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CIUDAD DE MÉXICO, 7 de agosto (Al Momento Noticias).- Cada mañana, Yolanda llega puntual al restaurante gourmet Cordon Bleu Casa de Francia (Havre 15, col. Juárez) para hacerse cargo del bar. Desde las ocho de la mañana prepara cafés y limonadas, y cuida que toda la cristalería esté lista para usarse. Así lo hace hasta las cuatro de la tarde, no sin antes dejar limpia y ordenada su zona de trabajo. Sus tardes las dedica a estudiar francés y a escuchar música, una de sus grandes pasiones.

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La “silla turca”. Foto: especial

Yolanda, de 21 años, es autosuficiente y trabajadora. Es una mujer normal, excepto por un detalle: es invidente. A los 14 años le detectaron un tumor en el cerebro, que le afectó de tal modo los nervios ópticos que perdió la vista definitivamente.

Un tumor en la zona del cerebro conocida como “la silla turca”, mide usualmente un centímetro y se puede eliminar con medicamento; sin embargo, el de Yolanda era tan grande —medía 3.5 x 3.8 centímetros— que no pudieron disolverlo de esa forma.

Le practicaron una cirugía abierta, en la que extirparon parte del tumor —“como si le quitaran el corazón a una manzana”—, pero dejaron la “piel”; no hacerlo así pudo haber puesto en riesgo su vida. Después vino una cirugía láser y eso fue todo.

Yolanda fue declarada oficialmente ciega a los 14 años de edad y a partir de entonces su vida cambió para siempre. Sin embargo, desde el primer momento, se ha encargado de  que sus días transcurran con la misma autosuficiencia de antes. Ese ha sido su afán y lo ha logrado con creces.

"Yolita" ha demostr
Yolanda, dentro del restaurante, no ocupa bastón para caminar. Foto: Carlos Aguilar

Además de disciplinada y autosuficiente, el gerente y sommelier de Cordon Bleu, Jesús Acevedo —que supervisa directamente su trabajo— agrega dos aspectos más: “Yolita (como le dice de cariño) es muy estricta consigo misma y muy alegre, canta todo el tiempo”.

Yolanda no es la única persona invidente que trabaja en Casa Francia. También está Óscar, quien tiene a su cargo cuatro mesas. “Está al pendiente de todo lo que necesiten los comensales, y lo hace muy bien. Nunca ha tenido ninguna dificultad”, dice Acevedo. Y antes estuvo Noé, quien perdió la vista después que fuera diagnosticado con diabetes. Su función era hacer todo tipo de ensaladas. Los comensales siempre las celebraron.

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Desde hace diez años, el restaurante Cordon Bleu, ubicado en la Zona Rosa, realiza cenas sensoriales. En una instancia completamente oscura, un grupo de comensales prueba diferentes platillos. La idea surgió con la intención de que las personas potencializaran su sentido del gusto y, lo más importante, que comprendieran la dificultad que representa vivir cada día sin el sentido de la vista. Al final de la cena, los trabajadores invidentes que los atendieron, se presentan y explican las dificultades que han tenido que enfrentar en los ámbitos laboral y personal.

Durante esta década, este ejercicio fue todo un éxito, al grado que, desde hace un año y medio, el restaurante decidió integrar a personas invidentes en su plantilla de trabajadores. A través de una colaboración que tienen con el Comité Internacional Prociegos IAP, reciben a personas que ya han sido entrenadas para realizar cierto tipo de actividades usuales en un restaurante, como preparar alimentos, alguna bebida o hacer limpieza.

La duración del trabajo va de los tres a los seis meses, lo que permite una rotación de los trabajadores, y el objetivo último es que después logren conseguir trabajo en un restaurante de manera formal.

Jesús Acevedo lo tiene muy claro: “Esta iniciativa es una labor que hacemos para la sociedad, un apoyo que queremos brindar. Deseamos que estas personas invidentes no sientan que están debajo de otros, sino que sepan que valen igual que los demás y que pueden desempeñarse incluso mejor que una persona que sí puede ver”.

Jesús Acevedo, vocación de servicio de excelencia. Foto: Carlos Aguilar
Jesús Acevedo, vocación de servicio de excelencia. Foto: Carlos Aguilar

Para Acevedo es un error menospreciarlos y suponer que deben tener un trato preferencial. “Los tratamos como una persona normal y ellos se sienten muy a gusto así. De hecho, no les gusta que les digan invidentes, sino ciegos. Al principio yo mismo tenía miedo al momento de enseñarles, no sabía sus necesidades, hasta que me di cuenta que tienen una retención del cien por ciento.

“Para enseñarles a realizar los dobleces que deben hacerse en las servilletas de tela que adornan las mesas, bastó que sintieran cómo lo hacía yo con mis manos, para que ellos repitieran cada uno de los movimientos. Pese a eso, mucha gente los denigra y rechaza”.

— ¿Qué opinan los clientes?

A ellos les agrada mucho. Cuando les explico su situación, porque muchos no se dan cuenta que son invidentes —dentro del restaurante no ocupan bastón para caminar—, los clientes los felicitan y les dan palabras de aliento para que sigan adelante. Desde luego, Yolita y Óscar se sienten muy contentos y con ganas de seguir adelante.

— Platícame de Yolanda.

Lleva cerca de tres meses con nosotros, aunque ya había estado aquí seis meses. Es muy alegre, todo el tiempo está cantando. Me sorprende su alegría, porque pensaría que no es la actitud que tendría una persona con esa discapacidad. Sin embargo, para ella esa condición no ha representado ningún obstáculo para reír o cantar. Además, es muy estricta con ella misma en todas las labores que hace aquí. Yolita lo hace muy bien.

— ¿Y Óscar?

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Oscar, “tiene 10% de visión, pero lo hace muy bien”. Foto: Carlos Aguilar

Muchas veces los clientes no se dan cuenta de su discapacidad, hasta que yo lo presento. Tiene 10 por ciento de visión, pero lo hace muy bien. Te voy a ser sincero: ni una persona que está bien de la vista me da lo que él; personas que sí ven me han roto cristalería y hasta han tirado platillos; él no está haciendo eso.

En el caso de Noé, que acaba de terminar su periodo en el restaurante, explica Acevedo que se encargaba de realizar ensaladas, y que las hacía tan bien, que siempre recibió las felicitaciones de los clientes.

Luego Acevedo vuelve a la primera idea: “Ninguno de ellos está por debajo de nadie. Valen igual que todos y así lo demuestran todos los días”.

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El Comité Internacional ProCiegos IAP (CIPC) es una institución de asistencia privada no lucrativa que nace el 15 de mayo de 1959 con la finalidad de rehabilitar y capacitar al adulto ciego o débil visual mediante programas exitosos para reintegrarlos al campo laboral. Está constituido por damas voluntarias que conforman el Patronato y que trabajan bajo la consigna “Viendo Por Ti”.

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