fbpx

Avanzo, doy un paso más,

miro de cerca el infierno.

Muere el día de septiembre

entre la asfixia y los gritos.

Arañamos las piedras y brota sangre.

Todo el peso del mundo se ha vuelto escombro.

La palabra desastre se ha hecho tangible.

Las ruinas de México, José Emilio Pacheco

CIUDAD DE MÉXICO, 17 de septiembre (Al Momento Noticias).-  La mañana del 19 de septiembre de 1985 la Ciudad de México fue devastada por un sismo de magnitudes nunca antes registradas.

Aquel movimiento telúrico dejó alrededor de 53 mil 385 edificios dañados, 757 edificios colapsados y una pérdida de 41 mil 30 millones de pesos. La colonia Centro, en la delegación Cuauhtémoc,  fue la zona que acumuló la mayoría de los derrumbes.Sismo_85_Mexico-1

El Hotel Regis, el multifamiliar Juárez, el edificio Nuevo León en Tlatelolco, Televisa, el Centro Médico, el Hospital General, entre otros, se desplomaron.

A las 7:19 de la mañana, un sismo de 8.1 grados escala Richter sorprendió a todos los capitalinos. Muchos solo dijeron “está temblando” y continuaron su rutina. Otros más, siguieron durmiendo, quizás para nunca despertar.

Minutos después, los capitalinos vieron el resultado de la furia de la naturaleza. El horror y el miedo eran los sentimientos colectivos. Nunca imaginaron que aquel sismo iba a dejar 10, 20, 30 mil muertos. Algunos aseguran que fueron más de 40 mil las víctimas mortales.

En dos minutos de duración, que muchos sintieron como horas, solo se escucharon el estrépito de los objetos al caer al piso, el crepitar de las paredes, el estallido de vidrios, y como cámara lenta, el sordo estruendo de las construcciones que se fueron resquebrajándose sobre sus habitantes, relata Laura Emilia Pacheco.

La energía eléctrica y el servicio telefónico quedaron suspendidos, el servicio de agua también.

Tras los derrumbes, poco a poco empezaron a emerger los gemidos de auxilio, los gritos de pánico, el frenético movimiento de los sobrevivientes en medio de la desesperación.

Aquella mañana, narra Elena Poniatowska, en “Nada, nadie. Las voces del temblor”, en medio de una nube de polvo que raspaba la garganta no apareció el gobierno, aparecieron los mexicanos más pobres, vaciando las tlapalerías de picos y palas y empezaron a excavar. Los bomberos, los paramédicos, la Cruz Roja fueron más lentos que los boys scouts, más lentos que la gente que iba pasando por las calles, más lentos que la gente común y corriente que hizo largas y fuertes cadenas de brazos que quitaban, una a una las piedras para encontrar vidas entre los escombros.

De entre los escombros, hierros retorcidos y restos humanos, no solo surgieron sobrevivientes, sino quedaron al descubierto casos de corrupción y la sórdida realidad de las condiciones laborales de las costureras.

De estos hombres, mujeres y jóvenes dejaron a un lado su apatía y desinterés por el prójimo, para ayudar a rescatar vidas, destacaron los llamados “Topos”, rescatistas improvisados y voluntarios que se sometieron a peligrosas hazañas con tal de llegar hasta una persona atrapada o lo que quedaba de ella, para entregar el cuerpo a sus deudos.

Es difícil encontrar a una persona que, en ese momento, no haya prestado ayuda de una u otra forma: excavando las ruinas, preparando alimentos, repartiendo cobijas, donando medicinas, dinero, tiempo.

Uno de los primeros “topos” fue Fernando Álvarez Bravo, quien presenció el horror de la tragedia.49300_100001608702220_1027_n

Aquel jueves negro, Fernando ya estaba en su escuela. El sismo transcurrió, más nunca imaginó el daño que ocasionó aquel “manotazo telúrico”, aquel susto de cada quien se convirtió en una pesadilla colectiva conforme se dieron cuenta de la magnitud del desastre.

