fbpx Todo lo que siempre quiso saber de los transgénicos (pero tuvo miedo de preguntar)

I        HASTA EN LA SOPA… 

Tarde de viernes, al fin… Joaquín ha tenido una semana agotadora y se ha ganado una buena recompensa, y para eso nada mejor que una buena cerveza fresca, por lo que convoca a los compañeros de la oficina a ir a la cantina a sacar el estrés.

Ya instalados a la mesa, se sirve la primera ronda de espumosos tarros de cerveza bien fría. El mesero acerca la sal y limones, todos se arman bebida en mano y alzan su tarro para hacer el ritual brindis. La ceremonia se declara abierta y ahora sí que vengan botanas y dominó, que es hora de relajarse y pasar un buen momento… Hasta ahí, todo muy bien, pero lo que ni Joaquín ni sus oficinescos contertulios alcanzan a sospechar es que indirectamente acaban de introducir a sus organismos un alimento genéticamente modificado, esto es, un transgénico…

Laura pasa por el pasillo de las pastas en el súper y lleva varios paquetes de la sopa de fideos que tanto le gusta a su hija.

Al llegar a casa, se apresura a preparar la comida y en solo unos cuantos momentos le sirve la sopita caliente a su pequeña, que la paladea gustosa mientras Laura la mira con orgullosa satisfacción, sin imaginar, tampoco en este caso, que acaba de dar a su hija un alimento transgénico…

II       ALIMENTOS TRANSGÉNICOS, ¿QUÉ SON?

Los alimentos transgénicos son aquellos que han sufrido alguna manipulación o modificación en su estructura celular por medio de procesos científicos.

La ingeniería genética, rama de las llamadas biotecnologías, es un área relativamente nueva del conocimiento científico a nivel mundial. Por medio de complejos procedimientos de laboratorio se ha logrado la manipulación en los genes de diversos seres vivos en busca modificar su estructura celular a fin de  obtener nuevas especies con características específicas. Con ello se pretende que el producto resultante sea más resistente a enfermedades o plagas, que se desarrolle más rápidamente y a menor costo, e incrementar su producción.

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Elena Álvarez Buylla, investigadora del Instituto de Ecología de la UNAM y miembro del Consejo Directivo de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad. Foto: Sitac

Sin embargo, desde su introducción en el mercado —hacia finales de la década de los años 80— los alimentos transgénicos han suscitado fuertes debates entre quienes afirman que se trata de la alimentación del futuro, capaz de brindar seguridad alimentaria a una creciente población mundial en un medio ambiente cada vez más complicado por el calentamiento global; y entre quienes ven en ellos una fuente de enfermedades y contaminación ambiental, así como la amenaza latente de un control de la producción de alimentos por parte de grandes empresas trasnacionales.

“Las alimentos transgénicos son hechos con base en plantas o eventualmente de animales transgénicos. Las plantas son básicamente dos: las que son resistentes a insectos, que expresan en todas sus células una proteína cry, que originalmente fue sacada del Bacillus thuringiensis, que destruye los tejidos del tracto digestivo de los insectos. Las otras plantas son las que expresan una proteína que las hace tolerantes a un herbicida, que es el glifosato”, explica la doctora Elena Álvarez Buylla, investigadora del Instituto de Ecología de la UNAM y miembro del Consejo Directivo de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad, una de las voces más reconocidas dentro del ámbito académico sobre transgénicos.

“Los cultivos transgénicos son aquellos a los que mediante biotecnología moderna se ha transferido ADN que confiere características deseables específicas, como la resistencia a plagas y tolerancia a herbicidas o la capacidad de sobrevivir en terrenos difíciles”, señala por su parte la página web de Monsanto, la empresa líder a nivel mundial en comercialización de semillas transgénicas.

III      ¿MALDICIÓN O MANÁ?

El aumento de la población y el cambio climático global constituyen factores de presión sobre la producción de alimentos a escala mundial. Proporcionar comida suficiente y de calidad a los más de 7 mil 200 millones de seres humanos que habitan actualmente el planeta es una empresa que dista mucho de ser sencilla.

