fbpx Tepuyes, el verdadero mundo perdido | Almomento | Noticias, información nacional e internacional

CIUDAD DE MÉXICO, 29 de septiembre (Al Momento Noticias).- Los tepuyes del sur de Venezuela, montañas con paredes verticales y cumbres planas, otra muestra más de la belleza exuberante de nuestro planeta, la mayor parte de esas maravillas naturales nunca ha sido visitada debido a su poca accesibilidad.

Los tepuyes son mesetas especialmente abruptas del Escudo guayanés en Sudamérica, que se encuentran puntualmente en Venezuela. Elevándose por encima de un bosque circundante, los tepuyes tienen escarpes casi verticales, y muchos de ellos se elevan a más de mil metros por encima de la selva. Y aunque los tepuyes parecen desiertos, en realidad ofrecen una biodiversidad impresionante y única: alrededor de un tercio de las especies de su flora no se encuentra en ninguna otra parte del mundo.

Las paredes casi verticales y el denso bosque tropical a su alrededor los hace inaccesibles para exploradores a pie. Así, se puede alcanzar caminando sólo tres montañas de la región Gran Sabana, -entre ellas el tepuy más accesible, el monte Roraima, de 2 mil 180 metros de altura-, dividida entre Venezuela, Guayana y Brasil.

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Se considera que más del 90% de los tepuyes no ha sido pisado por el hombre, escondiendo misterios y una gran cantidad de especies biológicas aun sin descubrir. Tanta inaccesibilidad y misterio han dado lugar a leyendas e incluso inspiraron a artistas. Se cree que precisamente el monte Roraima –con sus pequeñas cascadas y depósitos naturales de cuarzo, su vegetación frondosa, cuevas y lagos- inspiró la novela “El mundo perdido“, de Arthur Conan-Doyle.

 

El 2 de agosto de 1498, en su tercer viaje, Cristóbal Colón dejó atrás la isla de Trinidad y, poco después, atravesó la desembocadura del río Orinoco y desembarcó en una tierra desconocida. Había descubierto Venezuela, y, además, se convertía en el primer europeo en poner pie en la América continental, ya que en sus dos viajes anteriores sólo había descubierto islas caribeñas, señala Marcelo Dos Santos en un artículo especial para Axxón.com.

Al año siguiente, Alonso de Ojeda y Américo Vespucio recorrieron parte del nuevo país. Sorprendidos por las casas de los aborígenes, construidas sobre pilotes al modo de los palafitos europeos y viendo que los habitantes iban de casa en casa navegando en canoas, decidieron bautizar el país con el nombre de “Venezuela”, es decir “Pequeña Venecia”. Dicho sea de paso, el nombre de pila del segundo de ellos pasó a designar el continente completo.

Sin embargo, durante más de tres décadas el interior de Venezuela permaneció como Terra Incognita: recién en 1531, Diego de Ordaz recibió la orden de conquistar la zona comprendida entre el río Marañón y la Sierra de Imataca. Así comenzaron las incursiones europeas en lo que conocemos como “Guayana Venezolana”, origen del actual estado venezolano de Bolívar.

Al sur de Venezuela, hacia las actuales fronteras con Brasil y Guyana, los españoles descubrieron una interminable planicie salpicada de montañas a la que llamaron Gran Sabana.

Parte de ella estaba habitada por un pueblo aborigen de etnia caribe que se llamaba a sí mismo “pemón”. Los indígenas mostraron a los conquistadores las extrañas formaciones que punteaban la sabana, y, sin poder creer en lo que veían, los europeos preguntaron cómo se llamaban: tüpü, les contestaron, que en pemón significa “montaña”. El vocablo fue adaptado como tepuy, y así se conoce mundialmente hoy a estas impresionantes estructuras geológicas, únicas en el planeta.

Un tepuy es una montaña plana, que se alza aislada en medio de la planicie, proyectándose varios miles de metros por sobre la selva circundante. Las paredes son casi totalmente verticales, y la cima —aunque no en todos los casos— se destaca por su casi perfecta horizontalidad. Algunos de ellos se encuentran también de los lados brasileño o guyano de las fronteras.

Su singularidad más impresionante es su aislamiento: en efecto, los tepuyes tienden a encontrarse solos, de modo tan antinatural que causan una extrañeza muy particular al contemplarlos. Consultados los pemones acerca de la naturaleza de estas extraordinarias estructuras, respondieron relatando uno de sus mitos de creación:

“El primer pemón, Makunaima, y sus compañeros, comían y bebían del árbol mágico Wazacá, pero un día Ma´nápe decidió cortarlo y echarlo abajo.

