OTRAS INQUISICIONES: Partidos sin militantes: la democracia vacía

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Pablo Cabañas Díaz

La verificación trianual del padrón que realizará el INE en abril de 2026 será mucho más que un procedimiento técnico. Será un plebiscito sobre la credibilidad de los partidos. No se revisarán discursos ni spots televisivos: se contarán ciudadanos reales. Ahí se verá cuántos mexicanos están dispuestos, todavía, a identificarse públicamente con estas siglas fatigadas.

Un país sin partidos sólidos es un país a merced del personalismo, de la improvisación y del caudillismo mediático. Las democracias modernas no se sostienen en líderes carismáticos sino en organizaciones permanentes. Si éstas se vacían, el edificio republicano se vuelve frágil. México corre el peligro de quedarse con una política sin anclajes sociales: campañas sin militantes, coaliciones sin ideología, candidatos sin comunidad. Un escenario donde las elecciones se ganan con dinero y publicidad, no con participación ciudadana.

Lo que hoy padecen el PAN, el PRI y Movimiento Ciudadano no es sólo su propia crisis: es la crisis de todo un modelo de hacer política que se agotó. Durante años confundieron la administración del poder con la representación de la gente. Y la historia les está cobrando la factura. Quizá estemos presenciando el final de una época. Tal vez de estas ruinas surjan nuevas formas de organización política. Pero ninguna reforma legal, ningún rediseño institucional, ningún discurso grandilocuente podrá sustituir lo esencial: la reconstrucción del vínculo entre partidos y sociedad.

El PAN, partido que alguna vez encarnó la oposición histórica al régimen priista y se asumió como reserva moral de la nación, apenas sobrevive con 275 mil 644 afiliados. Está peligrosamente cerca del umbral legal que exige el Instituto Nacional Electoral. Su padrón no crece: se erosiona. Su base envejece. Su discurso ya no convoca. De fuerza ciudadana pasó a ser un cascarón burocrático que vive de glorias pasadas.

El PRI, por su parte, es la metáfora perfecta del derrumbe. Conserva en el papel un padrón cercano a los 940 mil militantes, pero ha perdido más de medio millón en apenas dos años. En estados donde alguna vez fue omnipotente hoy es una sombra estadística: 798 afiliados en Baja California Sur, 725 en Morelos. El partido que organizó durante décadas la vida pública nacional se ha convertido en una reliquia administrativa, un edificio monumental con habitaciones vacías.

Movimiento Ciudadano encarna otra versión del mismo drama: tiene votos, pero no tiene raíces; tiene campañas vistosas, pero carece de estructura orgánica. Se mueve al filo del registro legal y necesita alcanzar 256 mil afiliados para sobrevivir. Su modelo es el de la política líquida: mucha imagen, poca militancia.

Lo que está ocurriendo no es una simple fluctuación estadística. Es el agotamiento de un sistema de partidos que se acostumbró a vivir del presupuesto público y no del compromiso ciudadano. Las dirigencias se profesionalizaron hasta el extremo, mientras las bases se desvanecían. Se sustituyó la formación política por el marketing, la deliberación por la encuesta, la militancia por el clientelismo.

Durante años se creyó que la democracia mexicana se agotaba en la organización de elecciones competitivas. Se pensó que bastaba con alternancias para dar por resuelto el problema de la representación. Pero las urnas, por sí solas, no construyen ciudadanía. Una democracia sin partidos vivos es una democracia de papel.

La revisión del INE será, por ello, un momento decisivo. No se evaluará la creatividad de los estrategas ni la elocuencia de los dirigentes, sino algo mucho más profundo: cuántos ciudadanos reales siguen creyendo que vale la pena pertenecer a un partido político. Ese conteo revelará la verdad desnuda de nuestra vida pública.

Si los padrones continúan desmoronándose, México se encaminará hacia un escenario riesgoso: partidos débiles, liderazgos efímeros, ofertas políticas volátiles. Un sistema donde la representación se vuelve frágil y la gobernabilidad incierta. La experiencia histórica enseña que donde se vacían los partidos, se empobrece la democracia.

La lección de esta hora es dura y transparente: ningún partido puede sobrevivir de espaldas a la gente. Y hoy, frente al veredicto severo de los padrones, nuestras viejas organizaciones políticas descubren una verdad que intentaron ignorar durante demasiado tiempo: se están quedando sin militantes.

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