OTRAS INQUISICIONES: Querétaro: El Jardín del Poder

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Pablo Cabañas Díaz

En Querétaro, en 1981, las distancias eran escasas y los resentimientos, eternos. En aquellos años, el poder se ejercía con calma en los portales coloniales y la urgencia de los antiguos caciques. Antonio Calzada Urquiza, gobernador de 1973 a 1979, conocía bien esta geometría cerrada donde todos se saludaban, aunque casi nadie se soportaba. Su relación con Rafael Camacho Guzmán no fue la excepción, y uno de sus episodios más tensos —y teatrales— ocurrió el 1 de octubre de 1979, cuando Calzada entregó “la estafeta”, como le gustaba decir, a su sucesor.

El evento fue solemne, con banda de guerra y  discurso medido, hasta que Camacho Guzmán, apenas rindió protesta, prácticamente lo expulsó del Auditorio Josefa Ortiz de Domínguez. Lo hizo con la brutal cortesía de quien no se molesta en adornar sus palabras. El profesor Enrique Olivares Santana, entonces secretario de Gobernación y representante personal del presidente José López Portillo, apenas pudo ocultar su desconcierto. Calzada, en cambio, mantuvo la sonrisa de quien sabe que el agravio, bien narrado, perdura más que un sexenio.

Ese día marcó el inicio de una rivalidad que, terminó convirtiéndose en anécdota social. Años después, ambos hombres volverían a coincidir —porque en esa ciudad los círculos son pequeños y las bodas inevitables—, en una noche donde los jardines olían a poder contenido y a nostalgia burocrática.

Había noches en Querétaro que olían a jardín recién regado y a poder contenido. En una de esas, el Hotel Real de Minas Tradicional, el mejor de su tiempo, acogía una boda donde se mezclaban los apellidos de siempre y las sonrisas ensayadas de los políticos que ya se habían perdonado, aunque nadie supiera por qué. Entre los asistentes, en mesas apenas separadas por un par de metros, estaban Antonio Calzada Urquiza y Rafael Camacho Guzmán. No se buscaron, pero tampoco podían evitarse.

Camacho, con ese aire de cacique sindical que no perdona ni los silencios, levantó su copa mientras el mesero servía un solomillo de res que parecía destinado a los acuerdos discretos. Calzada, impecable en su traje oscuro, respondía saludos con la serenidad de quien sabe que su mera presencia incomoda. Los dos se observaron sin cruzar palabra, como si cada uno esperara que el otro cometiera el primer error de la noche.

Fue entonces cuando Camacho Guzmán decidió levantarse de la mesa y salir al jardín. El movimiento, en apariencia casual, se volvió ceremonia. Al notar su ausencia, uno de sus hombres —un viejo cetemista de manos callosas— se apresuró tras él, pero Camacho lo detuvo con un grito :

—¡Un gobernador no mea solo!

De inmediato, tres de sus colaboradores más fieles —hombres curtidos por los mítines, los sindicatos y los pactos en penumbra— salieron tras él, formando una escolta improvisada en medio del jardín perfumado. La escena, grotesca y solemne a la vez, era el retrato exacto del poder en su versión más humana y absurda: el poder que necesita público incluso para orinar.

Mientras tanto, en el salón,  el secretario particular del gobernador —y quien siete años después llegaría él mismo al poder—, hacía gala de un tacto político poco común. Con una sonrisa ensayada y un tono que sabía medirse al milímetro, se acercó a los invitados que venían del entonces Distrito Federal. Nos invitó a desayunar al día siguiente, con la excusa amable de despedirnos. La charla derivó en trivialidades sobre el clima, los desayunos del hotel y la decoración  que adornaba el vestíbulo; todo cuidadosamente calculado para neutralizar cualquier comentario inoportuno sobre la boda o sobre el episodio del jardín. Ese día terminó con los asistentes fingiendo olvido.

 

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