Akuli el agutí, muy inteligente, se negó, ya que el árbol proveía todo lo necesario para la subsistencia. “¡No lo hagas! No sólo perderemos sus dones, sino que una gran inundación arrasará la Tierra…”.

tepuyes2Como Ma´nápe era obcecado, desoyó los consejos del agutí y, empuñando su gran hacha se dirigió a talar el árbol, pero la misma rebotó inofensivamente sobre el duro tronco. Por medio de un hechizo, ablandó la corteza, con lo que pudo al fin hundir el filo en la sagrada madera.

Akuli, viendo que el otro no le hacía caso, intentaba reparar con cera las heridas del tronco, tratando de evitar la inundación, canturreando su ensalmo para ablandar el recio árbol.

Pero los demás pemones, decididos a evitar que acabara su tarea, volvieron al árbol duro de nuevo con un contrahechizo, pero en esta feroz lucha terminó venciendo el leñador. El árbol de la vida se derrumbó con estrépito sobre la tierra. Del tocón mutilado hundido en tierra se formó, pues, el gigantesco tepuy Roraima, en cuya cima viven los espíritus malignos. Del tronco cortado salió una gran agua que inundó la Tierra entera, y así, por la maldad de Ma´nápe y tal cual Akuli lo había predicho, los pemones asistieron al alzamiento del primer tepuy y todos los hombres padecieron la Gran Inundación”.

Como se ve, la tradición pemón une en uno solo el mito de la creación de las montañas con el del Diluvio, y esto es interesante si nos atenemos a la historia geológica de los tepuyes.

Se trata de las tierras emergidas más antiguas de la Tierra, únicos sobrevivientes del terreno precámbrico que formó la superficie de la historia primitiva de nuestro planeta.

El Precámbrico representa la primera era geológica conocida: comenzó hace unos 3.800 millones de años con la formación de las primeras rocas y concluyó hace 542 millones con la explosión de la vida en el Fanerozoico. Como se ve, es el período más largo de la historia de la Tierra, durante el cual la forma de vida más evolucionada fueron algunas bacterias y algas unicelulares en el mar.

En aquellos tiempos, los continentes estaban amontonados cerca de un polo, y por supuesto que la vida no había colonizado aún la tierra firme. La mayor parte de los terrenos precámbricos están formados por arenisca (hecha a su vez de cuarzo y feldespato, los minerales más abundantes en la corteza terrestre), por lo que los tepuyes están constituidos, precisamente, de arenisca.

De los 115 tepuyes presentes en la Gran Sabana se desprende que el nivel de sus cimas era el nivel verdadero del terreno en el Precámbrico. La erosión, primordialmente la ácuea, hizo el resto. Desgastó el material en los sitios de menor dureza (la mayor parte), dejando sólo los fragmentos más duros (los tepuyes sobrevivientes). Esa misma erosión desgastó las paredes de los tepuyes, dejándolas increíblemente lisas, y aislando la superficie superior de la selva que la rodea de modo tan efectivo como si la gigantesca montaña hubiese sido transportada a Marte.

Como se comprende, ello ha tenido un enorme impacto en la evolución de la fauna y la flora de las superficies superiores de los tepuyes.

En 1912, el célebre autor de las historias de Sherlock Holmes, Sir Arthur Conan Doyle, leyó reportes sobre los tepuyes venezolanos, y se decidió a escribir su famosa novela Lost World (“El mundo perdido”), que trata acerca de una expedición a la cima de una de estas montañas.

Allí, aislados del resto de Venezuela desde hace miles de millones de años, los protagonistas encuentran un Parque Jurásico en perfecto estado operativo: una planicie elevada poblada de dinosaurios, homínidos prehumanos y una maligna raza de hombres-mono.

La inexactitud científica es evidente (los homínidos nunca convivieron con dinosaurios, tepuy o no tepuy), pero el concepto tiene mucho que ver con lo que sucedió en realidad.

