OTRAS INQUISICIONES: Rubén Salazar Mallén y Octavio Paz

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Por Pablo Cabañas Díaz

En el México del siglo XX, el territorio de las ideas fue un campo de batalla donde las palabras se disputaban la hegemonía del sentido. En ese escenario, dos figuras emergen como polos de atracción y repulsión: Rubén Salazar Mallén y Octavio Paz. Ambos, desde registros distintos, se atrevieron a interrogar a México, a rasgar el velo de sus mitologías y a enfrentarse con la inquisición invisible de un país que siempre sospecha de sus escritores.

Rubén Salazar Mallén, el hereje sistemático, se movía en los márgenes del reconocimiento institucional. Periodista, novelista y ensayista, desconfiaba tanto del marxismo dogmático como del nacionalismo retórico del régimen posrevolucionario. Su pluma era bisturí: diseccionaba la podredumbre de las élites, la corrupción disfrazada de patriotismo y la moral doble de una clase media que hablaba de democracia mientras aceptaba la sumisión cotidiana. Mallén fue un escritor sin altar ni capilla, un hereje al que las universidades, las revistas oficiales y las academias preferían olvidar, porque su voz no podía domesticarla el canon.

Octavio Paz, en contraste, encarnó la inquisición de las palabras: el poeta que hizo del ensayo un espejo de México, pero también un arma de poder. Su libro El laberinto de la soledad fue canonizado como la gran meditación sobre lo mexicano. Sin embargo, esa canonización no puede entenderse sin la maquinaria cultural del Estado, que lo impulsó como la voz autorizada en un país que temía el desorden de sus pensadores incómodos. Paz supo navegar las aguas del surrealismo, el erotismo y la crítica política, pero también encarnó la ambigüedad del intelectual que, mientras denunciaba la represión de Tlatelolco, no rompía del todo con la matriz liberal del sistema que le otorgaba prestigio.

Lo que une y separa a Mallén y a Paz es la relación con la herejía intelectual. Mallén vivió en la periferia, escribiendo desde el exilio interior de quienes jamás serán premiados ni consagrados. Paz, en cambio, fue la herejía domesticada, el rebelde convertido en estatua, el poeta erigido en monumento nacional y, finalmente, universal.

México ha sometido a sus intelectuales a pruebas de pureza ideológica, a exámenes de lealtad, a silenciamientos selectivos. Mallén fue condenado al olvido, como tantos escritores que se negaron a transar con el poder. Paz, en cambio, fue juzgado y al mismo tiempo absuelto por la inquisición: se le permitió la crítica porque su voz podía ser absorbida en el relato liberal del Estado y luego celebrada por Occidente.

Hoy, revisitar a Salazar Mallén y a Octavio Paz es volver a preguntar qué significa ser escritor en México: ¿escribir para incomodar y arriesgar el olvido, o escribir para que la herejía termine convertida en monumento? Mallén fue el espejo roto de una sociedad que no soporta verse desnuda. Paz fue el espejo bruñido que le permitió a México reconocerse en sus máscaras. Entre ambos se despliega, todavía, la voz en un país que no perdona a quienes dicen la verdad demasiado pronto.

 

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