En un esfuerzo por proveer de seguridad alimentaria al mundo, en la década de los años 40 del siglo XX dio inicio lo que más tarde se dio en llamar la “Revolución Verde”, que consistió en el cruce selectivo de diversas plantas con la finalidad de desarrollar especies mejoradas. Esto trajo como consecuencia un significativo aumento en la producción de cultivos. En la India, amenazada por la hambruna a inicios de los 60, las nuevas técnicas contribuyeron a un sustancial aumento de la producción agrícola y el país pasó incluso a convertirse en exportador de arroz.

Décadas más tarde, el desarrollo científico lleva a descifrar el código genético de los seres vivos, lo que tiempo después conduce al desarrollo de la ingeniería genética, la cual es capaz de crear un organismo genéticamente modificado, diseñado en laboratorio.

Estas técnicas, conocidas como biotecnología, comenzaron a aplicarse en los cultivos de ciertas especies, a fin de potenciar la producción de alimentos, con mayor resistencia a plaguicidas y a menores costos: los alimentos transgénicos.

“Mientras el mundo se enfrenta a una creciente demanda de alimentos, de fibra y energía, un cambio climático y recursos naturales cada vez más limitados parecen sugerir un futuro frío y sombrío. Sin embargo, mediante los desarrollos sustentables en la agricultura de todo el mundo el cuadro parece muy diferente”, agrega Monsanto en su sitio de internet.

La compañía ofrece un futuro libre de amenazas alimentarias por medio de la hipertecnificación del campo, del que se obtendrán productos a menores costos, resistentes y totalmente saludables para el consumo humano. Ese porvenir ideal, sin embargo, es severamente cuestionado por diversas voces, que ven en los alimentos transgénicos una amenaza a la salud humana, al medio ambiente y a la soberanía de campesinos y naciones enteras.

IV       PERO, ¿SÍ SON SEGUROS…? 

Aunque no es la única empresa en este mercado, la estadounidense Monsanto es la compañía líder a nivel global en el desarrollo de semillas y productos transgénicos, lo que la hace la más visible públicamente.

Respecto a sus productos, la firma asegura:

Los cultivos genéticamente mejorados con biotecnología y los alimentos producidos de ellos se han comercializado y consumido de manera segura por más de 18 años y a la fecha no se ha reportado ningún incidente relacionado que impacte la salud humana y animal en 63 países que los consumen. Estos productos han sido sujetos a numerosos estudios científicos y pruebas de inocuidad, y antes de salir al mercado son evaluados y autorizados bajo un marco regulatorio estricto a nivel internacional y nacional”.

greenpeaceEstas afirmaciones, empero, han sido puestas en tela de juicio por diversas organizaciones e investigadores.

“El uso de transgénicos, en particular de las semillas, de las principales semillas que se localizan alrededor del mundo y que se han manipulado genéticamente por parte de la industria de transgénicos como Monsanto, Pioneer, Syngenta, Bayer y Dow Agroscience, ha sido una tecnología que se ha cuestionado bastante por el receptor científico independiente”, afirma Aleira Lara, coordinadora de la campaña de agricultura sustentable y transgénicos de la organización no gubernamental Greenpeace.

Por su parte, la doctora Elena Álvarez-Buylla expone: “Aunque se piensa que (la bacteria cry) es inocua, conforme van avanzando los datos epidemiológicos, sobre todo en Estados Unidos, se están empezando a ver una gran cantidad de alergias raras en niños y se empieza a sospechar que podría ser la acción de este tipo de proteínas”, afirma.

Más aún, el biólogo molecular francés Gilles-Eric Seralini, director del Comité de Investigación e Información sobre Ingeniería Genética, de Francia, y consultor de la UE sobre transgénicos, cuyos estudios sobre organismos genéticamente modificados (OGM) están avalados por las tres revistas científicas más prestigiosas de Estados Unidos, asegura tajantemente: “Sabemos que el cáncer, las enfermedades hormonales, metabólicas, inmunitarias, nerviosas y reproductivas están relacionadas con los agentes químicos que contienen (los OGM)”.

Y añade: “Para saber si los OGM son tóxicos se hacen las mismas pruebas en todo el planeta: se les dan a las ratas dos dosis de maíz transgénico durante  tres meses y se les hacen dos análisis de sangre, a las cinco semanas y a los tres meses. Los resultados fueron: aumento de grasa en la sangre (del 20% al 40%), de azúcar (10%), desajustes urinarios, problemas de riñones y de hígado, precisamente los órganos de desintoxicación”.

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Un estudio reciente advierte que 70% de las ratas y 50% de los ratones murieron prematuramente cuando fueron alimentados con semillas genéticamente modificadas. La mayoría por tumores cancerígenos.  Lea más aquí 

Al respecto, Aleira Lara secunda: “Hay estudios que se han hecho en mamíferos, especialmente en ratas y conejos alimentados con maíz transgénico, que han demostrado afectaciones en hígado, riñones, páncreas, en el aparato reproductivo incluso. En la cuarta y quinta generaciones de haber consumido maíz transgénico se documentó la reducción del número de crías de manera considerable”.

Monsanto insiste en que la inocuidad de los transgénicos está demostrada: “Las evidencias mostradas en más de 18 años de siembra comercial, 30 países que los cultivan y 63 países que los consumen, es que los alimentos derivados de cultivos genéticamente mejorados con biotecnología son seguros para su consumo humano y animal. No se ha demostrado ni un solo caso que demuestre científicamente que hay algún daño humano o medioambiental”.

No obstante, las pruebas para determinarlo tampoco son concluyentes.

“La industria dice de manera simplista que si alguien come un producto transgénico no inmediatamente va a caer enfermo, y esto es verdad, no es, desafortunadamente, inmediato el impacto que puede tener su consumo, es a largo plazo, como lo demostró la Universidad de Viena, que se ven resultados hasta la cuarta y quinta generaciones”, afirma Lara.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) expone en su página de internet: “La FAO apoya un sistema de valoración basado en principios científicos que establezca los beneficios que aporta y los riesgos que supone cada organismo genéticamente modificado”.

El problema, a decir de Seralini, es de tiempo. “Los expertos pedimos dos años de pruebas sobre animales en laboratorio, tal como se hace con los medicamentos, pero entonces los OGM no son rentables. Hay un gran combate político y económico sobre este tema, y hay que decírselo a la gente: no nos frutas_verduraspermiten ver esos análisis de sangre ni conseguimos hacer las pruebas más allá de tres meses”.

En otro punto, agrega: “Lo que decimos es que hay que seguir probando, primero en animales de laboratorio, luego en los de granja y más tarde en humanos, como con cualquier fármaco (…) La industria ha admitido que no se ha hecho ninguna prueba sanguínea de más de tres meses para comprobar cómo afectan los transgénicos a los animales (…) El problema con los transgénicos es que han dado el salto del laboratorio al supermercado sin las pruebas ni los plazos adecuados”.

Según la doctora Álvarez, con los alimentos transgénicos podría ocurrir lo mismo que con los cigarrillos, que pasaron décadas para que se establecieran sin lugar a dudas sus efectos nocivos. “Todo esto está en investigación porque son impactos crónicos que no se presentan (de inmediato). Esto es como el cigarro, que se tardó años en saber que una de cada dos personas que fuman mueren”.

Aún más, los opositores a los transgénicos alegan también que el cultivo de estos significa una fuente mayor de contaminación ambiental, que se expresa en dos vertientes principales: la contaminación de los suelos, por efecto de los productos químicos que se utilizan, y a los cultivos tradicionales, a causa de la cruza de semillas convencionales con las genéticamente modificadas.

Desde la perspectiva ambiental, los cultivos genéticamente modificados con biotecnología han ayudado a preservar la flora, fauna y el agua en más de 120 millones de hectáreas no agrícolas conservadas hasta 2012. Asimismo, han promovido el uso racional de productos de protección de cultivos, reduciendo el uso de casi 500 mil toneladas de plaguicidas. Adicionalmente, han contribuido a disminuir el impacto de la agricultura en el calentamiento global al reducir el uso de maquinaria, combustibles y la remoción de suelos. Desde 1996, estos cultivos han evitado la emisión de 27 millones de toneladas de CO² (dióxido de carbono), equivalentes a sacar casi 12 millones de automóviles de circulación”, argumenta Monsanto.

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Los organismos geneticamente modificados (OGM) han empezado a generar nuevos problemas para el medio ambiente y obviamente para los productores con la creación de supermalezas y superinsectos.

A ello, Greenpeace responde: “Se proponía que en materia de medio ambiente los cultivos transgénicos iban a traer ventajas. Las dos variedades con las que se está presionando a los gobiernos para que implementen estas semillas es una que produce su propio insecticida, es la semilla BT, Bacillus thurgeniensis, que contiene una bacteria insecticida y le da la capacidad a la planta de producir insecticida y de impactar inmediatamente en las plagas, y la otra que es la variedad a la que se le da la resistencia a grandes cantidades de herbicida. No han logrado su meta, (pues) han empezado a generar nuevos problemas para el medio ambiente y obviamente para los productores con la creación de supermalezas, superinsectos, a causa de la resistencia que generaron ante las toxinas de estos cultivos genéticamente modificados”.

Otro aspecto es la contaminación de las plantas nativas. El mayor problema estriba en que los cultivos transgénicos desprenden su propio polen, el cual se impregna en los convencionales y les hace perder su capacidad reproductiva, por lo que al paso del tiempo se convertirán en especies amenazadas, hecho que supone un gravísimo daño a la biodiversidad.

En ese sentido, la FAO ha establecido: “De todos los recursos de la Tierra, la biodiversidad para la alimentación y la agricultura es uno de los más importantes”.

Aleira Lara, de Greenpeace, advierte: “Es imposible que coexistan variedades transgénicas y variedades convencionales orgánicas o nativas”.

Por su parte, Gilles apunta: “Cuando en un territorio hay un 10% de campo cultivado con transgénicos, ya no lo puedes detener. Una vez que sueltas algo en el medio ambiente por definición no puedes confinarlo. No puedes poner puertas al campo. Y no son sólo los insectos. Es suficiente que se mezclen las semillas en los silos, con la maquinaria (…) Es incontrolable”.

Lo grave para México es que esta situación ya está en casa. “De Estados Unidos han llegado contaminaciones vía polen y vía semillas de estos transgenes recombinantes y además patentados, y se pueden ir introduciendo a las variedades nativas y acumulando, recombinando, y ni siquiera podemos enumerar cuáles van a ser las consecuencias, pero sin duda algunas van a ser muy negativas”, comenta la doctora Álvarez, para quien el problema es mayúsculo, toda vez que entraña una grave amenaza para el maíz.

V        LA DEFENSA DEL MAÍZ

Popol Vuh“De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en la carne de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados…”.

Con esta alegoría explica el Popol Vuh, el Libro Sagrado de los mayas, la creación del hombre. No es sólo una metáfora, es una reiteración de que en México y buena parte de América el maíz es no únicamente alimento, sino parte indisoluble del ser humano, de su cultura: es su propia carne.

Y México es cuna del maíz. “Todo el territorio nacional es centro de origen y de diversificación del maíz”, asegura la doctora Álvarez Buylla.

Y precisamente ese maíz, hoy, enfrenta un grave riesgo: Monsanto tiene dentro de sus proyectos a futuro la siembra de maíz transgénico en México.

“En adición a las mejoras del portafolio actual de productos, tenemos planes de comercializar maíz genéticamente mejorado con biotecnología, una vez que este sea autorizado por las autoridades mexicanas”, comenta la empresa.

El primer riesgo que se observa en ello es la contaminación de las especies nativas. “Si sustituyéramos el maíz de alta calidad que todavía se consume a buen nivel en México, porque 75% del maíz para consumo humano todavía lo producen los campesinos, va a ser terrible.

“El sustituir un maíz con alto contenido de antioxidantes, en el caso de maíces azules, rojos, etcétera, pero todos ellos con mucho mayor número de proteínas y fibras, por un maíz de baja calidad y que está mucho más contaminado por las toxinas y con un impacto en producir una respuesta glicémica, que es previo a la eventual aparición o prevalencia del desarrollo de la diabetes, (es) un impacto en salud adicional”, afirma la doctora Álvarez.

Según la Ley de Bioseguridad de Organismos Genéticamente Modificados, corresponde a las secretarías de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) y a la de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa) emitir los permisos para la liberación experimental, en programa piloto o comercial, así como la importación, de organismos genéticamente modificados.