Los tepuyes más antiguos tienen de 1.800 a 1.600 millones de años de antigüedad. “Eso es el triple de la mayor antigüedad conocida de cualquier fósil macroscópico”, apunta Bruce Means, director de la ONG Planicies Costeras y profesor de biología en la Universidad de Florida. Como hemos dicho, son las tierras emergidas más antiguas del mundo, pero además, han estado completamente aisladas durante ese inconcebible período. “Aunque no soy geólogo, la geología de estos tepuyes es determinante para su biología. Eso me llevó a trabajar en los aspectos evolutivos de los mismos”.

A todos los efectos prácticos, las cimas de los tepuyes configuran el archipiélago más aislado de la Tierra, más aún que la Isla de Pascua, la tierra firme más lejana de cualquier otra tierra firme.

tepuyes1Por eso es que Means afirma: “Estuve en las Galápagos, y estas planicies de gran altitud son al menos tan buenas como ellas en términos de actividad arqueoevolutiva. Pero lamentablemente tienen muy poca prensa en la comunidad científica y entre el público en general”.

Es que era muy difícil que unas estructuras tan aisladas y ubicadas en regiones tan remotas se convirtieran en populares. Hoy en día (fines de 2007), el 95% de los tepuyes no han sido escalados y no conocen el contacto de los pies humanos. Es cierto que algunos han sido visitados mediante avión, globo o helicóptero, pero se puede decir que, en su conjunto, permanecen tan inexplorados como un planeta extrasolar (porque sabemos mucho más de los planetas y satélites de nuestro sistema que sobre los tepuyes). Las zonas de Venezuela, Brasil, Surinam y Guyana donde se hallan los tepuyes están muy mal relevadas, carecen casi por completa de mapas y por supuesto no hay caminos.

Esta circunstancia ha beneficiado a los ecosistemas de los tepuyes, completamente divorciados de los de las junglas circundantes y, además, totalmente diferentes los unos de los otros. Los únicos parecidos que se encuentran entre ellos provienen de las especies vegetales cuyas semillas son transportadas por los pájaros.

Las diferencias entre cima y base se generan, también, por los diferentes climas: mientras que al pie de los tepuyes se registra un clima tropical, húmedo y caluroso, las superficies superiores sufren temperaturas frías con lluvias abundantes.

En las cimas de los tepuyes escasean los nutrientes, lo que ha llevado a la evolución de numerosas especies de plantas carnívoras. Abundan las orquídeas y muchos tipos de bromeliáceas, y la vida animal ha seguido un curso tan diferente al del piso del bosque que casi todas las especies son exclusivas de los tepuyes y aún de ese tepuy en particular. En la cima del Roraima (uno de los tepuyes más caracterizados) se ha descubierto en 2006 una especie de rana que solamente está emparentada con una especie africana, claro indicio de que la misma quedó aislada de su prima al fragmentarse el terreno cuando ambos continentes estaban aún unidos. Pero la relación entre ambas no está clara, porque ambas especies habitan tierras precámbricas, que se separaron cuando, como dijimos, la vida aún no había colonizado el suelo seco: uno más de los misterios con que nos asombran los tepuyes.

Las enormes moles de los tepuyes están horadadas por miles de túneles excavados hace eones por ríos subterráneos. Los techos de muchos de ellos han colapsado dejando grandes pozos de cientos de metros de diámetro y hasta 500 de profundidad, con paredes tan lisas e imposibles de escalar como la del tepuy en sí. Estos pozos se han convertido en ecosistemas aislados incluso de los del resto de su propio tepuy, verdaderas “islas dentro de islas” donde el Hombre ni siquiera ha penetrado jamás. Las especies que allí habitan han de ser aún más raras, y quién sabe qué sorpresas esperan a los científicos que las estudien algún día.

Si la industria farmacéutica se beneficia día a día del descubrimiento de nuevas especies (fundamentalmente vegetales) que brindan drogas útiles en lugares relativamente cercanos a las zonas civilizadas, sólo podemos especular con las maravillas que nos esperan en las cimas de los tepuyes. De la mayoría de ellos ni siquiera conocemos la configuración topográfica, porque sus cumbres están envueltas en nubes eternas que sólo nos permiten relevarlas mediante radares transportados por helicópteros.

Los tepuyes, esos silenciosos testigos del paso de incontables eras geológicas, permanecen allí como mudos monumentos a la evolución, la selección natural y el misterio del remoto pasado de la Tierra, esperando, simplemente, que el Hombre se atreva a descubrirlos. El verdadero “mundo perdido”, no el de la ficción del escritor, aguarda allí para brindar sus secretos a la ciencia.

AMN.MX/fm

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