Pablo Cabañas Díaz
Cuando Gustavo Sainz fue nombrado coordinador de la Carrera de Periodismo y Comunicación Colectiva en la Facultad de Ciencias Políticas, su vida era de éxito, placer y fama, pero el mal fario le llegó cuando lo nombraron director de Literatura del INBA. Hubo una fiesta para celebrar su ascenso que sería su perdición en su departamento de Nazas 77-6.
Gustavo desde muy joven había publicado su Autobiografía, , Gazapo y La princesa del Palacio de hierro. Los dos años que fue el coordinador de la Carrera de Periodismo vivimos la época de oro de Ciencias Políticas. Había maestros extraordinarios: Manuel Buendía, Julio Scherer, Froylán M. López Narváez, Miguel Ángel Granados Chapa, y una generación de sudamericanos exiliados en México. Gustavo nos abrió el acceso a la Librería del Palacio en Bellas Artes, en donde pudimos tener contacto con autores de la talla de Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante, Mario Benedetti, José Donoso, y de mexicanos como Carlos Fuentes y Luis Spota.
Sainz falleció en 2015 aquejado de Alzheimer. La semana pasada, termine de leer su último libro titulado: La jamás inocencia, escrito junto con Laura Rojas Herman o como decía el difunto a “cuatro manos”. Su último, no me gustó, en Gazapo y La Princesa del Palacio de Hierro se tocaban temas tabú como la droga, el sexo y el rock and roll, palabras que no podían decirse, y tocaban emociones profundas que provocaban el pánico de nuestros padres y de nuestros maestros viejitos.