OTRAS INQUISICIONES: Reforma Política: Crónica de una Austeridad Programada

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Por Pablo Cabañas Díaz

 

México, es un país de pasiones que no logran la quietud del mármol, asiste a un nuevo ensayo sobre la naturaleza del poder. La presidenta Claudia Sheinbaum, con esa sobriedad que parece heredar de la ciencia pero que aplica a la carne viva de la política, ha lanzado una propuesta que es, en rigor, un bisturí sobre el cuerpo de la representación. Se nos dice que el 25 de febrero de 2026 marca el inicio de una era de austeridad, de limpieza, de una democracia que —por fin— deje de ser una carga para el erario. Pero la pregunta que nos asalta desde la herencia de los clásicos, desde la duda de Erasmo y la verticalidad de Maquiavelo, es si se puede abaratar la democracia sin adelgazar la libertad. Como señala el estudio de Fernando Barrientos del Monte en su reciente obra México 2025: ¿Cambios en la democracia o cambio de régimen?, el país atraviesa una fase de redefinición de sus estructuras bajo una lógica de centralización que prioriza la legitimidad directa sobre la mediación institucional.

Rosa Icela Rodríguez, en la liturgia de la mañana, ha desgranado puntos que pretenden ser el réquiem de una era. El sistema de diputados, esos quinientas curules que son el espejo de nuestra fragmentación, sufrirán una mutación en su origen: el legislador ya no será el nombre oculto en una lista cerrada, sino el sobreviviente de la contienda o el elegido de una circunscripción directa. Es un intento de devolverle al ciudadano el vínculo con su representante. Sin embargo, en el Senado, el recorte es drástico: de 128 a 96 escaños. Se eliminan los plurinominales, esa pieza de ingeniería de 1977 que permitió que las minorías tuvieran un sitio en el banquillo de las leyes. ¿Qué haremos con esas voces que ahora quedarán en el silencio de la estadística? ¿Es la mayoría la única dueña de la verdad republicana?

La reforma no solo toca la integración de las cámaras; impacta directamente la viabilidad financiera del sistema. Se propone una reducción del 25% en el costo de la política, una cifra que busca corregir los excesos de un sistema que en 2024 pareció insostenible. Pero la precaución es obligatoria: el INE, ese edificio institucional construido para garantizar la certeza, se enfrenta ahora a una dieta de rigor. Se recortan sueldos y se eliminan duplicidades. Es una medida de justicia simbólica, pero queda la duda de si la técnica sobrevivirá a la carencia. ¿Podrá la fiscalización —ese ojo que debe detectar el flujo de recursos ilícitos— funcionar con un presupuesto disminuido mientras se exige desterrar el efectivo de las campañas y se otorga a la autoridad el acceso total a las arterias financieras de los partidos?

Entramos en el terreno de la regulación tecnológica: la Inteligencia Artificial. La presidenta sabe que en 2026 la batalla se libra en el algoritmo. Se prohíben los bots y la distorsión mecánica del debate. Es una intención de regular el flujo digital con los instrumentos de la ley, pero ¿quién definirá qué es un apoyo orgánico y qué es una arquitectura orquestada? El riesgo de la arbitrariedad camina de la mano de la tecnología. Y en este mismo sentido, se propone la eliminación del PREP. Ese programa que otorgaba certidumbre preliminar será sustituido por el cómputo inmediato. Se busca la verdad oficial desde el primer minuto, pero la prisa suele ser la madre de la sospecha en sistemas que aún no consolidan una confianza plena.

Los aliados de la coalición, el PVEM y el PT, observan esta reforma con inquietud. Saben que su peso político ha dependido de esas listas que hoy se declaran privilegios. La presidenta ha sido clara: no habrá concesiones. Es un mensaje directo a su propia estructura.

En los próximos seis meses, el riesgo no es solo legislativo; es de gobernanza. Si el sistema electoral pierde su musculatura técnica por el recorte, y si la eliminación de la representación proporcional en el Senado reduce el espacio para la disidencia, México podría estar transitando hacia una democracia de dirección única. La democracia no es solo el recuento de los votos; es el derecho a la diferencia. Si el resultado es una maquinaria electoral más barata y, por ende, más vulnerable al poder central, habremos sacrificado la pluralidad en el altar de la economía. La historia nos dirá si este febrero fue el inicio de una renovación o el principio de un nuevo centralismo que no asimila la disidencia del número pequeño.

 

 

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