“Me enteré que en la colonia Roma había muchos edificios caídos e inmediatamente me dirigí para allá, ya que mi abuela vivía ahí. Pero solo pude llegar a la altura de la avenida Baja California y no se veían muchas afectaciones. Sino hasta que fui entrando a pie por Insurgentes, me di cuenta de la magnitud de los daños”, recuerda Álvarez Bravo.

“Había muchos daños en la colonia Roma”, rememora.

Ante la nula acción del gobierno, que en aquel entonces encabezaba Miguel de la Madrid, surgió la indignación social. Fernando reitera que los propios vecinos salieron con palas, picos, o con lo que tuvieran en la mano para auxiliar a las personas afectadas.

Los dueños de una ferretería donaron casi de inmediato sus herramientas, comenta.

Fernando enfatiza que el gobierno actuó tarde, pero la gente no, no solo participaron en la labor de rescate, muchos se organizaron para llevar comida, agua, ropa.

Fueron gente que apoyaron sin tener preparación alguna. Estudiantes, obreros, oficinistas, cualquier persona que se unió.

Fernando señala que el nombre de “Topos” se debe a que así las personas los empezaron a identificar por cómo se arrastraban entre la tierra y los escombros.

Alvarez Bravo primero se acercó a las ruinas del multifamiliar Juárez, donde ayudó a romper con mazos una losa para sacar a un niño de unos ocho años, quien fue rescatado después de cuatro horas de golpear el concreto entre 12 personas.

Indica que luego de terminar en lo más laborioso en las áreas más dañadas, el grupo de rescatistas improvisados decidieron seguir con su decisión altruista de ayudar a quien más lo necesite.

Así, en febrero de 1986, un grupo de 25 personas que se habían conocido en la remoción de escombros, constituyeron legalmente la “Brigada de Rescate Topos Tlatelolco A.C.”, una asociación sin fines de lucro, integrada por voluntarios que son capacitados para acudir en la atención de desastres naturales.

Este grupo altruista no recibe retribución de ningún gobierno y se mantienen de donaciones. Cada uno de los integrantes combina su labor como rescatistas y su trabajo normal.

Su labor no solo es nacional, han colaborado en países como El Salvador, Nicaragua, Haití o Japón.

Fernando recalca que la labor de “Topos” es gratuita. “Nosotros no cobramos ningún salario. No decimos es tanto por esto o por lo otro. Quizás nos pagan los viáticos y la comida o todo lo que necesitamos, pero no cobramos el servicio. Esto es completamente voluntario, por eso tenemos un trabajo en nuestra vida diaria”.

El mantenimiento de su equipo también lo realizan los propios integrantes con recursos personales.

Fernando, pese a que fue uno de los fundadores, se alejó un tiempo, pero ahora lleva 18 años sin interrupción en el grupo. Ha participado en labores de rescate en los tsunamis de Indonesia y en los terremotos de Haití y Nepal, entre otras tragedias. Estima que este grupo ha participado en apoyo de 15 países.

“Los Topos” es un grupo altamente capacitado en uso de cuerdas, primeros auxilios, protección civil, búsqueda de personas en estructuras colapsadas, entre otros ejes.

Para ser miembro de este grupo se debe ser mayor de edad, contar con escolaridad mínima de preparatoria, tomar un curso propedéutico de cinco semanas que consta de ejercicio físico y prácticas de primero auxilios y manejo de cuerdas.

Para equiparse, los integrantes necesitan invertir unos 10 mil pesos, entre casco, arnés, uniforme, lámparas de casco, brújula, mochila, bolsa de dormir, entre otros accesorios.

Lamentablemente, este grupo también enfrenta el problema de la piratería. Se han registrado casos en que grupos ajenos utilizan el nombre de “Topos” para solicitar donaciones.

AMN.MX/dsc/bhr

Comentarios

comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *