Stephens y Catherwood en Uxmal y Palenque

Fecha:

Adrián García Aguirre / Cdmx

*La importancia de una recopilación y su difusión.
*Descubrimientos de John L. Stephens. arqueólogo estadounidense.
*Fueron producto de su expedición entre 1839 y1841.
*Visitó ambos lugares, ilustrados por el artista inglés.
*Vendrían más hallazgos, de un alemán y de un francés.

John L. Stephens y Frederick Catherwood fueron pioneros en las expediciones emprendidas al sureste de México, sintiéndose desconcertados e impresionados ante todos los símbolos escritos que iban descubriendo, al pensar que eran meramente decorativos.
Sin embargo, ante el hecho de que estuvieran alineados en columnas y se repitieran de un yacimiento a otro, sugería un paralelismo con los jeroglíficos egipcios de la piedra de Rosetta descubiertos en 1799 por tropas de Napoleón Bonaparte cuando exploraban vestigios faraónicos.
La piedra de Rosetta, escrita en egipcio y en griego, fue descifrada en Londres en 1822 por Jean F. Champollion, filólogo francés, quien, cabal y pacientemente, tardó varios años en cumplir esa tarea monumental que la arqueología le agradece.
En el caso de la escritura maya, el proceso de interpretación fue mucho más lento y con mayores dificultades, y no quedaría descifrado hasta la década de 1950 por otro científico europeo, el ruso Yuri L. Knorosov.
La aventura del desciframiento empezó por los números, y es que en la década de 1830, un estudioso estadounidense, Samuel Rafinesque, comprendió que los puntos que aparecían en muchos símbolos tenían un valor numérico, de 1 a 4, y que las rayas verticales y horizontales equivalían al 5.
A finales del siglo XIX, el bibliotecario y lingüista alemán Ernst Förstemann descubrió, a partir de un detenido estudio del Códice de Dresde, que aquella numeración correspondía a un sistema vigesimal (no decimal, como el nuestro) e identificó un glifo que representaba el cero.
Förstemann también estableció que los símbolos mayas debían leerse de arriba abajo y no de izquierda a derecha, y supo ver que los numerales se usaban para indicar fechas del calendario, ya se refiriera a ciclos periódicos que seguían el movimiento de los planetas.
Como es el caso llamado ciclo de Venus, ya se tratara de la llamada “cuenta larga”, un sistema de datación absoluta que comenzaba por un punto en el tiempo que consideraban el origen del mundo.
Los hallazgos de Förstemann y de los autores que desarrollaron sus tesis –por ejemplo, fue Joseph Goodman, un editor de periódicos de Estados Unidos, quien determinó la “fecha cero” del calendario maya en 3114 a.C.– permitieron por primera vez interpretar, siquiera en parte, los códices e inscripciones mayas.
Pero al mismo tiempo tuvieron una consecuencia negativa, pues los estudiosos llegaron a la conclusión de que los textos mayas tenían únicamente un contenido astronómico, y el Códice de Dresde constituye una suerte de almanaque en el que se explican los ciclos agrícolas y los rituales periódicos.
Tal era el parecer del primer gran especialista moderno en el mundo maya, el inglés Eric S. Thompson (1898-1975), quien consideraba que los mayas escribían en sus textos sobre deidades, cálculos calendáricos o astronomía; pero no sobre hechos históricos o cotidianos.
Mediante la escritura jeroglífica, los mayas inmortalizaron las gestas de sus gobernantes y los hechos más importantes de su historia, con una erudición superior a la de cualquiera, lo que le permitió presentar al público todo lo que se conocía de la cultura maya; pero, a la vez, esa superioridad lo hizo reticente a los cambios de opinión.
Por eso, cuando en 1951, Knorósov, lingüista ruso, sostuvo que los glifos mayas, lejos de ser meros símbolos religiosos o calendáricos, tenían un valor fonético y constituían un sistema de escritura completo, como los que se habían desarrollado en el Viejo Mundo, desde Mesopotamia y Egipto hasta la India y China, Thompson lo desdeñó como una hipótesis sin fundamento.
Knorósov había tomado como punto de partida un documento del siglo XVI: la Relación de las cosas de Yucatán del obispo Diego de Landa, obra que se conservaba en la biblioteca de la Real Academia de la Historia en Madrid.
Estuvo traspapelada hasta que, en 1862, la localizó el abate y antropólogo francés Charles Brasseur, quien la publicó dos años después, luego de recorrer buena parte de México y Centroamérica, patrocinado por el gobierno de Napoleón III y Maximiliano de Habsburgo.
La importancia del libro de Diego de Landa -revelada por Brasseur, autor de un libro de viajes por el Istmo de Tehuantepec-, para la interpretación de la escritura maya, reside en que incluía una ilustración del alfabeto y una lista de símbolos con su correspondencia en letras de alfabeto latino.

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