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Finalmente, sólo fueron 30 los supremacistas blancos –a cambio de miles de protestantes por ese atropello a la sociedad en nombre de la libertad de expresión- que marcharon ayer frente a la Casa Blanca para conmemorar el primer aniversario de los disturbios racistas de Charlottesville. Doce de agosto de 2017: ante la pasividad policial en el violento choque entre supremacistas blancos y contra-manifestantes, pereció una mujer de piel oscura arrollada por un vehículo conducido por un neonazi. Escribía ayer Francesc Peirón, corresponsal de El País en Nueva York: “Allá en el infierno, Hitler se debe estar frotando los ojos ante el espectáculo que se avecina. Lo que él no logró con las armas y con su dictadura criminal se prevé que lo conseguirán este domingo sus cachorros neonazis. Estadounidenses de cuna, ciudadanos criados en la tierra de la democracia, el sistema que les permite gritar consignas que son amenazas para los diferentes, han recibido el permiso para ‘desfilar’ por el Lafayette Park, en el corazón de la capital federal, decisión que Trump acepta. Esto último es lo grave. No importa el fracaso de la marcha de ayer. Importa la decisión gubernamental de permitirla… Si hubiese sido Trump y no Franklin D. Roosevelt el presidente yanqui cuando Hitler lanzaba su ofensiva final en Europa, seguramente el mundo viviría ahora bajo el yugo de los perros de la esvástica. Los yanquis nazis y los nazis nazis. Hitler: el perro nazi del ayer; Trump: el perro nazi de hoy.

Ramón Márquez C.

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