TEXTOS EN LIBERTAD: José López Portillo y el Templo Mayor

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José Antonio Aspiros Villagómez

En 2018 se cumplen 40 años de que fue descubierto en el corazón de la Ciudad de México el monolito que representa a Coyolxauhqui, una deidad azteca en torno de la cual hay toda una dramática leyenda.

 

El hallazgo tuvo lugar en donde estuvo el principal edificio del centro ceremonial de Tenochtitlan y gracias a ello dio inicio el Proyecto Templo Mayor (PTM) que brindó a este tecleador, como reportero de la agencia Notimex, el privilegio de ser testigo de las excavaciones.

 

Se trató de un programa arqueológico que hasta la fecha ha tenido varias etapas y merced a ello esa zona del actual Centro Histórico de la capital del país se ha transformado para permitir que convivan la arquitectura y la historia de las dos principales culturas constitutivas de la estirpe mexicana: la prehispánica con toda su grandeza, y la virreinal, dominada por esos invasores que, debido al mestizaje, también son nuestros ancestros.

 

El hallazgo de la diosa de los cascabeles en la cara tuvo lugar el 24 de febrero de 1978 y si los trabajos para su rescate llegaron tan lejos que en medio de la polémica fue necesario afectar algunos edificios antiguos del rumbo, se debió a que el presidente de la República era entonces José López Portillo (JLP).

 

Hay que explicar esto. Juicios aparte sobre su papel como gobernante, JLP fue un hombre culto – citaba frases de los clásicos, daba respuestas eruditas y era escritor él mismo- y, sobre todo, tenía un espíritu nacionalista. Después de él llegó la globalización ya sin casta ni fronteras.

 

Es altamente probable que, puestos en la misma circunstancia, ninguno de sus seis sucesores en la máxima magistratura hasta la fecha, hubiera dado la debida importancia a la necesidad de rescatar aquellos vestigios de una de las principales civilizaciones del mundo. Acaso haya que recordar que fueron Mesoamérica y los Andes, los grandes escenarios del progreso en América.

 

Suponemos lo anterior, porque tuvo mucho de cierto aquello que dijo alguna vez JLP: que él era probablemente “el último presidente de la Revolución (mexicana)”, en referencia al fin del nacionalismo que caracterizó a una etapa -la más prolongada- de los gobiernos emanados del PRI.

 

Y como ese nacionalismo, hoy repudiado y calificado de “trasnochado” por los tecnócratas en el poder, se expresó de manera destacada en la educación y la cultura (la innegable y hoy revisada ‘historia oficial’ y el muralismo en edificios públicos son ejemplos respectivos de ello), JLP fue el último gobernante que hubiera podido decir -como lo hizo cuando visitó el sitio del hallazgo el 28 de febrero de 1978- “exprópiese, tírese y que surja el pasado de México”.

 

Una decisión que explicó cuando aún era presidente, en el prólogo que hizo para el lujoso libro El Templo Mayor (1981) editado por el Bancomer de Manuel Espinosa Yglesias antes de la nacionalización de la banca.

 

A través de la Fundación Amparo Rugarcía de Espinosa, constituida en memoria de su esposa, Espinosa Yglesias también aportó dinero para “las excavaciones, la adquisición de edificios y los trabajos de restauración del Centro Histórico de las Ciudad de México”, según menciona el citado libro. Luego vino la expropiación de los bancos que, según trascendió, afectó la salud del empresario.

 

“…sentí pleno y redondo el poder… yo tenía el poder para rescatar el espacio y redimir tiempos nuestros… tal vez no habría otra oportunidad”, escribió JLP en esa obra y lo reiteró en sus memorias Mis tiempos. Su decisión fue poner “junto a la plaza donde está el templo del crucificado (la catedral metropolitana), el de la descuartizada”, en referencia a Coyolxauhqui, quien según la leyenda fue desmembrada por sus hermanos cuando quiso eliminar a su madre Coatlicue.

 

Así que López Portillo “simplemente” dijo: “exprópiense las casas. Derríbense. Y descúbrase, para el día y la noche, el Templo Mayor de los aztecas”, según remata el prólogo aludido.

 

Esa disposición generó una polémica entre intelectuales y reacciones de los propietarios de los inmuebles en riesgo, y por lo pronto el primer edificio sacrificado -y muy sentido- fue el de la Librería Robredo, donde muy probablemente JLP compraba libros cuando era estudiante de Derecho pues, como también reconoció, aquel “era mi barrio” (ahí estuvo el barrio universitario hasta mediados del siglo XX) y “mil veces (pasó) por edificios, cafés, billares, cantinas y pasajes”. (Continuará).

 

PS: Dos de los libros de este tecleador (Los dioses secuestrados y 25 años en la información) y su tesis sobre el contexto histórico y geográfico de las agencias de noticias, ya se pueden leer completos en el sitio digital de la Academia Nacional de Historia y Geografía, de la cual es académico de número (https://www.anhg.org/publicaciones). Pronto estará también la serie de artículos “1968”, sobre los principales sucesos de hace medio siglo.

 

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