Sin embargo, la científica advierte que esa ley es “muy carente”, pues aunque tenía “un instrumento muy útil de seguridad que es el Régimen Especial de Protección del Maíz”, este fue modificado el 6 de marzo de 2009 por un decreto del entonces presidente Felipe Calderón, relegándolo a un instrumento de carácter no jurídico y por lo tanto no obligatorio.

La eliminación del régimen “demuestra la incapacidad de las autoridades para hacer frente a la liberación al medio ambiente de variedades de maíz transgénicas”, declaró en su momento Aleira Lara, de Greenpeace.

Más aún, la doctora Álvarez añade: “Hay organismos en México que están aprobando el consumo de ciertos transgénicos para los cuales ya hay suficiente evidencia de que pueden tener un impacto negativo en la población y sobre todo siendo un alimento tan importante, no solamente para la alimentación de los mexicanos, que todos comemos tortillas prácticamente todos los días de una manera directa, y ahí hay una implicación en salud muy seria”.

La académica señala a la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris) como la instancia que da ese aval, pero además lamenta que un organismo como la Comisión Intersecretarial de Bioseguridad de los Organismos Genéticamente Modificados (Cibiogem), en vez de salvaguardar la bioseguridad del país, “está siendo como el promotor de las grandes empresas con una persona a la cabeza que ha sido tremendamente cuestionada desde el punto de vista ético, desde el punto de vista científico”, en referencia a Sol Ortiz García, la secretaria ejecutiva de la Cibiogem.

VI       TRANSGÉNICOS O NO TRANSGÉNICOS, HE AHÍ EL DILEMA

La ciencia y la tecnología en el siglo XXI son cosa de todos los días. A diario convivimos con ellas en casi cualquier ámbito de la vida cotidiana, por lo que en primera impresión resulta lo más natural que también se encuentren integradas, como de hecho lo están, no sólo en la agricultura sino en toda la cadena de producción de alimentos.

Y los transgénicos son resultado del conocimiento científico.

Empero, un problema salta a la vista: la seguridad de tales alimentos no parece estar del todo garantizada, pues hasta el momento no hay pruebas concluyentes ni de su inocuidad ni de sus riesgos, aunque hay evidencias que podrían advertir de graves riesgos, lo que sugiere que aún hace falta mayor investigación científica para lograr una certeza.

maiz_transgenico_mexico2Los expertos de la FAO señalan que se debe adoptar un sistema que aborde caso por caso las preocupaciones relativas a la bioinocuidad de cada producto o proceso antes de su distribución; que es necesario valorar los posibles efectos sobre la biodiversidad, el medio ambiente y la inocuidad de los alimentos y evaluar en qué medida los beneficios del producto o proceso superan los riesgos que entraña.

Científicos alrededor del mundo firmaron una carta en 1999 dirigida a los gobiernos en la que advertían que la información a los OGM era insuficiente y pedían un plazo de cinco años para generar mayores datos antes de liberarlos al medio ambiente. En 2013 esa carta fue refrendada por ese grupo de científicos, toda vez que la investigación científica sobre los organismos genéticamente modificados ha sido más lenta de lo esperado.

Ante ello, los consumidores tienen la opción de presionar a los gobiernos para pedir más investigación científica de alto nivel, lo que significa que se dedique un presupuesto suficiente al tema, y que se haga exigible a las empresas que hagan públicos todos los datos que sus investigaciones hayan generado. Si no hay nada que esconder, la liberación de esa información contribuiría a generar confianza entre la comunidad científica y el público en general sobre el consumo de los alimentos transgénicos, lo que a su vez redundaría en beneficio de esas mismas compañías.

Otra alternativa por ahora sería evitar, o por lo menos limitar, el consumo de  productos elaborados a partir de OGMs. Greenpeace publica en su página web una guía titulada “¿Y tú sabes lo que comes?”, en la que enlista una serie de alimentos transgénicos como, entre otros, aceites de cocina, sopas, cereales, lácteos y… sí, cerveza… esa que Joaquín y compañía disfrutan con tanto deleite…

Para la elaboración del presente trabajo se intentó consultar a la secretaria ejecutiva de la Cibiogem, doctora Sol Ortiz García, pero no estuvo disponible para dar  su opinión.

AMN.MX/rm/jmg/

http://www.almomento.mx/

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