OTRAS INQUSICIONES: Marx Arriaga y el naufragio del saber

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Por Pablo Cabañas Díaz

México, en su laberíntico devenir, asistió a un espectáculo de soberbia intelectual que pretendió, bajo la “redención social”, dinamitar los cimientos del conocimiento universal. Marx Arriaga, ese cruzado de la pedagogía que confundió el aula con la barricada, decidió que la educación de los hijos de México no debía ser una escala hacia la excelencia, sino un laboratorio de ingeniería política. Con un verbo encendido, cargado de un resentimiento que él bautizó como “descolonización”, Arriaga emprendió una labor : sustituyó el rigor de las ciencias y las matemáticas por un misticismo comunitario que, a la postre, no fue sino una condena a la ignorancia ilustrada.

¿Fue la educación un instrumento para la libertad del individuo o una celda ideológica para moldear ciudadanos dóciles a una nueva ortodoxia? Arriaga pareció elegir lo segundo. Al diluir las disciplinas —esas estructuras lógicas que permitieron al hombre entender el cosmos y la materia— en “proyectos comunitarios” nebulosos, el funcionario cometió un pecado de lesa patria. Condenó a los más pobres, a quienes el Estado debió dotar de las herramientas más afiladas para competir en el siglo XXI, a un saber fragmentado y parroquial. Mientras las élites protegieron a sus vástagos con el cálculo y la ciencia pura, el Estado de Arriaga le ofreció al pueblo una sopa de conceptos donde la precisión se sacrificó en el altar de la ideología. Fue, digámoslo con claridad, una traición envuelta en papel de regalo revolucionario.

La soberbia de este personaje, que despreció la evaluación y la métrica como si fuesen “inventos neoliberales”, ignoró una verdad histórica irrefutable: la ciencia no tiene adjetivos políticos. No hubo una matemática “burguesa” ni una biología “opresora”; hubo conocimiento o hubo vacío. El desdén de Arriaga por los especialistas, su guerra declarada contra las editoriales y su retórica de confrontación constante, no fueron sino mecanismos de defensa para ocultar un diseño pedagógico que careció de sustento empírico. El maestro, en su visión, dejó de ser el transmisor de la cultura universal para convertirse en un comisario de la conciencia, un agitador que debió priorizar el “sentir” sobre el “saber”.

Al final del día, el experimento de Marx Arriaga resultó ser el epitafio de la movilidad social en México. No se construyó una nación soberana con ciudadanos que desconocieron las leyes de la física o las reglas del lenguaje, pero que supieron repetir consignas de manual. La historia, que no sabe de lealtades de partido sino de realidades humanas, juzgó con severidad aquel intento de convertir el libro de texto gratuito en un catecismo de facción. El libro que nació con López Mateos para iluminar conciencias no pudo terminar, en las manos de Arriaga, sino como una venda que nubló el futuro de las generaciones que entonces, más que nunca, necesitaron la luz de la razón y no el humo de la retórica.

 

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