definidos por sí mismos y el mundo ya no es igual, con consecuencias macroeconómicas considerables para todos.
La ruptura aún no se completa, pero un retorno al pasado parece ilusorio y las razones que provocaron el cambio del modelo económico global no han desaparecido.
La política industrial sigue siendo atractiva porque reenfoca el debate en la localización de la producción y responde a las críticas que a menudo se hacen a la globalización en términos de fuerza laboral.
Sin embargo, este enfoque proactivo en los países desarrollados aún no vislumbra un éxito total. En EE.UU. y la eurozona, la producción industrial es menos robusta que en muchas economías emergentes, sin mencionar a China. La participación de la labor manufacturera en el empleo total continúa disminuyendo. En diciembre de 2025, esta participación se encontraba históricamente en su nivel más bajo en EE.UU.
Xi, quien dio a China un rumbo político más independiente, sigue en el poder. Si Deng Xiaoping había creado las condiciones para una recuperación económica para fines de la década de 1970, Xi la transformó en una dinámica política más generalizada que no parece reversible.
Las tensiones en el sector tecnología e inteligencia artificial entre Estados Unidos y China no han desaparecido. Esto es clave para comprender las diversas disrupciones y el cambio de modelo. Estados Unidos ha perdido una forma de monopolio que China desearía aprovechar, pero el posible traspaso de poderes no se lleva a cabo sin contratiempos.
Esta heterogeneidad refleja un mundo multipolar donde cada país define sus propios objetivos y formas de alcanzarlos. El camino elegido no es aquel de instituciones internacionales sólidas.
La Casa Blanca quiere reducir el predominio de China, especialmente en las principales instituciones occidentales. A la vez, China busca establecer sus propias instituciones para reducir su dependencia de Estados Unidos, aunque aún no lo logra.
Recientemente, Washington se retiró de la cumbre sudafricana del G20 por razones extrañas, y la semana pasada, Donald Trump retiró la representación de EE.UU. de 31 organizaciones de la ONU. El intercambio y el compromiso ya no forman parte del vocabulario diplomático estadounidense.
Los puentes que las instituciones representan para contener un mundo multipolar ahora son frágiles y están debilitados. Ya no podemos dar por sentado un retorno al pasado. Debemos pensar de manera diferente.
AM.MX/fm
