OTRAS INQUISICIONES: POLÍTICA Y ESPIRITISMO

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Por Pablo Cabañas Díaz

(Segunda y última parte)

El México posrevolucionario fue un territorio donde convivieron el afán modernizador y una profunda tradición esotérica. No debe olvidarse que el propio Francisco I. Madero fue un ferviente espiritista y que buena parte de la élite política de principios del siglo XX se movía entre logias masónicas, creencias teosóficas y doctrinas ocultistas.

Alemán Valdés no fue ajeno a ese mundo. Está documentado que fue un masón destacado. Lorenzo Frau Abrines, en su Diccionario Enciclopédico de la Masonería, consigna que ingresó en 1930 a la logia Antíquitas No. 9 de la Ciudad de México y que en 1945 recibió el grado 33 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, justamente cuando su candidatura presidencial era ya un hecho irreversible.

Masonería y espiritismo compartieron durante décadas un mismo horizonte cultural: la idea de que existen verdades superiores accesibles solo a iniciados, y que el destino humano puede ser orientado mediante fuerzas invisibles. En ese clima intelectual no resulta extraño que un político ambicioso buscara certezas más allá de los límites de la política ordinaria.

El libro de Gutierre Tibón,  Una ventana al mundo invisible, protocolos del IMIS”, publicado en 1960 por Editorial Antorcha. Es una  obra, extraña y fascinante, reúne actas notariales de sesiones espiritistas realizadas en México entre 1940 y 1952 y registra otras sesiones igualmente asombrosas: materializaciones de flores, movimientos de objetos, presuntas apariciones de entidades luminosas. En una de ellas, de 1943, se obtuvo incluso una fotografía donde aparece la imagen difusa de un supuesto “maestro espiritual”.

Tibón nunca afirmó categóricamente la veracidad de esos fenómenos; se limitó a consignarlos con la disciplina del cronista. Su mérito fue preservar documentos que revelan una cara poco conocida de la vida pública mexicana.

El episodio de Miguel Alemán en el IMIS no explica su presidencia ni su proyecto político. Pero ilumina un aspecto humano fundamental: la fragilidad íntima de los poderosos, su necesidad de protección simbólica, su temor ante un porvenir incierto.

La política mexicana del siglo XX quiso presentarse como hija legítima de la razón revolucionaria. Sin embargo, detrás de los discursos modernizadores subsistía un México antiguo, supersticioso, ritual, que jamás desapareció del todo.

Quizá aquellas luces descritas en el acta de 1942 fueron simples ilusiones ópticas. Quizá todo fue producto de sugestiones colectivas. Pero el hecho histórico permanece: uno de los presidentes más influyentes de México participó, en pleno ejercicio del poder, en una sesión espiritista cuidadosamente documentada.

Y esa sola certeza basta para recordarnos que la historia no se mueve únicamente por leyes económicas o decisiones racionales, sino también por fantasmas, creencias y miedos que nunca aparecen en los informes oficiales.

 

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